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– ¿Cómo lo sabes?

Faith le dirigió una mirada confiada que disimulaba su miedo creciente.

– Me gusta saber dónde me meto. Eso incluye a las personas y la geografía.

Newman no replicó, pero torció a la izquierda y no tardaron en llegar a la gasolinera Exxon, bien iluminada y provista de un baño en la tienda. A pesar de lo solitario de la zona, la autopista tenía que estar en las inmediaciones ya que había bastantes vehículos con remolque en el aparcamiento. Era obvio que la mayoría de los clientes de la gasolinera eran camioneros. Hombres con botas y sombreros de vaquero, tejanos y cazadoras Wrangler, con logotipos de las distintas piezas de recambio para el transporte por carretera estampados en las prendas. Algunos llenaban pacientemente los depósitos de los camiones y otros sorbían café caliente mientras el vapor del calor ascendía ante sus rostros cansados y curtidos. Nadie se fijó en el turismo cuando se detuvo junto al baño, situado en el extremo del edificio.

Faith cerró la puerta tras de sí, bajó la tapa del inodoro y se sentó. No necesitaba utilizar el servicio, sino tiempo para pensar y dominar el pánico que empezaba a apoderarse de ella. Echó una ojeada en torno a sí y leyó distraídamente los garabatos escritos en la pintura amarilla desconchada; algunos de los mensajes más obscenos casi le causaron rubor. Otros eran tan groseros que resultaban agudos e incluso destornillantes. Con seguridad superaban a los que los hombres habrían escrito en sus servicios, aunque la mayoría de ellos jamás admitiría tal posibilidad. Los hombres siempre subestimaban a las mujeres.

Faith se incorporó, se mojó la cara con el agua fría del grifo y se secó con una toalla de papel. Entonces las rodillas le cedieron y las juntó al tiempo que se aferraba con fuerza a la porcelana manchada del lavabo. Había tenido pesadillas en las que le ocurría eso en la boda: juntaba las rodillas y luego se desmayaba. Ahora ya tendría una cosa menos de que preocuparse. Nunca había disfrutado de una relación duradera, a menos que contara a un joven del instituto cuyo nombre no recordaba pero cuyos ojos azul celeste jamás olvidaría.

Da

Faith quería una vida estable, pero no le apetecía depender de nadie. Buchanan le había dado la oportunidad y los medios para hacer realidad su sueño, y mucho más. No sólo poseía el don de la clarividencia sino que, además, contaba con los medios para poner en práctica sus ideas radicales. Faith jamás lo traicionaría; lo admiraba sobremanera por cuanto había hecho y lo que aún intentaba hacer, costase lo que costase. Buchanan representaba el apoyo que Faith había necesitado en ese momento de su vida. Sin embargo, durante el último año su relación había cambiado: Buchanan vivía cada vez más recluido y había dejado de hablar con ella. Se había vuelto irritable y se enfadaba sin motivo. Cuando Faith lo presionaba para que le dijese qué le ocurría, Da

Para colmo, Da

Le dijo sin ambages que si quería dejar el trabajo, era libre de irse v que quizá había llegado el momento de que lo hiciera. ¡Dejar su trabajo! Le había producido el mismo efecto que un padre al pedir a su hija precoz que se largara de casa.

¿Por qué quería apartarla de sí? Entonces cayó en la cuenta. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Iban a por Da

Sin embargo, aunque él no confiara en ella, Faith planearía un destino distinto para cada uno. Tras una larga deliberación, acudió al FBI. Sabia que era posible que el FBI fuera el que hubiera descubierto el secreto de Da

Se observó en el espejo rajado del baño. Parecía que los huesos de la cara estuviesen a punto de romper la piel, y tenía la cuenca de los ojos cada vez más hundida. Estaba demacrada. Su gran idea, la que los salvaría a ambos, la había precipitado a un abismo de dimensiones vertiginosas y demenciales. Su caprichoso padre habría hecho las maletas y habría huido. ¿Qué se suponía que debía hacer su hija?