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Ruark apoyó la oreja en la puerta y oyó que las pisadas de Harripen se alejaban por él pasillo, mientras Sha

Momentos después llamaron suavemente. Cautelosamente, Ruark abrió y encontró a Gaitlier acurrucado afuera. El hombrecillo se irguió y miró a Ruark por encima del borde de sus gafas.

– ¿Puedo entrar un momento señor? -dijo casi en un susurro.

Ruark abrió completamente la puerta y le indicó al sirviente que entrara. Gaitlier fue hasta la mesa y levantó del suelo el trozo de gallina. En un gesto nervioso que Ruark había notado antes, empezó a frotarse un pie con el otro, aparentemente sin saber cómo empezar.

– ¡Bueno, hombre! -dijo Ruark-. Habla.

Sha

– ¡Sé que son marido y mujer!

Lo dijo bruscamente. Sha

– También sé, señor, que en su pasado hay algo a que temer y que usted es, en realidad, siervo de Trahern.

– Señaló una pequeña abertura muy alta en la pared, que ellos no habían notado antes y explicó-: Un agujero para escuchar y del otro lado una habitación de sirviente. -Ante las expresiones de desconcierto de ellos, continuó-: Una forma para que un sirviente sepa antes de entrar si puede o no interrumpir. Una cosa necesaria con el capitán Pellier.

Sha

Gaitlier sorprendió la mirada preocupada de Ruark hacia la puerta y se apresuró a tranquilizarlo.

– Esos tontos nada saben del agujero y nunca adivinarían su existencia. Creo que es una idea del Lejano

Oriente. En todo caso, muy útil. -Suspiró entrecortadamente-. Tengo que proponerle un negocio y espero que sea más honrado que el del capitán Harripen. Yo conozco el camino a través del pantano. -Hizo una pausa a fin de permitir que fuera asimilada la importancia de su declaración-. Me matarían si cualquiera de ellos -señaló con la cabeza hacia la puerta llegara a sospechar que lo sé.

Por un largo momento sólo se oyó el aullido del viento y las gotas de lluvia sobre el tejado. Gaitlier se quitó las gafas y las limpió con su camisa.

– Hay un precio, por supuesto -dijo tímidamente-. Cuando ustedes huyan, yo iré con ustedes y también la muchacha, Dora.

Volvió a ponerse las gafas en la nariz y miró a1os dos fijamente.

– Los ayudaré en todo lo posible -dijo- e iré con ustedes para indicarles la entrada del canal.

Ruark miró fijamente al hombrecillo. Nunca había sospechado el coraje del sirviente y estaba un poco sorprendido. Gaitlier interpretó equivocadamente su expresión ceñuda.

– No podría obligarme a revelar el secreto -advirtió el hombre con suficiente determinación para sonar convincente.

Ruark sonrió, acarició con su palma la culata de su pistola y miró a Gaitlier directamente a los ojos, antes de preguntar:

– ¿Y qué le hace pensar que nosotros planeamos escapar?

– Tendrían que hacerlo si no es así. – La mirada de Gaitlier no vaciló-. La balandra regresó anoche de Los Camellos poco antes de que empezara la tormenta. La Jolly Bitch casi fue sorprendida por una fragata que estaba frente a la costa mientras ponía a los siervos a bordo de un bote. Recibió varios disparos antes de poder ponerse a salvo.

– Un bergantín -rió Ruark.

– ¡El Hampstead! -dijo Sha

– ¡Que mas da! -Gaitlier desechó la corrección con un ademán-.Estos bandidos se han vuelto recelosos de su ingenio y temen la pérdida de varios hombres valiosos. Sólo esperan el momento apropiado para librarse de usted, y la dama sufrirá un destino mucho peor si ellos logran llevar a cabo aunque sea la mitad de sus planes.

Ruark consideró la información y Sha

– Usted tiene razón -dijo-. Debemos buscar nuestras, oportunidades y sacar de ellas el mejor partido posible. -Se volvió para mirar a Sha

Ansiosamente, Gaitlier acercó una silla, se sentó y se inclinó hacia adelante.

– El canal es difícil cuando soplan vientos del oeste -dijo- pero después de una gran tormenta, el viento sopla uno o dos días desde el norte. Ese sería el mejor momento para que una tripulación reducida intente el paso.

– Hay cosas que debemos considerar. -Ruark estaba inquieto pero sus ojos brillaban de entusiasmo-¿Puede regresar después del oscurecer? Debemos aventuramos a salir con la tormenta, pero nadie debe saberlo.

Gaitlier tenía una última pregunta: – ¿También llevarán a Dora, la muchacha?

– Sí -le aseguró Ruark-. Sería inconcebible dejar aquí a una inocente.

– Entonces aquí estaré. A última -hora. O si la tormenta amaina un poco, vendré antes. Diré a Dora que reúna lo que necesitaremos.

– ¡Entonces, de acuerdo!