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Capítulo 27 Miércoles, 6 de abril
Hacía un tiempo primaveral cuando Mikael se puso al volante del coche de Erika Berger y se dirigió hacia el sur por la carretera de Nynäs. Se intuía un ligero tono verde en los campos y el sol comenzaba a calentar de verdad. Hacía un tiempo perfecto para olvidar los problemas, escaparse unos días a Sandhamn y disfrutar de tranquilidad.
Sin embargo, había quedado con Gu
Gu
– Puedo darle información sobre Zala -dijo Gu
– Usted dirá.
– Que no se me mencione en el reportaje de Mille
– De acuerdo.
Gu
– Estoy hablando en serio -dijo Björck desconfiado-. Lo quiero por escrito.
– Se lo doy por escrito si quiere, pero un papel así no vale una mierda. Ha cometido delitos de los que estoy al tanto y que, en la práctica, tengo la obligación de denunciar. Posee la información que yo quiero y se aprovecha de su posición para comprar mi silencio. He reflexionado sobre el tema y acepto. Le hago un favor dándole mi palabra de no mencionar su nombre en Mille
Björck caviló.
– Yo también tengo condiciones -añadió Mikael-. El precio de mi silencio es que me cuente todo lo que sepa. Si descubro que me oculta algo, nuestro acuerdo quedará invalidado. Y, entonces, le sacaré en las portadas de todos los periódicos de Suecia, tal y como hice con We
Björck sintió escalofríos al pensarlo.
– De acuerdo -respondió-. No tengo elección. Usted me promete que mi nombre no se mencionará en Mille
Le tendió la mano. Mikael se la estrechó. Acababa de comprometerse a contribuir a ocultar un delito, algo que, sin embargo, no le preocupaba lo más mínimo. Sólo había prometido que ni él ni la revista Mille
La policía de Strängnäs recibió el aviso a las 15.18h. Llegó directamente a la centralita de la policía, no a través del teléfono de emergencias. El propietario de una casa de campo situada al este de Stallarholmen, que respondía al nombre de Oberg, declaró que había escuchado un disparo y que acudió al lugar para ver qué pasaba. Encontró a dos hombres heridos de gravedad. Bueno, uno de los individuos tal vez no tanto, pero sí sufría intensos dolores. Añadió que el propietario de la casa se llamaba Nils Bjurman. O sea, el difunto abogado del que tanto se había escrito en la prensa.
Esa mañana, la policía de Strängnäs había estado muy atareada efectuando un amplio control del tráfico, programado de antemano, en las carreteras del municipio. Se interrumpió por la tarde, cuando recibieron el aviso de que un hombre le había quitado la vida a su pareja, una mujer de cincuenta y siete años, en el domicilio que ambos compartían en Fi
Sin embargo, la oficial de guardia había seguido el curso de los acontecimientos sucedidos en Nykvarn esa misma mañana y supuso que tal vez tuvieran algo que ver con la sospechosa en búsqueda y captura, Lisbeth Salander. Como Nils Bjurman figuraba en esa investigación, no le costó sumar dos más dos. Tomó tres medidas. En un día como aquél, accidentado, envió a Stallarholmen al único vehículo disponible en Strängnäs. Llamó a los colegas de Södertälje y pidió refuerzos. Sin embargo, la policía de Södertälje estaba igual de saturada, porque una gran parte de sus recursos se había concentrado en llevar a cabo las excavaciones en las inmediaciones de un almacén que se había incendiado al sur de Nykvarn, pero la posible conexión entre Nykvarn y Stallarholmen indujo al oficial de guardia de Södertälje a mandar dos coches patrulla hasta Stallarholmen para prestar asistencia al furgón de Strängnäs. Por último, la oficial de guardia de Strängnäs cogió el teléfono para llamar al inspector Jan Bublanski de Estocolmo. Lo localizó en el móvil.
En ese momento, Bublanski se encontraba en Milton Security deliberando seriamente con el director ejecutivo Dragan Armanskij y los dos colaboradores, Fräklund y Bohman. Niklas Eriksson estaba ausente.
Bublanski ordenó a Curt Svensson que acudiera de inmediato a la casa de campo de Bjurman y que se llevara a Hans Faste con él, en el caso de que pudiera encontrarlo. Tras un instante de reflexión también llamó a Jerker Holmberg, quien todavía se hallaba al sur de Nykvarn, bastante más cerca del lugar de los hechos. Además, Holmberg tenía noticias.
– Estaba a punto de llamarte. Acabamos de identificar al cadáver enterrado.
– No es posible. ¿Tan rápido?
– Todo es posible cuando los muertos tienen la gentileza de llevar cartera y carné de identidad plastificado.
– Vale. ¿De quién se trata?
– De un conocido. Ke
– Hombre, ya lo creo. Anda, así que el Vagabundo está enterrado en Nykvarn. He perdido un poco el control de la chusma de la plaza de Sergei pero, si no recuerdo mal, fue un tipo bastante destacado en los años noventa, formaba parte de aquella clientela de camellos, ladrones y toxicómanos.
– El mismo. Por lo menos es su carné. La identificación definitiva tendrá que hacerla el forense. Va a ser como hacer un puzle; está cortado en, al menos, cinco o seis trozos.
– Mmm. Paolo Roberto nos contó que el rubio con el que se peleó amenazó a Miriam Wu con una motosierra.
– Sí, el descuartizamiento se podría haber realizado con una motosierra, aunque no lo he visto muy de cerca. Acabamos de empezar la excavación del segundo hallazgo. Están montando la tienda.
– Muy bien. Jerker, sé que ha sido un día muy largo, pero ¿puedes quedarte esta tarde?
– Vale. Empezaré dando una vuelta por Stallarholmen.
Bublanski terminó la llamada y se frotó los ojos.
El furgón de Strängnäs llegó a la casa de campo de Bjurman a las 15.44 horas. En el camino de acceso chocaron, literalmente, con un individuo que intentaba alejarse del lugar montado en una Harley-Davidson que se empotró de frente contra el vehículo de la policía. Fue una colisión sin mayores consecuencias. Los agentes se bajaron e identificaron a So
Luego, recorrieron alrededor de doscientos metros hasta alcanzar la casa. Allí estaba Oberg -un obrero portuario ya jubilado- poniéndole una venda en el pie a un tal Carl-Magnus Lundin, de treinta y seis años y president de una banda de gánsteres, no del todo desconocida, llamada Svavelsjö MC.
El oficial al mando del furgón era el subinspector Nils-Henrik Johansson. Descendió del vehículo, se ajustó el cinturón, contempló el lamentable estado de la persona que yacía en tierra y pronunció la típica frase de la policía.
– ¿Qué está pasando aquí?
El obrero portuario jubilado dejó de vendar el pie de Magge Lundin y miró lacónicamente a Johansson.
– Yo soy quien ha llamado.
– Ha alertado sobre un disparo.
– He oído un tiro, me he acercado para ver qué pasaba y me he encontrado con estos tipos. A éste le han disparado en el pie y ha recibido una buena paliza. Creo que necesita una ambulancia.
De reojo, Oberg echó una mirada al furgón.
– Veo que habéis dado con el otro canalla. Estaba tumbado fuera de juego cuando llegué, pero luego se recuperó y no quiso quedarse.
Jerker Holmberg llegó con los policías de Södertälje en el mismo instante en que la ambulancia abandonaba la escena. Los agentes del furgón le informaron brevemente de sus observaciones. Ni Lundin ni Nieminen habían querido explicar el motivo de su presencia en el lugar. A decir verdad, Lundin no estaba en condiciones de articular palabra.
– O sea, dos moteros con ropa de cuero, una Harley-Davidson, una persona herida de un disparo, pero ni una sola arma. ¿Lo he entendido bien? -preguntó Holmberg.
El oficial que estaba al mando del furgón asintió con la cabeza. Holmberg reflexionó un instante.
– No creo que uno de los tipos haya llegado aquí montado en el sillín trasero de la moto del otro.
– Yo diría que eso se consideraría poco masculino en sus círculos -comentó Johansson.
– Entonces falta una moto. Y como el arma tampoco está, podemos sacar la conclusión de que una tercera persona ya se ha dado a la fuga.
– Parece lo lógico.
– Pero nos deja con un problema de logística. Si estos dos caballeros de Svavelsjo llegaron cada uno en una moto entonces falta el vehículo en el que llegó la tercera persona. Porque es imposible que abandonara el lugar conduciendo a la vez su propio vehículo y una moto. Además hay un buen trecho para venir andando desde la carretera.
– A no ser que esa tercera persona viviera en la casa.
– Mmm -murmuró Jerker Holmberg-. Pero el propietario de la casa es el difunto letrado Bjurman. quien, evidentemente, ya no vive aquí.
– Es posible que hubiera una cuarta persona y que se fuera en coche.
– Pero, en ese caso, ¿por qué no se han ido juntos?: Doy por descontado que esta historia no va del robo de una moto Harley-Davídson, por muy atractivas que sean.
Reflexionó un instante y, después, les pidió a dos agentes del furgón que buscaran un vehículo abandonado en alguna carretera comarcal de las inmediaciones y que recorrieran las casas de la zona y preguntaran si alguien había visto algo fuera de lo corriente.
– En esta época del año no hay mucha gente por aquí -dijo el oficial al mando del furgón, y se comprometió a hacerlo lo mejor que pudieran.