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Mikael.

Lisbeth leyó el documento dos veces. Kalle Blomkvist había hecho los deberes. «Don Perfecto. Don Perfecto de los Cojones.» Él todavía creía que las cosas se podían arreglar.

Sus intenciones eran buenas. Quería ayudar.

No entendía que, pasara lo que pasase, su vida ya se había terminado.

Había terminado incluso antes de cumplir los trece años. Sólo quedaba una solución.

Abrió un documento e intentó redactar una respuesta. La cabeza le daba vueltas. Había tantas cosas que quería decirle…

Lisbeth Salander, enamorada. ¡Para partirse de risa!

Nunca jamás se lo diría. Nunca jamás le daría la satisfacción de que se burlara de sus sentimientos.

Envió el documento a la papelera y se quedó mirando el monitor, ahora vacío. Pero él se merecía algo más que su silencio. Había permanecido fiel en su rincón del cuadrilátero como un tenaz soldadito de plomo. Creó un nuevo documento y escribió una sola línea.

Gracias por haber sido mi amigo.

En primer lugar, debía tomar unas cuantas decisiones de carácter logistico. Necesitaba un medio de transporte. Usar el Honda burdeos de Lundagatan resultaba tentador; sin embargo, esa opción estaba descartada. Nada en el portátil del fiscal Ekström indicaba que el equipo investigador hubiera descubierto que ella se había comprado un coche, aunque tal vez se debiera a que lo había comprado hacía tan poco que ni siquiera le había dado tiempo a enviar ni los papeles de matriculación ni los del seguro. No obstante, no podía correr el riesgo de que Mimmi hubiese dicho algo sobre el coche cuando fue interrogada por la policía. Además, sabía que Lundagatan se hallaba bajo vigilancia.

La policía estaba al tanto de que poseía una moto, de modo que sería aún más complicado sacarla del garaje de Lundagatan. Por otra parte, y a pesar de los recientes días de temperaturas casi veraniegas, habían pronosticado un tiempo inestable y no tenía muchas ganas de conducir bajo la lluvia por carreteras resbaladizas.

Naturalmente, otra alternativa era alquilar un coche a nombre de Irene Nesser, pero eso comportaba ciertos riesgos. Siempre existía la posibilidad de que alguien la reconociera y, en consecuencia, el nombre de Irene Nesser quedara inutilizable para siempre. Aquello representaría una verdadera catástrofe, ya que constituía su único modo de salir del país.

Luego, se dibujó una sonrisa torcida en su rostro. Por supuesto, había otra opción. Abrió su ordenador, entró en la red interna de Milton Security y se conectó a la página del parque de automóviles que gestionaba una secretaria de recepción. Milton Security disponía de noventa y cinco coches, la mayoría de vigilancia, pintados con el logotipo de la empresa. De ésos, gran parte se encontraba en distintos aparcamientos repartidos por toda la ciudad. También había otros, normales y corrientes, que se podían usar, según las necesidades, para viajes de trabajo. Se hallaban en Slussen, en el garaje de las oficinas centrales de Milton. Como quien dice a la vuelta de la esquina.

Examinó las fichas del personal y eligió al colaborador Marcus Collander, quien acababa de coger dos semanas de vacaciones. Había dejado el número de teléfono de un hotel de las islas Canarias. Lisbeth cambió el nombre del hotel y mezcló las cifras del teléfono de contacto donde se le podía localizar. Luego, escribió una nota en la que hacía constar que, antes de irse de vacaciones, Collander había mandado llevar uno de los coches al taller con motivo de un problema en el embrague. Eligió un Toyota Corolla automático que había conducido otras veces y notificó que estaría de vuelta una semana más tarde.

Por último, accedió al sistema y reprogramó una de las cámaras de vigilancia por las que tendría que pasar. Entre las 04.30 y las 05.00 h., mostrarían una repetición de lo que había ocurrido durante la media hora anterior, pero con el código horario cambiado.

Poco antes de las cuatro de la mañana, ya había preparado la mochila. Llevaba ropa para cambiarse dos veces, dos botes de gas lacrimógeno y la pistola eléctrica con la batería cargada. Miró las dos armas con las que se había hecho últimamente. Descartó la Colt 1911 Government de Sandström y se decantó por la P-83 Wanad polaca -a la que le faltaba un cartucho en el cargador- de So

Lisbeth bajó la tapa de su PowerBook, pero lo dejó sobre la mesa de trabajo. Había transferido el contenido del disco duro a una copia de seguridad encriptada en la red. Acto seguido, eliminó todo su disco duro con un programa que ella misma había creado y que garantizaba que ni siquiera ella sería capaz de reconstruir la información destruida. No necesitaba su PowerBook, sólo sería una carga. En su lugar, se llevó su Palm Tungsten.

Repasó el despacho con la mirada. Presintió que no volvería al piso de Mosebacke. Sabía que estaba dejando secretos tras de sí que tal vez debiera destruir, pero consultó la hora y se dio cuenta de que le faltaba tiempo. Miró a su alrededor una vez más y, luego, apagó la lámpara de la mesa.

Fue a pie hasta Milton Security, entró por el garaje y cogió el ascensor hasta el departamento administrativo. No se cruzó con nadie en los pasillos desiertos y, ya en la recepción, no tuvo ningún problema en coger la llave del coche de un armario que no estaba cerrado.

Treinta segundos más tarde ya se hallaba de nuevo en el garaje y abrió el Corolla con un bip. Tiró la mochila al asiento del copiloto, ajustó el suyo y también el retrovisor. Usó su antigua tarjeta para abrir la puerta del garaje.

Poco antes de las cuatro y media de la mañana abandonaba Söder Mälarstrand a la altura de Västerbron. Empezaba a amanecer.

Mikael Blomkvist se despertó a las seis y media de la mañana. No había puesto el despertador y sólo había dormido tres horas. Se levantó, encendió su iBook y abrió la carpeta «Lisbeth Salander». Encontró inmediatamente su lacónica respuesta.

Gracias por haber sido mi amigo.

Mikael sintió cómo un escalofrío le recorrió la espalda. No era la respuesta que esperaba. Le dio la sensación de que se trataba de una frase de despedida. «Lisbeth Salander sola contra el mundo.» Pasó por la cocina, encendió la cafetera y continuó hasta el cuarto de baño. Se embutió un par de vaqueros desgastados y se dio cuenta de que, durante las últimas semanas, no había tenido tiempo de lavar y ya no le quedaba ni una sola camisa limpia. Se puso una sudadera de color burdeos y una americana gris.

Mientras se hallaba en la cocina preparando unos sándwiches, percibió, de repente, el destello de un metal en la encimera que estaba entre el microondas y la pared. Frunció el ceño, cogió un tenedor del cajón de los cubiertos y pescó un llavero.

Las llaves de Lisbeth Salander. Las había encontrado tras la agresión de Lundagatan y las había dejado encima del microondas, junto a su bolso. Debían de haberse caído. Se le había olvidado entregárselas a Sonja Modig.

Se quedó mirando fijamente el llavero. Tres llaves grandes y tres pequeñas. Las grandes eran de un portal, de la puerta de un piso y de una cerradura de seguridad. «Su casa.» Pero no se correspondían con las de Lundagatan. ¿Dónde diablos vivía?

Estudió las tres llaves pequeñas con más detenimiento. Una pertenecía a su moto Kawasaki. Otra era la típica llave de un armario de seguridad o de un mueble de almacenaje. Cogió la tercera. Tenía grabado el número 24914. El descubrimiento le impactó notablemente.

«Un apartado de correos. Lisbeth Salander tiene un apartado de correos.»

Buscó en la guía telefónica las oficinas postales que había en el barrio de Södermalm. Ella había vivido en Lundagatan. La de Ringen le quedaba demasiado lejos. Tal vez la de Hornsgatan… o la de Rosenlundsgatan.

Apagó la cafetera, pasó de desayunar, cogió el BMW de Erika Berger y condujo hasta Rosenlundsgatan. La llave no encajó. Acto seguido, se dirigió a la oficina de Hornsgatan. La llave encajó perfectamente en el apartado 24914. Lo abrió y encontró veintidós envíos que metió en el compartimento exterior del maletín de su ordenador.

Continuó por Hornsgatan, aparcó delante del cine Kvartersbion y desayunó en Copacabana, en Bergsunds strand. Mientras esperaba su caffè latte examinó las cartas una a una. Todas iban dirigidas a Wasp Enterprises. Nueve de ellas habían sido enviadas desde Suiza, ocho desde las islas Caimán, una desde las islas Anglonormandas y cuatro desde Gibraltar. Las abrió sin el más mínimo remordimiento de conciencia. Veintiuna contenían extractos bancarios y rendimientos de distintas cuentas y fondos de inversión. Mikael Blomkvist constató que Lisbeth Salander era más rica que un marajá.

La que hacía el número veintidós era más gorda. La dirección había sido escrita a mano. El sobre tenía un membrete que indicaba que había sido enviada desde Buchanan House, en Queensway Quay, Gibraltar. El documento adjunto llevaba otro membrete, el del supuesto remitente, un tal Jeremy S. MacMillan, Solicitor. Tenía una letra pulcra.

Jeremy S. MacMillan

Solicitor

Dear Ms Salander:

This is to confirm that the final payment of your property has been concluded as of January 20. As agreed, I'm enclosing copies of all documentation but will keep the original set. I trust this will be to your satisfaction.

Let me add that I hope everything is well with you, my dear. I very much enjoyed the surprise visit you made last summer and, must say, I found your presence refreshing. I'm looking forward to, if needed, be of additional service.

Yours faithfully,

J. S. M. [2]

La carta estaba fechada el 24 de enero. Al parecer, Lisbeth Salander no recogía su correspondencia muy a menudo. Mikael echó un vistazo a la documentación adjunta. Se trataba de la adquisición de un piso en un inmueble de Fiskargatan 9, en Mosebacke.

Luego, se le atragantó el café. El precio de venta eran veinticinco millones de coronas y la compra se había efectuado en dos pagos en un intervalo de doce meses.

Lisbeth Salander vio a un hombre moreno y corpulento abrir con llave la puerta lateral de Auto-Expert, en Eskilstuna. Era un garaje, taller de reparaciones y empresa de alquiler de coches. Una más del montón. Eran las siete menos diez y, según rezaba el cartel escrito a mano de la puerta, no abrían hasta las siete y media. Lisbeth cruzó la calle, abrió la puerta lateral y siguió al hombre. Él la oyó y se dio la vuelta.

– ¿Refik Alba? -preguntó.

– Sí. ¿Quién eres tú? Aún no está abierto.

Empuñando la P-83 Wanad de So

– No tengo ni ganas ni tiempo de discutir contigo. Quiero ver el registro de coches alquilados. Ahora mismo. Te doy diez segundos.

Refik Alba tenía cuarenta y dos años de edad. Era kurdo, de Diyarbakir, y había visto bastantes armas en su vida. Se quedó paralizado. Después, comprendió que si una loca entraba en su oficina con una pistola en la mano, no había nada que hacer.

– En el ordenador -dijo él.

– Enciéndelo -contestó ella.

Refik Alba obedeció.

– ¿Qué hay detrás de esa puerta? -preguntó Lisbeth mientras el ordenador arrancaba con el típico runrún y la pantalla centelleaba.

– Es sólo un armario.

– Abre la puerta.

Contenía unos monos.