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Capítulo 2:
"Las chicas siempre quieren más que solo sexo"
Artemis
—Vamos, sonríe un poco —Cristina ruega, dándome una de sus miradas de reproche.
No le respondo, mis ojos en el camino frente a mí, manejando a través de esta carretera que conozco tan bien. Volver a casa no me emociona en lo absoluto, ese lugar está lleno de muchos recuerdos amargos que preferiría olvidar. Cristina, por otro lado, esta radiante de la alegría, ella ha querido conocer a mi familia desde hace mucho tiempo, nunca entenderé su necesidad de aprobación familiar. Tal vez esa sea su manera de asegurarse de que estoy tomando nuestra relación en serio luego de salir por un año.
—¿Por qué estas tan serio? —su pregunta se queda en el aire, no tengo ánimos para explicarle nada y ella al parecer lo nota—. Odio cuando te pones en modo silencio extremo, es irritante.
Luego de eso, me deja en paz, repasando su maquillaje. Debo admitir que se ve hermosa con su vestido de rojo que se ajusta a sus curvas perfectamente, su cabello rojo está suelto, con ondas en las puntas. Estoy seguro que mi madre la adorará, tiene clase y viene de una familia de prestigio, eso es todo lo que mi madre siempre ha querido para mí.
Mi celular vibra en mi bolsillo y me pongo el bluetooth en el oído, encendiéndolo para contestar.
—Dime.
—Señor —la voz de David, mi mano derecha resuena al otro lado de la línea—, lamento molestarlo hoy, sé que…
—Al grano, David.
—Si, señor —hay una pausa—. Tenemos un problema, el departamento de maquinarias reportó un accidente con uno de los bulldozers.
—Esto tiene que ser bueno —murmuro, apretando el volante del auto—. ¿Qué pasó?
—En el trabajo del nuevo canal, al parecer, hubo un declive durante el trabajo y el bulldozer cayó en el canal, las grúas ya lo sacaron, pero no está funcionando.
—Mierda —Cristina me da una mirada preocupada—. ¿El operador de la maquina está bien?
—Si, señor —eso me alivia—. ¿A dónde quiere que mandemos la maquina? ¿A sus fabricantes o a nuestro taller?
—A nuestro taller, confío en nuestros mecánicos, mantenme informado —le cuelgo después de escuchar su afirmación.
Puedo sentir los ojos de Cristina sobre mí.
—¿Todo está bien?
—Si, problema de maquinarias —estaciono el auto, y me quito el cinturón de seguridad.
—No puedo negar que estoy nerviosa —ella admite, soltando una risa nerviosa.
Me bajo del auto y le paso por el frente para abrirle la puerta a Cristina. Ella sale, tomando mi mano y nos dirigimos a la puerta principal.
Mi casa...
Aunque no he vivido aquí, solo visitado en los pasados cinco años, la sensación de familiaridad me invade y a mi mente llegan un par de ojos negros que me molestan cada vez que los recuerdo.
—No se escucha nada, dijiste que habría una fiesta —Cristina murmura, acercando su oído a la puerta.
—La hay, pero mi madre espera que sea sorpresa —tomo el pomo de la puerta—. Actúa sorprendida.
* * * Claudia
La vida puede tener momentos que se sienten como si pasaran en cámara lenta, aunque estén pasando en tiempo normal, especialmente, si están cargados de emociones. La puerta se abre, se encienden las luces y los aplausos hacen eco por la gran sala de la casa.
Me molesta notar como mi corazón se acelera cuando lo veo: Artemis. No puedo evitar notar lo mucho que ha cambiado, ya no es el chico de ojos brillosos de 17 años que tomó mi mano aquel cuatro de Julio. Es un hombre, hecho y derecho, lleva puesto un traje que lo hace lucir mayor de lo que en realidad es. Sus padres lo saludan, y le siguen un montón de personas, ha cambiado demasiado, ya no sonríe tan seguido y su mirada esta apagada y fría.
No puedo negar que se ha vuelto aún más apuesto, sus facciones han madurado, y una ligera barba decora su rostro. Mis ojos por fin se dignan a dejar de mirarlo y es cuando noto a la pelirroja a su lado. Es una mujer muy hermosa de curvas y un sorprendente escote, ella toma un mechón de su cabello rojo y lo pone detrás de su oído, sonriéndole a la mamá de Artemis. Por la forma en la que se mantiene pegada a Artemis, debe ser alguien muy cercana a él.
¿Y a ti que más te da, Claudia?
Meneo la cabeza y estoy a punto de girarme cuando pasa: Nuestras miradas se cruzan.
Esos ojos cafés que siempre me han parecido bonitos se encuentran con los míos y dejo de respirar, el aire cambia a mi alrededor y una tensión es palpable entre nosotros, como si un hilo de sensaciones nos conectara entre este montón de gente.
No soy lo suficientemente valiente para sostener su mirada así que la aparto, dándome la vuelta.
Me encuentro a Gin de frente.
—Es aún más apuesto en persona.
No le digo nada, pasándole, por un lado. Jon me recibe en el minibar con una gran sonrisa.
—¿Por qué siempre tan seria? Sonreír no es un delito.
Le paso la bandeja vacía de copas de champagne para que las llene.
—No tengo motivos para sonreír.
Jon me pasa otras copas llenas.
—No siempre tienes que tener un motivo. Además —se inclina sobre la barra—, te ves muy bonita cuando sonríes.
Levanto una ceja.
—Ya te he dicho que tus intentos de coqueteo no funcionan conmigo.
Gin aparece a mi lado.
—Por supuesto que no funcionan, a Clau le gustan más los chicos con barba.
Jon hace puchero.
—Puedo dejarme crecer la barba por ti.
Estoy a punto de hablar cuando un par de brazos fuertes se envuelven a mi alrededor desde atrás, el olor a una colonia que conozco llega a mi nariz, Ares me aprieta con fuerza.
—Me salvaste, gracias.
Me libero, girándome hacia él.
—Es la última vez.
—Lo prometo —él sonríe ampliamente
—Eso dijiste la última vez.
—¿Te lo super-prometo? —usa esos ojos de corderillo que seguramente le han conseguido muchas chicas.
Ni siquiera le respondo y le golpeo la frente con mi dedo. Ares se ríe y por encima de su hombro puedo ver a Artemis y a su pegajosa pelirroja acercarse a nosotros, seguramente buscando saludar a Ares.
Esa es mi señal para huir.
—Iré por más bocadillos —murmuro, dejando a Gin con la protesta en la boca porque ambas sabemos que aún hay suficientes.
La cocina es mi lugar seguro.
Es donde crecí, dibujando garabatos sobre el mesón mientras mamá cocinaba y arreglaba. Es el lugar menos visitado por los Hidalgo de esta casa: Mi territorio. Y aunque suena un poco machista, pero crecí en este pequeño espacio, no planeé que se volviera mi lugar seguro, solo pasó.
Acomodo lo que ya está listo, actuando como si estuviera haciendo algo en caso de que alguien entrara, solo estoy perdiendo tiempo y si la señora Hidalgo se da cuenta tal vez me dé un regaño, ni siquiera sé porque estoy huyendo de Artemis ahora.
En mi mente esta noche se había desarrollado de manera diferente, jamás habría pensado que estaría aquí en la cocina escondiéndome de Artemis como una cobarde, ¿Qué me pasa?
Solo estas impresionada por lo maduro que se ve, es todo.
Nunca has dejado que nadie te intimide, no dejes que él sea el primero.
—¿Todo bien? —la voz de Apolo, el menor de los Hidalgo me hace saltar en sorpresa.
Me volteo hacía a él.
—Si, todo bien.
Apolo es la versión inocente de sus hermanos, con esos grandes ojos cafés y sonrisa infantil, sin embargo, es muy lindo y me atrevo a decir que con el tiempo llegará a ser incluso aún más atractivo que sus hermanos y con mejor personalidad por supuesto.