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Una bonificación que dejaría mudo al rubio cabrón.

Cada uno se le acercó por un lado y se detuvo a unos dos metros de distancia. Cuando apagaron los motores, se hizo el silencio en el bosque. Magge Lundin no sabía muy bien qué decir. Al final, recuperó el habla.

– ¡Mira tú por dónde! Llevamos días buscándote, ¿sabes, Salander?

De repente sonrió. Lisbeth Salander contempló a Lundin con los ojos carentes de expresión. Notó que la herida de la mandíbula -donde ella le había dado con el llavero- todavía le estaba cicatrizando. La tenía en carne viva. Levantó la vista y contempló las copas de los árboles que se hallaban por encima de su cabeza. Luego volvió a bajar la mirada. Tenía los ojos de un inquietante negro azabache.

– He tenido una semana asquerosa y estoy de un humor de perros. ¿Y sabes qué es lo peor? Cada vez que me doy la vuelta me encuentro con algún puto saco de mierda y grasa que se me pone chulo. Ahora pienso largarme de aquí. Quítate de en medio.

Magge Lundin se quedó boquiabierto. Al principio, pensó que no la había oído bien. Luego, involuntariamente, se echó a reír. La situación era para partirse de la risa. Una tía raquítica, que cabía en el bolsillo de su chupa, les plantaba cara a dos tíos hechos y derechos cuyos chalecos daban fe de su pertenencia a Svavelsjö MC. Lo que significaba que eran los más malos de todos los malos y, además, pronto serían miembros de pleno derecho de los Angeles del Infierno. Podían desmontarla y meterla en una caja de galletas. Y allí estaba ella, toda chula.

Pero, aunque la tía estuviese loca de atar -cosa que, sin duda, era el caso, según los periódicos y lo que acababan de ver en ese patio-, sus chalecos deberían infundirle respeto. Algo que ella no mostró en absoluto Eso no se podía tolerar, por muy tronchante que le resultara la situación. Miró de reojo a So

– Creo que la bollera necesita una buena polla -dijo para, acto seguido, bajarse de la moto. Con cautela dio dos pasos hacia Lisbeth Salander y la observó desde arriba. Ella ni se inmutó. Magge Lundin negó con la cabeza y suspiró tristemente. Luego, soltó un revés con la misma potencia que Mikael Blomkvist tuvo ocasión de comprobar en el altercado de Lundagatan

Golpeó al aire. En el mismo instante en el que la mano iba a impactar en su cara, ella dio un único paso hacia atrás y permaneció quieta justo fuera del alcance de Lundin.

So

De repente, Lisbeth se paró en seco y le vació la mitad del bote de gas lacrimógeno en la cara. Sus ojos ardieron como el fuego. Lisbeth disparó la punta de una bota con toda su fuerza y, al llegar a la entrepierna, se transformó en energía cinética, con una presión de aproximadamente ciento veinte kilopondios por centímetro cuadrado. Magge Lundin, sin respiración, cayó de rodillas y fue a parar a una altura mucho más cómoda para Lisbeth Salander. Ella tomó impulso y le dio otra patada en la cara, como si hubiese efectuado un saque de esquina en un partido de fútbol. Antes de que Magge Lundin se desplomará en redondo como un saco de patatas, se oyó un horrible crujido.

A So

Al alzar la mirada, vio cómo Lisbeth Salander se abalanzaba sobre él como la bala de un cañón. Ella saltó con los pies juntos y le dio con todas sus ganas en la cadera, lo que no resultaba suficiente para hacerle daño, pero sí para volcarlos a él y a su Harley. Él consiguió, por los pelos, que no quedara atrapada la pierna bajo la moto. Retrocedió tambaleándose unos cuantos pasos antes de recuperar el equilibrio.

Cuando ella volvió a entrar en su campo de visión, So

Por fin consiguió sacar la pistola e intentó quitarle el seguro; sin embargo, cuando levantó la vista por tercera vez, Lisbeth Salander ya estaba junto a él. Vio el mal en sus ojos y, por primera vez, sintió, estupefacto, miedo.

– Buenas noches -dijo Lisbeth Salander.

Apretó la pistola eléctrica contra la entrepierna de Nieminen y le descargó setenta y cinco mil voltios, manteniendo el contacto de los electrodos con su cuerpo durante al menos veinte segundos. So

Lisbeth percibió un ruido detrás, se dio la vuelta y observó a Magge Lundin. Acababa de conseguir, con mucho esfuerzo, ponerse de rodillas y estaba a punto de levantarse. Lisbeth lo miró con las cejas arqueadas; Lundin iba a tientas a través de la ardiente niebla del gas lacrimógeno.

– ¡Te voy a matar! -gritó de repente.

Farfullaba y caminaba a ciegas intentando encontrar a Lisbeth Salander. Ella ladeó la cabeza y se quedó contemplándole pensativa. Luego, volvió a vociferar.

– ¡Maldita puta!

Lisbeth Salander se agachó, recogió la pistola de So

Abrió el cargador y comprobó si el calibre de la munición era, como cabía esperar, 9 milímetros. Makarov. Acto seguido, alimentó el cañón con una bala. Luego, pasó por encima de So

Lisbeth contempló a Magge Lundin y se preguntó si debería tomarse la molestia de interrogarle sobre la identidad del gigante rubio con el que le había visto en Blombergs Kafé y que, según el periodista Per-Åke Sandström, había matado, junto con Magge Lundin, a una persona en un almacén. «Mmm. Quizá debería haberlo hecho antes de disparar.»

Por una parte, Magge Lundin no parecía estar en disposición de mantener una conversación inteligible; por otra, era posible que alguien hubiera oído el tiro. De modo que debía abandonar la zona cuanto antes. Siempre podría localizar a Magge Lundin y hacerle esas preguntas en otra ocasión. Le puso el seguro al arma, se la metió en el bolsillo de la cazadora y recogió la mochila.

No había recorrido ni diez metros de camino cuando se detuvo y se dio media vuelta. Regresó lentamente estudiando la moto de Magge Lundin.

– ¡Una Harley-Davidson! -exclamó-. ¡Qué guay!