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Don Terciopelo siguió acercándose. No manifestaba ningún apuro, ningún interés especial por ella. Su distraída mirada, malva y dorada a un tiempo, sobrevolaba las apretadas hileras de bombones. ¿Por qué no la reconocía? ¿Interpretaba un papel? Una idea absurda se apoderó de su mente: ¿y si era un amigo de Laurent, un cómplice encargado de espiarla, de ponerla a prueba? Pero ¿para qué?

Ante el silencio de A

– Creo que me llevaré lo de costumbre.

– Le sirvo enseguida.

A

– Doscientos gramos. Diez euros cincuenta, señor.

A

El hombre volvió a sonreír y posó en ella sus soñadores iris. Pagó y desapareció tras murmurar un «adiós» apenas audible.

A

El carillón volvió a sonar.

– ¡Hola!

Clothilde cruzó la sala chorreando agua y cargada de enormes paquetes y desapareció en la trastienda dejando tras de sí una estela de frescor.

– ¿Qué te pasa? -le preguntó reapareciendo momentos después-. Cualquiera diría que has visto un fantasma…-A

A

– Necesito tomar el aire.

16

Fuera arreciaba el chaparrón. A

Subió la rue du Faubourg-Saint-Honoré, torció a la izquierda en la avenue Hoche y continuó hasta el parque Monceau. Avanzó a lo largo de la verja negra y dorada de los jardines y tomó la rue Murillo.

El tráfico era intenso. Los coches zumbaban chorros y relámpagos. Los motoristas encapuchados evolucionaban como pequeños Zorros de caucho. Los peatones luchaban contra el temporal, moldeados, torneados por el viento que agitaba sus prendas como sábanas húmedas sobre esculturas inacabadas.

Todo danzaba en los oscuros, los negros, en brillos de aceite oscuro, infectados de plata y luz mortecina.

A

Fue entonces cuando lo vio.

En la acera opuesta, un escaparate exhibía un retrato colorista A

Buscó el nombre del pintor. Francis Bacon. Un autorretrato de 1956. El primer piso de aquella galería albergaba una exposición del artista. A

Las salas, pintadas de blanco, estaban separadas por cortinas rojas que daban a la exposición un carácter solemne, casi religioso. Un público numeroso desfilaba ante las pinturas. Sin embargo, el silencio era total. Una especie de gélido respeto, impuesto por las mismas obras, flotaba en el ambiente.

En la primera sala, A

A

En la siguiente sala, hombres desnudos, encogidos sobre sí mismos, permanecían atrapados en charcos de color o jaulas primitivas. Sus cuerpos ovillados y deformes recordaban a animales salvajes. O criaturas zoomórficas, a medio camino entre varias especies. Sus rostros no eran más que rosetones escarlata, hocicos sangrantes, jetas desfiguradas… Detrás de aquellos monstruos, las manchas de pintura recordaban los azulejos de una carnicería, de un matadero. Un lugar de sacrificio en el que los cuerpos quedaban reducidos a carcasas, masas descarnadas, carroñas en carne viva. En todos los casos, los trazos eran temblorosos, agitados, como imágenes de un documental filmadas cámara al hombro, desenfocadas por la urgencia…

A

La esperaban en la tercera sala.

Una docena de telas de dimensiones más modestas, protegidas por cordones de terciopelo rojo. Retratos violentos, desgarrados, golpeados; un caos de labios, narices y huesos, en el que los ojos buscaban desesperadamente su camino.

Los cuadros estaban agrupados en trípticos. El primero, titulado Tres estudios de la cabeza humana , databa de 1953. Rostros azules, lívidos, cadavéricos, que mostraban las huellas de las primeras heridas. El segundo tríptico parecía la continuación natural del primero y daba un paso adelante en la progresión de la violencia. Estudio para tres cabezas , 1962. Rostros blancos que se hurtaban a la mirada para ofrecerse con más fuerza y exhibir sus cicatrices bajo el maquillaje de payaso. Oscuramente, aquellas heridas parecían querer hacer reír, como los niños a los que se desfiguraba en la Edad Media para convertirlos en espantajos, en bufones de por vida.

A

A

De pronto, se dejó llevar por el pánico, dio media vuelta y apretó el paso hacia la salida. Iba a abandonar el vestíbulo de la galería cuando vio el catálogo de la muestra, expuesto sobre un mostrador blanco. Se detuvo en seco.

Tenía que verlo, tenía que ver su rostro.

A

A

Pero un detalle en particular captó la atención de A

El artista tenía un arco ciliar más alto que otro. Un ojo de rapaz, fijo, asombrado, como clavado en un punto fijo. A

Aquella simple constatación tuvo el efecto de una revelación.

Si las deformidades de los cuadros de Bacon tenían una fuente real, ¿por qué no iban a tener un fundamento de verdad sus propias alucinaciones? ¿Por qué no iban a tener origen en un signo, en un detalle existente en la realidad, sus delirios?

Una nueva sospecha la paralizó. ¿Y si, en el fondo de su locura, tenía razón, ¿Y si tanto Laurent como don Terciopelo habían cambiado realmente de rostro?

A

Los dos hombres eran cómplices. Habían cometido un acto atroz juntos y, por ese motivo, habían cambiado de fisonomía. Por eso sentía malestar ante sus rostros.

Con un estremecimiento, A

Era su cerebro contra los demás.

Contra todos los demás.

A

Un amasijo de cicatrices que intentaba sonreírle.