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En el transcurso del día que siguió a la muerte de Sollozzo y del capitán McCluskey, todos los capitanes y tenientes de la policía de la ciudad de Nueva York recibieron la misma orden: no habría más juego, la prostitución no sería tolerada ni se efectuarían componendas de ninguna clase mientras el asesino del capitán McCluskey anduviera suelto. Comenzaron a efectuarse impresionantes redadas por la ciudad. Todas las actividades ilegales quedaron absolutamente paralizadas.

Aquel mismo día, un emisario de las Familias de Nueva York preguntó a la familia Corleone si estaban dispuestos a entregar al asesino. Se les contestó que ellos nada habían tenido que ver con el asunto, que no eran ellos los culpables. Aquella noche explotó una bomba en la alameda de la familia Corleone, en Long Beach. La bomba había sido lanzada desde un automóvil que, después de romper la cadena, había huido. Durante la misma noche, dos de los hombres a sueldo de la familia Corleone habían sido asesinados mientras comían tranquilamente en un restaurante italiano de Greenwich Village. Corría el año 1946. La guerra de las Cinco Familias había empezado.

SEGUNDA PARTE

12

Joh

– Te veré por la mañana, Billy -le dijo.

El criado de color salió del enorme salón con vistas al Pacífico. Era una despedida de amigos, no la que cabía esperar entre patrón y criado. Y si éste se marchaba era porque aquella noche Joh

La compañía de Joh

Evidentemente, Sharon Moore esperaba que Joh

El no comía mucho, pero conocía muchachas que pasaban hambre para poder dedicar el dinero a vestir bien. En consecuencia, siempre procuraba que su mesa estuviera bien surtida. Tampoco faltaba la bebida: champán, whisky, coñac y toda clase de licores. Acostumbraba a servir la comida y los combinados ya preparados. Luego, llevaba a la invitada de turno a la sala de estar con vistas al Pacífico. Aquella noche, una vez en el salón con Sharon, puso unos discos de Ella Fitzgerald en el tocadiscos de alta fidelidad y se sentó junto a la muchacha, en el mullido sofá. Charlaron de mil pequeñas cosas: de cómo había pasado la niñez, de si le habían gustado los chicos, de si era o no hogareña, de si poseía un temperamento alegre o triste… A Joh

Se deslizaron sobre el sofá. Él la besó en los labios, fríamente, y ante la pasiva reacción de ella sintió una gran ternura; aquella ternura que le permitiría ser un buen amante. Por un instante, Joh

– ¿Por qué no pones un disco tuyo? -le preguntó.

El tono de la chica era implorante. Joh

– No soy de ésos -respondió.

– Te lo ruego, pon un disco tuyo -insistió la muchacha-. O mejor aún, cántame una canción. Me echaré en tus brazos, igual que lo hacen tus compañeras femeninas en la pantalla.

Joh

– Mi voz no está afinada -objetó-. Además, para serte sincero, estoy cansado de oírme.

Ambos bebieron.

– Tengo entendido que estás maravilloso en esta película -dijo la muchacha, tras unos instantes de silencio-. ¿Es cierto que la hiciste sin cobrar ni un centavo?

– Sólo por una cantidad puramente simbólica -repuso Joh

Se levantó para volver a llenar el vaso de la muchacha, le ofreció un cigarrillo y se lo encendió. La muchacha dio una calada al cigarrillo y bebió un sorbo de licor, mientras Joh