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Ahora estaba dispuesto. Dejó el vaso en la mesita de centro y se inclinó hacia Sharon. Estaba muy seguro de sí mismo, pero sabía ser tierno; en sus caricias no había obscenidad alguna. La besó en los labios. Sharon le devolvió el beso con decisión, pero sin pasión. Joh

Luego recurrió a una estrategia que siempre le daba resultado: con la máxima delicadeza la acarició y, acercándose más a ella, la besó profundamente. Antes de ser famoso, naturalmente, incluso alguna le había abofeteado; pero ésta era la única técnica de Joh

La reacción de Sharon fue insólita. Lo aceptó todo, el contacto y el beso; luego se separó, se apartó un poco y tomó el vaso de licor. Era una negativa fría, pero firme. A Joh

– No es que no me gustes, Joh

Joh

– ¿Y yo no te hago sentir nada? -interrogó.

Ella parecía algo violenta.

– Mira, cuando tú eras un gran cantante, yo era todavía una niña. Pertenecemos a generaciones distintas. En serio, no es que yo sea una beata. Si fueras James Dean o alguien de mi generación, no tardaría ni un segundo en lanzarme en tus brazos.

Ahora ya no le gustaba tanto la chica. Era dulce, graciosa e inteligente. No se había lanzado sobre él, ni había intentado utilizarlo para introducirse en el mundo del cine. Era realmente una buena chica. Pero había otra cosa, algo que le había sucedido en alguna otra ocasión. Era la clase de chicas que aceptaban una invitación con el propósito de llegar hasta el final -prescindiendo de lo mucho o poco que les gustara el hombre-sólo para poder ir pregonando por ahí lo interesante que les había resultado tener una aventura con una estrella de Hollywood. Joh

Ahora que la muchacha ya no le gustaba tanto, Joh

– Espero que no estés disgustado, Joh

Joh

– No estoy disgustado -dijo-. Me encanta encontrarme con una muchacha anticuada.

Lo que no le dijo fue el alivio que sentía; afortunadamente, no tendría que interpretar el papel de gran amante, evitando así la posibilidad -por otra parte muy grande-de defraudar a la chica. Además, se ahorraría tener que aparentar, como en la pantalla, que era la encarnación de una bella imagen.

Bebieron otra copa, intercambiaron algunos fríos besos, y luego Sharon decidió que debía irse.

– ¿Puedo invitarte a cenar alguna noche de éstas? -dijo Joh

Sharon se mostró absolutamente honesta.

– Sé que no interesa perder el tiempo. Gracias por la maravillosa velada de hoy. Algún día podré contar a mis hijos que un día cené con el gran Joh

– Y podrás decirles también que no ocurrió nada -dijo Joh

Ambos se echaron a reír.

– No me creerán -replicó Sharon.

Joh

– Si quieres, lo certifico por escrito.

La muchacha dijo que no, y Joh

– Si alguien duda alguna vez de tu honestidad, llámame. Yo les diré que te estuve persiguiendo por mi apartamento, pero que tú supiste guardar tu honra.

Se dio cuenta de que había sido excesivamente cruel cuando vio en el rostro de Sharon una expresión dolorida. Le estaba diciendo, lisa y llanamente, que no había insistido mucho. Joh

– Si alguna vez te sientes desgraciada, llámame, te lo ruego -dijo Joh

– Lo haré -respondió Sharon y salió del apartamento.

Joh

Reconoció de inmediato la voz de Virginia, cosa que, por otra parte, nada tenía de sorprendente; la había oído por vez primera cuando él tenía diez años. Ambos habían sido compañeros de escuela.

– Hola, Gi

– Bueno -accedió Virginia-. Pero los niños ya están en la cama; no quiero despertarlos.

– No te preocupes -repuso Joh

Ella se esforzó por disimular su preocupación.

– ¿Es algo grave? ¿Qué ha ocurrido?

– Nada -replicó Joh

– Muy bien -dijo Virginia-. Y quiero que sepas que me alegro de que consiguieras el papel.

– Gracias. Estaré ahí dentro de media hora.