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Lisbeth Salander preparó café en la cocina de Bjurman, se comió otra manzana y pasó dos horas leyendo, página a página, la documentación que el abogado poseía sobre ella. Estaba impresionada. Bjurman le había dedicado un esfuerzo ingente a la tarea; había sistematizado toda la información como si se tratara de un apasionante hobby. Había hallado material sobre su persona del que ni la propia Lisbeth tenía constancia.
Con sentimientos encontrados, leyó el diario de Holger Palmgren. Eran dos cuadernos negros. Había empezado a llevar un diario sobre Lisbeth cuando ella tenía quince años y se escapó de su segunda familia de acogida, una pareja mayor de Sigtuna. Él era sociólogo y ella escritora de libros infantiles. Permaneció con ellos doce días. A Lisbeth le dio la impresión de que se compadecían de ella y se sentían inmensamente orgullosos de poder contribuir a la sociedad. Parecía que, a cambio, esperaban de ella una profunda gratitud. El colmo fue cuando su madre de acogida -más que temporal- se dio un exceso de importancia explayándose ante una vecina sobre lo esencial que era que alguien se ocupara de los jóvenes con problemas. Cada vez que su madre de acogida la exhibía ante sus amigas, Lisbeth quería gritar: «¡No soy un puto proyecto social!». El duodécimo día, robó cien coronas del bote para los gastos de la compra y cogió el autobús hasta Upplands-Väsby. Desde allí, tomó un tren de cercanías que la llevó hasta la estación central. La policía la encontró seis semanas más tarde viviendo con un señor de sesenta y siete años en Haninge.
Ese tío fue bastante legal. Le ofreció alojamiento y comida. Ella no había tenido que hacer gran cosa a cambio: él sólo quería mirarla desnuda. Nunca la tocó. Ella sabía que, por definición, debía ser considerado pedófilo, pero nunca se sintió amenazada. Lo veía como una persona introvertida y socialmente discapacitada. A posteriori, incluso llegó a experimentar una extraña sensación de parentesco al pensar en él. Los dos vivían completamente al margen de la sociedad.
Al final, un vecino reparó en ella y avisó a la policía. Un asistente social invirtió grandes esfuerzos para convencerla de que denunciara al hombre por abusos sexuales. Ella se negó obstinadamente a reconocer que algo inadecuado hubiese tenido lugar y, en cualquier caso, ella tenía quince años, la edad legal. Fuck you. Luego, Holger Palmgren intervino y la sacó de allí con acuse de recibo.
Palmgren había empezado a escribir un diario sobre ella con algo que parecía un frustrado intento de aclarar sus propias dudas. La primera entrada databa de diciembre de 1993.
A medida que pasa el tiempo, me parece que L. es la criatura más ingobernable con la que he lidiado jamás. Me pregunto si hago bien oponiéndome a que vuelvan a ingresarla en Sankt Stefan. Ha huido de dos familias de acogida en tres meses. Con esas fugas corre un riesgo de acabar mal. Pronto deberé decidir si renunciar al cometido y exigir que sea atendida por expertos de verdad. No sé lo que está bien ni lo que está mal. Hoy he hablado seriamente con ella.
Lisbeth se acordaba de cada palabra pronunciada durante esa conversación. Fue el día anterior a Nochebuena. Holger Palmgren se la llevó a su casa y la alojó en el cuarto de invitados. Había preparado espaguetis a la boloñesa. Después de la cena, la sentó en el sofá del salón, frente a él. Ella se preguntó sin mucho interés si Palmgren también la querría ver desnuda. En cambio, habló con ella como si se dirigiera a un adulto.
Fue un monólogo de dos horas; ella apenas intervino. Le explicó la realidad de la vida, que en su caso consistía en elegir entre volver a Sankt Stefan o vivir con una familia de acogida. Le prometió que iba a intentar encontrarle una familia medianamente aceptable, y le exigió que se conformara con su elección. Lisbeth pasaría la Navidad con él para que tuviera tiempo de reflexionar sobre su futuro. La elección era suya, pero él quería una clara respuesta y un compromiso por su parte, el día después de Navidad, como muy tarde. Tendría que prometer que, si surgían problemas, se dirigiría a él en vez de escapar. Luego la envió a la cama y, al parecer, se sentó a redactar las primeras líneas de su diario personal sobre Lisbeth Salander.
La amenaza, la alternativa de ser llevada a Sankt Stefan después de Navidad, la asustó más de lo que Floiger Palmgren podía sospechar. Pasó las fiestas angustiada, vigilando con desconfianza cada movimiento de Palmgren. El día después de Navidad seguía sin haberla tocado y tampoco dio señales de querer mirarla a hurtadillas. Todo lo contrario, se irritó in extremis cuando ella lo provocó paseándose desnuda del cuarto de invitados al baño. Él cerró la puerta dando un fuerte portazo. Finalmente, ella accedió y se comprometió a cumplir sus exigencias. Y había mantenido su palabra. Bueno, más o menos.
En su diario, Palmgren dejaba constancia de cada reunión que tenía con ella. Unas veces con tres líneas y otras llenando varias páginas enteras con sus reflexiones. Al leer algunos pasajes, Lisbeth se quedó estupefacta. Palmgren era más perspicaz de lo que Lisbeth se imaginaba. En ocasiones, había anotado los pormenores de las tretas con las que ella intentaba engañarle y cómo él anticipaba sus intenciones.
A continuación, abrió el informe de la investigación policial de 1991.
De repente, las piezas del puzle encajaron. Fue como si la tierra empezara a moverse bajo sus pies.
Leyó el informe del médico forense, redactado por un tal Jesper H. Löderman, donde un cierto doctor Peter Teleborian constituía una de las referencias más importantes. Años más tarde, Löderman sería el as que el fiscal se sacó de la manga cuando intentó ingresar a Lisbeth en una institución al cumplir los dieciocho años.
Luego encontró un sobre con la correspondencia de Peter Teleborian y Gu
En ellas no se decía nada de forma explícita, pero, de pronto, una trampilla se abrió bajo los pies de Lisbeth Salader. Le llevó unos minutos entender las implicaciones. Gu
Es de suma importancia que la criatura se distancie de su situación actual. No estoy capacitado para evaluar su estado psíquico ni sus necesidades de tratamiento, no obstante, cuanto más tiempo se le pueda ofrecer asistencia institucional, menos riesgo habrá de que, involuntariamente, cree problemas en el caso que nos ocupa.
«El caso que nos ocupa.»
Lisbeth Salander saboreó un instante la expresión. Peter Teleborian era el responsable del tratamiento al que fue sometida en Sankt Stefan. No había sido una casualidad. Por el tono personal de la correspondencia, se dio cuenta de que se trataba de cartas destinadas a no ver nunca la luz.
Peter Teleborian había conocido a Gu
Mientras reflexionaba, Lisbeth Salander se mordió el labio inferior. Nunca había investigado el pasado de Teleborian, pero sabía que él empezó su carrera en medicina forense y que la Säpo a veces también tenía necesidad de consultar a médicos o psiquiatras forenses en sus casos. De repente, comprendió que si se pusiera a indagar, encontraría un vínculo. En algún momento del inicio de su carrera profesional, su camino se había cruzado con el de Björck. Cuando éste necesitó a alguien que pudiera enterrar en vida a Lisbeth Salander, se dirigió a Teleborian.
Fue así como ocurrió. Lo que antes parecía puro azar adquirió de repente una dimensión diferente.
Permaneció quieta largo rato mirando al vacío. No hay inocentes; sólo distintos grados de responsabilidad. Y alguien era responsable de Lisbeth Salander. Definitivamente, se vería obligada a realizar una visita a Smadalarö. Suponía que nadie más en el corrupto aparato estatal de justicia querría tratar el tema con ella, de modo que, a falta de alguien mejor, tendría que conformarse con mantener una conversación con Gu
Estaba ansiosa por hablar con él.
No hacía falta que se llevara todas las carpetas consigo. Ya las había leído y quedarían grabadas en su memoria para siempre. Cogió los dos cuadernos de Holger Palmgren, el informe de la investigación policial de 1991, el del examen psiquiátrico forense de 1996, cuando fue declarada incapacitada, y la correspondencia de Peter Teleborian y Gu
Cerró la puerta. Aún no había echado la llave, cuando oyó el ruido de unas motos acercándose. Miró a su alrededor. Ya era tarde para intentar esconderse. Sabía que no tenía la más mínima oportunidad de escapar corriendo de dos moteros montados en sendas Harley-Davidson. Bajó del porche en actitud defensiva y fue a su encuentro hasta la mitad del patio.
Bublanski recorrió el pasillo hecho una furia y comprobó que Eriksson no había vuelto todavía al despacho de Sonja Modig. El cuarto de baño estaba vacío. Continuó su recorrido y, de repente, lo descubrió en el despacho de Curt Svensson y So
Bublanski se dio media vuelta en la misma puerta, sin ser visto, y subió la escalera que conducía al despacho del fiscal Ekström. Sin llamar, abrió la puerta de un tirón e interrumpió una conversación telefónica.
– Ven -le espetó.
– ¿Qué? -dijo Ekström.
– Cuelga y ven.
El rostro de Bublanski no dejaba margen a no obedecer. En esa situación, resultaba fácil imaginar por qué los compañeros le habían apodado agente Burbuja. Su cara parecía un globo de color rojo. Bajaron al despacho de Curt Svensson para unirse a la distendida reunión que estaba teniendo lugar allí en torno a un café. Bublanski se acercó a Eriksson, lo agarró del pelo y lo giró hacia Ekström.
– ¡Ay! ¿Qué coño haces? ¿Estás loco?
– ¡Bublanski! -gritó Ekström horrorizado.
Ekström parecía asustado. Curt Svensson y So
– ¿Es tuyo? -preguntó Bublanski, levantando un Sony Ericsson.
– ¡Suéltame!
– ¿Es éste tu móvil?
– Sí, joder. Que me sueltes.
– Ni hablar. Quedas detenido.
– ¿Qué?
– Estás detenido por violar el secreto profesional y por haber obstaculizado una investigación policial. O quizá quieras darnos una explicación lógica de por qué esta mañana, a las 09.57, según la lista de llamadas realizadas, telefoneaste a un periodista llamado Tony Scala inmediatamente después de la reunión y poco antes de que éste publicara una información que acabábamos de decidir que se mantuviera en secreto.
Magge Lundin no daba crédito a lo que veían sus ojos. Lisbeth Salander estaba en el patio de la casa de campo de Bjurman. Había estudiado el mapa y el gigante rubio le había hecho una detallada descripción de la ruta. Antes de ir a Stallarholmen para provocar un incendio, tal y como le habían ordenado, se pasó por el club -esa imprenta abandonada de las afueras de Svavelsjö- y se llevó a So
Y allí estaba Lisbeth Salander esperándolos.