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A
La escena se repetía. La había vivido esa misma mañana, cuando buscaba un psiquiatra en la guía de la cafetería del boulevard Saint Germain. Puede que fuera un ritual, un acto que debía repetir, como se superan círculos de iniciación, pruebas sucesivas, para acceder a la verdad…
A
El teléfono sonó seis veces antes de que contestara una voz de hombre.
– ¿Doctor Laferriére? -preguntó A
– Sí, soy yo.
Estaba de suerte. Ni siquiera había tenido que franquear la barrera de una centralita.
– Llamaba para pedir cita.
– Hoy estoy sin secretaria. Espere… -A
Era una voz extraña, opaca, sin timbre.
– Ahora mismo. Es urgente.
– ¿Urgente?
– Ya le explicaré. Recíbame, por favor.
Se produjo una pausa, unos segundos de ponderación que parecían cargados de desconfianza. Luego, la voz en sordina preguntó:
– ¿Cuánto tardaría en llegar aquí?
– Una media hora.
A
– La espero.
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– No lo acabo de entender. ¿Qué desea operarse, exactamente?
Didier Laferriére era un hombrecillo de facciones neutras y crespos cabellos grises que cuadraban perfectamente con la atonía de su voz. Un personaje discreto, de gestos furtivos, inapreciables. Hablaba como a través de una pared de papel de arroz. A
– Todavía no estoy decidida -respondió-. Antes me gustaría informarme sobre las operaciones que permiten modificar un rostro.
– Modificar, ¿hasta qué punto?
– Profundamente.
El cirujano adoptó el tono del experto:
– Para realizar mejoras importantes, es necesario alterar la estructura ósea -dijo el cirujano adoptando el tono del experto-. Hay dos técnicas fundamentales. Las operaciones de moldeado, cuyo objetivo es atenuar los rasgos prominentes, y los injertos óseos, que por el contrario realzan determinadas zonas.
– ¿Cómo procede usted, exactamente?
El hombre respiró hondo y se concedió unos segundos de reflexión. Las ventanas estaban cubiertas con estores y el despacho, sumido en la penumbra, que atenuaba las aristas del mobiliario de estilo asiático. Reinaba un ambiente de confesionario.
– Con el moldeado -empezó a explicar el cirujano- reducimos los relieves óseos actuando bajo la piel. Con los injertos, primero retiramos fragmentos de hueso, casi siempre del parietal, en la parte superior del cráneo, y a continuación los integramos en las zonas por modificar. A veces, también utilizamos prótesis. -El hombre separó las manos y suavizó la voz-: Todo es posible. Lo que importa es su satisfacción.
– Esas intervenciones deben de dejar seriales, ¿no?
– En absoluto -respondió Laferriére con una breve sonrisa-. Trabajamos mediante endoscopia. Introducimos tubos ópticos y microinstrumentos bajo los tejidos. A continuación, operamos Utilizando un monitor. Las incisiones son insignificantes.
– ¿Podría ver fotografías?
– Por supuesto. Pero empecemos por el principio, ¿le parece? Me gustaría que decidiéramos juntos el tipo de operación que le interesa.
A
– ¿Y la nariz? ¿Cuáles son las posibilidades en el caso de la nariz?
El cirujano frunció el ceño con escepticismo. A
– ¿Es una de las zonas que desea modificar?
– No desecho ninguna posibilidad. ¿Qué podría usted hacer en esa zona?
– En este terreno, hemos avanzado mucho. Podernos esculpir la nariz de sus sueños, literalmente. Si lo desea, dibujaremos juntos su línea. Tengo un programa informático que permite…
– Pero ¿en qué consiste la intervención?
El cirujano se agitó en la chaqueta blanca que le hacía las veces de bata.
– Tras ablandar toda esta zona…
– ¿Cómo? Rompiendo los cartílagos, ¿verdad?
La sonrisa seguía allí, pero los ojos se volvían más inquisitivos por momentos. Laferriére trataba de descubrir las intenciones de A
– Ciertamente, debemos pasar por una etapa bastante… radical. Pero todo el proceso se desarrolla bajo anestesia.
– ¿Qué hacen ustedes a continuación?
– Colocamos los huesos y los cartílagos en función de la línea elegida. Y, una vez más, podemos ofrecerle una solución a su medida.
A
– Una operación así tiene que dejar señales…
– Ninguna. Los instrumentos se introducen por las fosas nasales. No tocamos la piel.
– Y para los liftings , ¿qué técnica emplean? -preguntó A
– También la endoscopia. Estiramos la piel y los músculos mediante unas pinzas diminutas.
– Entonces, ¿tampoco quedan marcas?
– Ni la más mínima. Pasamos por el lóbulo superior de la oreja. Es absolutamente invisible. -Laferriére agitó una mano-. Olvídese de las cicatrices: pertenecen al pasado.
– ¿Y las liposucciones?
Didier Laferriére frunció el ceño.
– Creía que hablábamos de la cara…
– También se hacen liposucciones del cuello, ¿no es cierto?
– Desde luego. Es una de las operaciones de estética más sencillas.
– ¿Deja cicatrices?
Era la gota que había hecho rebosar el vaso. El cirujano adoptó un tono hostil:
– No acabo de entenderlo. ¿Qué es lo que le interesa, las mejoras o las cicatrices?
A
– Perdone -murmuró haciendo un esfuerzo para encadenarlas frases-. Es que soy muy miedosa y me… me gustaría… en fin, antes de decidirme, me gustaría ver algunas fotografías de las intervenciones.
Laferriére dulcificó el tono: un poco de miel en el té de la penumbra.
– Es imposible. Son imágenes impresionantes. Solo debemos preocuparnos de los resultados, ¿no le parece? El resto es cosa mía.
A
– No permitiré que me opere si no veo con mis propios ojos lo que va a hacerme.
El médico se levantó con expresión pesarosa.
– Lo siento. No creo que esté psicológicamente preparada para una intervención de este tipo.
A
– ¿Es que tiene algo que esconder?
Laferriére se quedó paralizado.
– ¿Perdone?
– Le pregunto por las cicatrices. Me responde que no existen. Le pido que me enseñe fotografías de las operaciones. Usted se niega. ¿Tiene algo que esconder?
El cirujano se inclinó hacia delante y apoyó los dos puños en el escritorio.
– Realizo más de veinte operaciones al día, señora. Enseño cirugía plástica en el hospital de la Salpétriére. Conozco mi trabajo. Un trabajo que consiste en hacer felices a las personas mejorándoles el rostro. No en traumatizarlas hablándoles de costurones o mostrándoles fotografías de huesos machacados. No sé qué ha venido a buscar aquí, pero se ha equivocado de sitio.
– Es usted un impostor -le espetó A
Laferriére se irguió y soltó una carcajada de incredulidad.
– ¿Qu… qué?.
– Se niega a mostrar su trabajo. Miente sobre sus resultados. Quiere hacerse pasar por un mago, pero no es más que otro charlatán. Como los cientos que hay en su profesión.
La palabra «charlatán» provocó la reacción deseada. El rostro del cirujano palideció hasta el punto de brillar en la penumbra. Laferriére giró sobre los talones y abrió un armario de láminas flexibles. Sacó un fichero y lo dejó sobre el escritorio con brusquedad.
– ¿Esto es lo que quería ver? -preguntó abriéndolo sobre la primera fotografía: un rostro vuelto como un guante, con la piel desgajada y sujeta mediante pinzas hemostáticas-. ¿O esto? -Laferriére le mostró la segunda imagen: unos labios vueltos hacia atrás, un escalpelo clavado en una encía ensangrentada-. ¿O quizá esto? -Tercera muestra: un martillo empujando un buril al interior de una fosa nasal.
A
En la siguiente foto, un bisturí cortaba un párpado sobre un ojo desorbitado.
Alzó la vista. El cirujano había caído en la trampa; ahora no había más que continuar.
– Es imposible que unas operaciones como esas no dejen huella.
Laferriére soltó un suspiro. Se volvió hacia el armario, cogió otro fichero y lo dejó sobre el escritorio.
– Un moldeado de frente -murmuró con voz cansada comentando la primera imagen-. Por endoscopia. Cuatro meses después de la operación. -A