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– Vale. Métete ahí sin hacer ningún movimiento raro y no te haré daño.

Hizo lo que le dijo sin rechistar.

– Saca tu móvil, ponlo en el suelo y acércamelo con el pie.

Él siguió sus instrucciones.

– Muy bien. Y ahora cierra la puerta.

Se trataba de un anticuado PC con Windows 95 y un disco duro de doscientos ochenta megabytes. El documento Excel con los datos de los coches alquilados tardó una eternidad en abrirse. Comprobó que el Volvo blanco que conducía el gigante rubio había sido alquilado en dos ocasiones; la primera en enero, durante dos semanas, y la segunda, el 1 de marzo. Aún no lo había devuelto. Pagaba un importe semanal en concepto de alquiler a largo plazo.

Su nombre era Ronald Niederma

Examinó las carpetas que se hallaban en los estantes situados encima del ordenador. Una de ellas tenía escrita en el dorso, con pulcras letras de imprenta, la palabra «identificación». Cogió el archivador y buscó a Ronald Niederma

Lisbeth devolvió la carpeta a su sitio y apagó el ordenador. Recorrió la estancia con la mirada y descubrió en el suelo, junto a la puerta principal, una cuña de goma. La cogió, se acercó al armario y llamó a la puerta con el cañón de la pistola.

– ¿Me oyes?

– Sí.

– ¿Sabes quién soy?

Silencio.

«Hay que estar muy ciego para no reconocerme.»

– Vale. Sabes quién soy. ¿Me tienes miedo?

– Sí.

– No me tenga usted miedo, señor Alba. No voy a hacerle daño. Dentro de poco, habré acabado aquí dentro. Le pido disculpas por las molestias.

– Eh… Vale.

– ¿Tiene suficiente aire para respirar ahí dentro?

– Sí… ¿qué quieres realmente?

– Quería ver si cierta mujer te alquiló un coche hace dos años -mintió-. No he encontrado lo que buscaba. Pero no es culpa tuya. Me iré dentro de unos minutos.

– De acuerdo.

– Voy a poner una cuña de goma por debajo de la puerta. Es lo bastante endeble para que puedas forzarla, aunque te llevará un rato. No hace falta que llames a la policía. Nunca más me volverás a ver y hoy podrás abrir como cualquier otro día y hacer como si esto no hubiese ocurrido.

La probabilidad de que no llamara a la policía era bastante inexistente, pero ¿por qué no ofrecerle esa posibilidad? Lisbeth abandonó el establecimiento y se fue andando hasta su Toyota Corolla, aparcado a la vuelta de la esquina, donde, en un instante, se disfrazó de Irene Nesser.

Estaba irritada. Le habría gustado conseguir la dirección física del gigante rubio, por ejemplo, la de Estocolmo, en vez de la de un apartado de correos en la otra punta de Suecia. Sin embargo, era la única pista que tenía. «De acuerdo. Hacia Gotemburgo.»

Sorteó el tráfico hasta la E 20, y luego, se dirigió al oeste en dirección a Arboga. Puso la radio. Como el informativo ya había terminado, sintonizó una emisora comercial. Escuchó a David Bowie cantando putting out fire with gasoline. Lisbeth no tenía ni idea de quién cantaba ni de qué canción se trataba, pero las palabras le parecieron proféticas.