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– No. Los perdí muy pronto. Un accidente de coche. Crecí en un internado, cerca de Burdeos, bajo la tutela de un tío. Ya no lo veo. Nunca lo vi mucho.
– Entonces, ¿de qué se acuerda?
– De los paisajes. Las grandes playas de las Landas. Los bosques de pinos. Esas imágenes se conservan intactas en mi mente. Incluso ganan presencia, en este momento. Esos paisajes me parecen más reales que todo lo demás.
Mathilde volvió a escribir. A
– ¿Qué tal duerme? ¿Padece insomnio?
– Todo lo contrario. Me paso la vida durmiendo.
– Cuando hace un esfuerzo de memoria, ¿siente somnolencia
– Sí. Una especie de modorra.
– Hábleme de sus sueños.
– Desde el comienzo de la enfermedad, tengo un sueño… extraño
– La escucho.
A
La psiquiatra soltó un silbido admirativo. A
– Ha consultado a alguien más, ¿verdad? -A
– ¿Qué… qué le hace pensar tal cosa?
– Sus síntomas son más bien clínicos. Esos lapsus, esas distorsiones, hacen pensar en una enfermedad neurodegenerativa. En casos así, el paciente prefiere consultar a un neurólogo. Un médico que identifique claramente la enfermedad y la trate con medicamentos.
– Se llama Ackerma
– ¿Eric Ackerma
– ¿Lo conoce?
– Fuimos juntos a la facultad.
– ¿Qué opina de él? -preguntó A
– Es un hombre muy brillante. ¿Cuál ha sido su diagnóstico?
– No ha hecho más que someterme a pruebas. Escáneres, radiografías, una resonancia magnética…
– ¿No ha utilizado el Petscan?
– Sí. Me hizo las pruebas el sábado pasado. En un hospital lleno de soldados.
– ¿El Val-de-Grâce?
– No, el Instituto Henri-Becquerel, en Orsay.
Mathilde apuntó el nombre en una esquina del bloc.
– ¿Cuáles fueron los resultados?
– No quedó nada muy claro. Según Ackerma
– La zona donde reconocemos los rostros.
– Exacto. Ackerma
– Según él,;cuál sería la causa de esa lesión?
– No lo sabe con certeza -respondió A
La psiquiatra dejó la pluma sobre el bloc y cruzó los brazos. A
– ¿Le habló de sus otros trastornos? ¿De los recuerdos que se borran? ¿De los rostros que se mezclan?
– No.
– ¿Por qué desconfía de él? -Ante el silencio de Arma, la psiquiatra insistió-: ¿Por qué ha venido a mi consulta? ¿Por qué me confía todo esto, a mí?
A
– Me niego a que me hagan esa biopsia. Quieren meterse en mi cerebro.
– ¿A quién se refiere?
– A mi marido y a Ackerma
– Tranquilícese.
A
– ¿Puedo…? ¿Puedo… fumar?
La psiquiatra asintió. A
Un recuerdo de infancia la asaltó inopinadamente. Las largas excursiones por las Landas, con la clase; el camino de vuelta al internado, con los brazos cargados de amapolas. Fue entonces cuando les explicaron que había que quemar los tallos de las flores para que conservaran el color…
La sonrisa de Mathilde Wilcrau le recordaba aquella misteriosa alianza entre el fuego y el colorido de los pétalos. En el interior de aquella mujer ardía alguna cosa que alimentaba el rojo de sus labios.
La psiquiatra hizo una nueva pausa; luego, en tono calmado, le preguntó:
– ¿Le explicó Ackerma
A
– ¿Quiere decir…? ¿Mis trastornos podrían deberse a un trauma… psíquico?
– Es una posibilidad. Una intensa emoción podría haber desencadenado un rechazo.
A
– Pero, si hubiera sufrido ese shock -dijo entre dos caladas-, lo recordaría, ¿no?
– No necesariamente. La mayoría de las veces, la amnesia borra su propia fuente. El hecho que la desencadenó.
– Y ese trauma, ¿estaría relacionado con los rostros?
– Es probable, sí. Con los rostros y con su marido.
A
– ¿Cómo que con mi marido?
– A juzgar por los síntomas que me ha descrito, son sus dos puntos de bloqueo.
– ¿Laurent podría estar en el origen de mi trauma emocional?
– Yo no he dicho eso. Pero, en mi opinión, todo está relacionado. De existir, el shock que sufrió provocó una amalgama entre su amnesia y su marido. Es todo lo que puede decirse por el momento. -Mutismo de A
– ¿Ganar tiempo?
– Antes de la biopsia.
– ¿Acepta… ocuparse de mí?
Mathilde volvió a coger la estilográfica y la apuntó hacia A
– ¿Puede ganar tiempo antes de esas pruebas, sí o no?
– Creo que sí. Unas semanas. Pero si los trastornos…
– ¿Está de acuerdo en sumergirse en su memoria mediante la palabra?
– Sí.
– ¿Está de acuerdo en venir aquí de forma intensiva?
– Sí.
– ¿En someterse a técnicas de sugestión como la hipnosis, por ejemplo?
– Sí.
– ¿A que le inyecte sedantes?
– Sí, sí, sí.
Mathilde soltó la estilográfica. La estrella blanca de la Mont-Blanc titiló.
– Descifraremos su memoria, confíe en mí.
15
Un arco iris en el corazón.
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan feliz. La simple posibilidad de que la causa de sus síntomas fuera un trauma psicológico y no una lesión física le había devuelto la esperanza; en todo caso, le hacía suponer que su cerebro no estaba dañado ni sufría una necrosis que devoraba sus células nerviosas.
En el taxi de vuelta, A
Cuando llegó a la rue du Faubourg-Saint-Honoré, cerca de la una, todo le pareció más vivo, más nítido. Saboreó hasta el último detalle de su barrio. Eran auténticos islotes archipiélagos de especialidades alineados a lo largo de la calle.
En la esquina con la avenue Hoche, la reina era la música: a las bailarinas de la Sala Pleyel respondía el laqueado de los Pianos Hamn, situados justo enfrente. Luego surgía Rusia, entre las calles del Neva y Daru, con sus restaurantes de estilo moscovita y su iglesia ortodoxa. Y, por último, aparecía el universo de las exquisiteces: los tés de Mariage Fréres y los dulces de la Casa del Chocolate, dos fachadas de oscura caoba, dos lunas resplandecientes, que parecían cuadros de un museo de los sabores.
A
En lo alto del taburete, Clothilde se volvió hacia ella.
– ¿Ya estás aquí? ¿Me das una hora? Tengo que ir al Monoprix.
Era lo justo. No había aparecido en toda la mañana; lo menos que podía hacer era montar guardia durante el almuerzo. El relevo se hizo sin palabras, pero con una sonrisa. Armada de un trapo, A
Al cabo de unos instantes, su entusiasmo desapareció de golpe dejándole un agujero negro en la boca del estómago. Le bastaron unos segundos para calibrar la inconsistencia de su alegría. ¿Había sido positivo su encuentro de esa mañana? Lesión o trauma psicológico, ¿qué cambiaba en su estado, en sus angustias? ¿Qué milagros podía hacer Mathilde Wilcrau para curarla? ¿Y en qué la volvería menos loca todo eso?
Detrás del mostrador principal, A
Ciertas frases de la psiquiatra no dejaban de darle vueltas en la cabeza, y sobre todo esta respuesta: «Los rostros y también su marido». ¿Qué relación podía tener Laurent con todo aquello?
– Buenas tardes.
La voz coincidió con el carillón de la puerta. A
El hombre de la chaqueta gastada avanzó hacia ella con su habitual parsimonia. En ese momento, A