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Cuando llegó a su antiguo hogar en Beverly Hills, Joh

Su primera esposa le aguardaba en la puerta. Era hermosa, menuda y morena; una bonita chica italiana, el tipo de muchacha en la que uno podía confiar plenamente; incapaz de una infidelidad. Había sido muy importante en su vida. ¿La quería todavía?, se preguntó, y la respuesta fue negativa. Por una parte, se sentía incapaz de hacerle el amor, y por la otra, había ciertas cosas que ella nunca podría perdonarle, cosas que nada tenían que ver con el sexo. De todos modos, entre ellos no existía enemistad alguna.

Virginia le sirvió café y unos pastelitos hechos en casa.

– Siéntate en el sofá -le dijo-; pareces cansado. Joh

– Es gracioso.

– ¿Qué te parece gracioso? -dijo Joh

– El gran Joh

– El gran Joh

No era corriente que hablara de forma tan directa.

– ¿Tan mal estás? -preguntó Gi

Joh

– He estado con una chica en mi apartamento, pero me ha rechazado. Lo malo es que me he alegrado.

Sorprendido,.vio pasar por el rostro de su ex esposa un ramalazo de ira.

– No te preocupes por esas zorras -le dijo-. Seguramente ha imaginado que era la única forma de que te interesaras por ella.

Joh

– No importa. Al diablo con todo. No se puede ser eternamente joven. Y ahora que ya no puedo cantar, me parece que las mujeres ya no se echarán en mis brazos. Ya no me encuentran tan atractivo.

– De todos modos, siempre has estado mejor en persona que en la pantalla -observó Virginia con sinceridad.

Joh

– Estoy engordando y me estoy quedando calvo. Desde luego, si esta película no vuelve a encumbrarme, mejor será que me dedique a pastelero. Aunque quizá sería mejor ponerte a ti en el cine. Estás muy guapa.

Virginia tenía treinta y cinco años; muy bien llevados, pero treinta y cinco años. Eso era mucho para los estándares de Hollywood. La ciudad estaba llena de chicas guapísimas. Claro que no solían mantenerse más de un par de años. Algunas eran tan hermosas, que podían detener el corazón de un hombre con una sola de sus sonrisas. Su encanto, sin embargo, desaparecía en cuanto abrían la boca, en cuanto la ambición empañaba el brillo de sus ojos. Las mujeres normales no podían soñar siquiera en competir con ellas en cuanto a atractivo físico. Y es que su esplendorosa belleza anulaba todas las cualidades que las demás mujeres pudieran poseer, como encanto, inteligencia, clase… Posiblemente, si no hubiera tantas chicas de ésas, las mujeres guapas e inteligentes habrían tenido una oportunidad.

Así pues, Gi

Virginia le dirigió una suave y amistosa sonrisa.

– Hemos vivido juntos durante doce años, Joh

– Hablo en serio, Gi

Ella no contestó. Se daba cuenta de que su ex marido estaba deprimido.

– ¿Crees que resultará una buena película? -preguntó Virginia, al fin-. ¿Piensas que volverá a situarte?

– Sí -contestó Joh

– Tenemos más que suficiente -señaló Gi

– Además, quiero ver más a menudo a los niños. Quiero sentar un poco la cabeza. ¿Por qué no puedo venir a cenar aquí cada viernes? Te juro que no faltaría ningún viernes, por muy ocupado que estuviera. Y vendría a pasar aquí algunos fines de semana, y los niños podrían pasar parte de sus vacaciones conmigo.

Gi

– Por mí, de acuerdo -asintió-. No he vuelto a casarme precisamente porque quería que siguieras siendo su padre.

Estas palabras habían sido pronunciadas sin emoción alguna, pero Joh

– Cambiando de tema -dijo Virginia-. ¿Sabes quién me ha llamado?

Joh

– ¿Quién? -preguntó.

– Por lo menos podrías tratar de adivinarlo -le reprochó Virginia.

Joh

– Tu padrino -añadió ella.

– Pero si nunca habla por teléfono. ¿Qué te ha dicho?

– Me pidió que te ayudara. Dijo que podías volver a ser tan famoso como antes, pero que necesitabas que la gente creyera en ti. Le pregunté por qué tenía que ser yo la encargada de ayudarte, me contestó que por el hecho de ser tú el padre de mis hijos. Parece mentira que se digan cosas tan horribles de un hombre tan encantador como tu padrino.

Virginia odiaba los teléfonos. Por esta razón sólo tenía dos: uno en su dormitorio y otro en la cocina. Ahora sonaba el de la cocina. Fue a contestar. Cuando regresó al salón donde estaba Joh

– Es para ti, Joh

La voz de Tom Hagen era fría:

– Oye, Joh