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Capítulo 30 Jueves, 7 de abril

Mikael contempló el portal de Fiskargatan 9, en Mosebacke. Una de las direcciones más exclusivas y discretas de Estocolmo. Introdujo la llave en la cerradura. Encajó a la perfección. El panel informativo de la escalera no fue de ninguna utilidad. Mikael supuso que el edificio estaría compuesto, en su mayor parte, por pisos pertenecientes a empresas, pero al parecer también residían particulares. No le extrañó que el nombre de Lisbeth Salander no figurara en el panel, aunque no acababa de dar crédito a que aquél fuera su escondite.

Mientras subía, fue leyendo, piso a piso, las placas de las puertas. Ninguna le decía nada. Luego llegó a la planta superior y leyó «V. Kulla» en la puerta.

Mikael se golpeó la frente con una mano. A continuación sonrió. Villa Villerkulla, la casa de Pippi Calzaslargas. Imaginó que la elección del nombre no iba dirigida a él; seguro que se trataba de otra de las típicas ironías de Lisbeth. Aunque una cosa era cierta: ¿dónde, si no, iba Kalle Blomkvist a buscar a Lisbeth Salander?

Puso el dedo en el timbre y esperó un minuto. Después sacó las llaves y abrió la cerradura de seguridad y la inferior.

En el mismo instante en que abrió la puerta, la alarma se puso a aullar.

El teléfono móvil de Lisbeth Salander empezó a sonar en la E 20, a la altura de Glanshammar, cerca de Orebro. Redujo la velocidad de inmediato y paró el coche en el arcén. Sacó la Palm del bolsillo de la cazadora y lo conectó al móvil.

Quince segundos antes, alguien había irrumpido en su piso. La alarma no estaba conectada a ninguna empresa de seguridad. Su único objetivo era alertarla de que la puerta había sido forzada o abierta de alguna manera. En treinta segundos se activaría la alarma y el intruso recibiría la desagradable sorpresa de una bomba de pintura instalada junto a la puerta, dentro de lo que se hacía pasar por una pequeña caja eléctrica de derivación. Sonrió expectante e inició la cuenta atrás.

Frustrado, Mikael miró fijamente la pantalla de la alarma. Por alguna extraña razón, ni siquiera se le había ocurrido que en el piso pudiera haber un dispositivo de seguridad. Vio cómo un cronómetro digital comenzaba la cuenta atrás. La alarma de Mille

Su primer impulso hubiera sido cerrar la puerta y abandonar el lugar a toda prisa. Sin embargo, se quedó allí como congelado.

Cuatro cifras. Era imposible dar con el código correcto al azar.

Veinticinco, veinticuatro, veintitrés, veintidós…

«Maldita Pippi Calzas…»

Diecinueve, dieciocho…

«¿Qué código tendrás?»

Quince, catorce, trece…

Sintió aumentar el pánico.

Diez, nueve, ocho…

Luego, levantó la mano y marcó a la desesperada el único número que se le ocurrió, 9277. Las cifras que formaban la palabra «Wasp» en el teclado de un móvil.

Para su gran asombro, la cuenta atrás se detuvo a seis segundos del final. A continuación la alarma emitió un último pitido antes de que la pantalla se pusiera a cero y se iluminara un pilotito verde.

Lisbeth abrió los ojos de par en par. Creyó que se trataba de un error; de hecho, sacudió la Palm. Aunque era consciente de que se trataba de una reacción irracional. La cuenta atrás se había parado seis segundos antes de que se activara la bomba de pintura. Y, después, la pantalla se puso a cero. «Imposible.»

Nadie en el mundo conocía el código. Ni siquiera había una empresa de seguridad conectada a la alarma. «¿Cómo?»

No se podía imaginar qué había sucedido. ¿La policía? No. ¿Zala? Descartado.

Marcó un número de móvil y esperó a que la cámara de vigilancia se conectara y empezara a enviarle imágenes de baja resolución a su teléfono. La cámara se ocultaba en lo que simulaba ser un detector de incendios instalado en el techo y grababa una imagen por segundo. Retransmitió la secuencia desde el principio, el momento en el que la puerta se abrió y la alarma se activó. Luego, lentamente, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro al descubrir a Mikael Blomkvist haciendo una entrecortada pantomima antes de marcar el código y apoyarse contra el marco de la puerta con la misma cara que hubiera puesto si acabara de salvarse de un ataque cardíaco.

Kalle Blomkvist de los Cojones había dado con su casa.

Tenía las llaves que ella perdió en Lundagatan. Era lo bastante listo como para recordar que Wasp era su seudónimo en la red. Y si había dado con el piso, puede que incluso hubiera sacado la conclusión de que estaba a nombre de Wasp Enterprises. Mientras le observaba, él empezó a moverse espasmódicamente por el vestíbulo y pronto desapareció del campo de visión del objetivo.

«Mierda. ¿Cómo he podido ser tan previsible? ¿Y por qué dejé…?» Ahora sus secretos estaban a la vista de los ojos escrutadores de Mikael Blomkvist.

Tras dos minutos, se dio cuenta de que ya daba igual. Había borrado el disco duro. Eso era lo importante. Incluso tal vez supusiera una ventaja que fuera Mikael Blomkvist, y no otra persona, quien encontrara su escondite. Él ya conocía más secretos suyos que ninguna otra persona. Don Perfecto haría lo correcto. No la vendería. Al menos, eso era lo que ella esperaba. Metió una marcha y, pensativa, continuó su viaje hasta Gotemburgo.

Cuando llegó al trabajo, a las ocho y media, Malin Eriksson se topó con Paolo Roberto en la escalera de la redacción de Mille

– Hola, Berger. Gracias por recibirme tan pronto -dijo Paolo.

Antes de inclinarse y darle un beso en la mejilla, Erika examinó, impresionada, la colección de moratones y chichones de su cara.

– Tienes un aspecto lamentable -dijo ella.

– No es la primera vez que me rompen la nariz. ¿Dónde tienes metido a Blomkvist?

– Está por ahí jugando a los detectives y buscando pistas. Como siempre, resulta imposible comunicarse con él. Exceptuando un peculiar correo que recibí anoche, no sé nada de él desde ayer por la mañana. Gracias por… En fin, gracias.

Le señaló la cara.

Paolo Roberto se rió.

– ¿Quieres café? Has dicho que tenías algo que contarme. Malin, ¿nos acompañas?

Se sentaron en las cómodas sillas del despacho de Erika.

– Se trata del cabrón con el que estuve peleando, ese rubio tan enorme. Ya le conté a Mikael que su boxeo no valía un pimiento. Lo raro era que adoptaba todo el tiempo una posición de defensa con los puños y se movía como si fuese un experimentado boxeador. Me dio la impresión de que había recibido algún tipo de preparación.

– Mikael me lo mencionó por teléfono -dijo Malin.

– No podía quitarme esa imagen de la cabeza, así que ayer por la tarde, cuando llegué a casa, me senté delante del ordenador y empecé a enviar correos electrónicos a clubes de boxeo de toda Europa. Les expliqué la situación e hice una descripción lo más detallada posible del tipo.

– Vale.

– Creo que ha habido suerte.

Depositó sobre la mesa una foto enviada por fax y se la enseñó a Erika y Malin. Parecía estar hecha en un gimnasio, en una sesión de entrenamiento de boxeo. Dos boxeadores atendían las instrucciones de un hombre mayor bastante obeso que llevaba chándal y un sombrero de cuero de ala estrecha. En torno al cuadrilátero, había media docena de personas escuchando. Al fondo, se veía un hombre muy grande con una caja de cartón en los brazos. Tenía la cabeza rapada, parecía un Skinhead. Alguien había trazado un círculo a su alrededor con un rotulador.

– Es de hace diecisiete años. El chico del fondo se llama Ronald Niederma

– ¿De dónde la has sacado?

– Me la han enviado desde el club Dynamic de Hamburgo. Pertenece a un veterano entrenador que se llama Hans Münster.

– ¿Y?

– A finales de los ochenta, Ronald Niederma

– Suena como si hubiese podido hacer carrera como boxeador -dijo Erika.

Paolo Roberto negó con la cabeza.

– Según Münster era un desastre dentro del cuadrilátero. Por varias razones. Primero, porque era incapaz de aprender a boxear. Se quedaba parado y se ponía a repartir golpes sin ton ni son. Resultaba de lo más torpe. Hasta ahí, todo cuadra con el tipo de Nykvarn. Pero, lo que era peor, no entendía su propia fuerza. De vez en cuando conseguía encajar algún que otro golpe que ocasionaba tremendos daños a sus sparrings. Estamos hablando de narices partidas y mandíbulas rotas, siempre de daños i

– Conocía la teoría, pero no sabía boxear -dijo Malin.

– Eso es. Aunque el motivo por el que tuvo que dejarlo fue de carácter médico.

– ¿Qué quieres decir?

– Ese tipo parecía invulnerable. No importaba cuánto le golpeara, él sólo se sacudía y seguía peleando. Resulta que padece una enfermedad muy rara, que se llama analgesia congenita.

– ¿Analgesia… qué?

– Congénita. Lo he buscado. Se trata de un defecto genético hereditario que consiste en que la sustancia transmisora de las fibras de los nervios no funciona como debería. No siente el dolor.

– ¡Jesús! Pero eso es perfecto para un boxeador…

Paolo Roberto negó con la cabeza.

– Al contrario. Es una enfermedad que puede ser fatal. La mayoría de los que sufren de analgesia congénita mueren relativamente jóvenes, entre los veinte y los veinticinco años. El dolor es el sistema de alarma que advierte al cuerpo de que algo va mal. Si pones la mano en una plancha metálica ardiendo, te duele y la quitas de inmediato. Si tienes esa enfermedad, no notas nada hasta que empieza a oler a carne quemada.

Malin y Erika se miraron.

– ¿Todo eso lo dices en serio? -preguntó Erika.

– Totalmente. Ronald Niederma

– Estoy empezando a pensar que vuestra pelea debió de ser de lo más interesante.