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Sha

– Ámame, Ruark.

– Te amo, amor mío, te amo -susurró él suavemente, lleno de compasión.

La habitación se iluminó completamente y él vio que Sha

– ¡No, no! -gritó y aferró un brazo de Ruark-. ¡Tómame! ¡Tómame ahora! -Cualquier cosa para arrancarla de este horror que le producía la tormenta.

Sha

La tormenta hubiera podido estar contenida en la habitación y no ellos no le hubiesen prestado atención. Había entre los dos esa tormenta de pasión que cegaba tan efectivamente como el relámpago más brillante y ensordecía como un trueno que hubiera estallado cerca de sus oídos. Cada contacto era fuego, cada palabra una bendición, cada movimiento de su unión una rapsodia de pasión que crecía hasta que parecía que todos los instrumentos del mundo se combinaban para llevar la música de, sus almas a un crescendo continuo.

Momentos más tarde, la voz de Sha

– ¿No te basto yo que tienes que buscar a otras?

– No hubo ninguna otra, Sha

– ¿Y Milly?

Un relámpago iluminó la cara de él.

– Esa pequeña víbora -dijo- preparó una travesura y la usó para irritarte. Nunca hubo nada entre ella y yo. Lo juro.

Sha

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– No me diste oportunidad.

Sha

– ¿Me odias mucho, mi capitán pirata? -preguntó ella.

– Ay -murmuró roncamente-. Te odio cuando te apartas de mí pero ese odio nunca dura más allá de tu primer beso.

Sha

A mediodía Gaitlier les trajo comida pero se apresuró a marcharse después de dejar su bandeja, pues Sha

Ruark cerró la puerta y miró a Sha

– Señora, tiene usted las artimañas de una hechicera -bromeo él-. Ahora dime la verdad. ¿Eres una seductora o una seducida ¿Una violadora o una violada? ¿Una hechicera o, una hechizada?

– Todas esas cosas -dijo Sha

Ruark contempló el cuerpo suave y tentador. Ella era hermosa, más allá de las palabras.

– ¿O quizá prefieres que hoy sea seductora? -dijo ella, atrayéndolo entre sus brazos-. ¿O prefieres una bruja?

En ese momento oyeron unas fuertes pisadas en el pasillo fuerte voz de Harripen.

– ¡Ruark! ¡Ruark! ¡Capitán Ruark!

Ruark soltó un juramento, se estiró sobre la cama y tomó su pistola y su sable. Sha

La puerta se abrió violentamente y golpeó contra la pared. E ese momento, Harripen se encontró frente a un hombre furioso que le apuntaba a la frente con una pistola amartillada. Harripen abrió los brazos.

– ¡Baja eso, muchacho!

– ¡Maldición, hombre! -gruñó Ruark-. ¿Qué te trae aquí en esa forma?

Harripen permaneció cuidadosamente inmóvil mientras Ruark bajaba la pistola y la dejaba, todavía, amartillada, sobre la mesilla de noche.

– He venido desarmado y sólo quería conversar -dijo Harripen

– ¿Desarmado? -Ruark señaló con su sable el borde de la bota de Harripen, donde asomaba el mango de una pequeña daga. El pirata se encogió de hombros y levantó los brazos.

– ¡Márchate ahora mismo, Harripen! -estalló Ruark-. Bajare a su debido tiempo.

El inglés señaló con sus manos.

– Tranquilízate, muchacho. No vengo con malas intenciones. Pensé que ahora estarían comiendo, eso es todo.

Con un encogimiento de hombros que pareció excusar su intromisión, cruzó la habitación hasta la fuente de comida tomó media gallina con sus manos sucias y empezó a comerla.

– Solo quería discutir contigo un asunto importante muchacho.

– No veo que tengamos nada que discutir -replicó secamente Ruark.

Harripen rió y se acercó a la cama, del lado donde estaba Sha

Ruark estaba medio sentado, medio arrodillado, con una rodilla sobre el borde de la cama, directamente frente a Harripen. La hoja del sable completaba el círculo alrededor de ella, con el borde filoso hacia afuera hacia el otro capitán.

Harripen señaló con la gallina y dijo:

– Ajá, veo que ella es ardiente. Muy ardiente y ansiosa por ti. Se diría por la forma en que le arrancó a Carmelita de tu regazo. ¿Cuánto quieres por ella? Difícilmente valga los problemas que te ha causado. -El bucanero se inclinó con ansiedad y sus ojos enrojecidos brillaron malignamente. Ladeó la cabeza y sonrió, con un ojo a, medio cerrar en un guiño inconcluso-. Oyeme, muchacho, te daré otra bolsa por tres noches con ella.

– Puede ser que llegue tu turno replicó Ruark lentamente pero por ahora por lo menos ella es mía.

– Ajá, eso ya lo has dejado claramente establecido -suspiró el pirata-. Sin embargo…

Harripen no pudo resistir el deseo de adelantar una mano grasienta para acariciar la brillante masa de rizos de Sha

Harripen retiró su mano como si hubiera tocado fuego, se levantó rápidamente de la cama y puso una buena distancia entre él y Ruark.

– ¡Infierno y condenación! -gruñó-. Eres muy quisquilloso. Pero no he venido a hablar de ella.

Arrojó hacia la mesa la gallina a medio comer y erró por amplio margen. En el espejo vio la imagen de Ruark y esos ojos de ámbar lo taladraron como los de un halcón receloso. Giró, se llevó las manos a la espalda y por un momento se balanceó sobre los talones, antes de empezar a hablar, casi con delicadeza.

– Mi propio barco es un poco más pequeño que el Good Hound pero hace tiempo que he puesto los ojos en el barco de Robby. Yo n quiero probar el filo de tu espada por ella, pero quizá podamos hacer negocio. Eres nuevo aquí y sabes poco de nuestras costumbres. Yo podría hacer que ganáramos una fortuna con un barco como el Good Hound y no arriesgaría su velamen ni a hombres valiosos ocupándome de fruslerías como la hija de Trahern. Pienso que mi parte del oro y mi propio barco serían un precio justo por el que tienes tú.

Ruark se levantó de la cama y apoyó un hombro contra uno de los sólidos postes. Apoyó en el suelo la punta de su sable, como aceptando la tregua ofrecida por Harripen. Pasó un largo momento antes de que respondiera.

– Esto es un asunto que tendré que pensarlo -dijo-. No tengo dudas sobre mi capacidad, pero mucho de lo que dices es verdad y, aunque tengo mi parte y la de Pellier, todavía necesito riquezas lo pensaré y pronto te daté mi respuesta.

Se adelantó, tomó a Harripen del brazo y lo condujo hasta la puerta.

– Pero hay una cosa que deseo pedirte -agregó Ruark-.Esta puerta es sólida. -Golpeó la madera con el puño de su espada-. Y un puño produce un buen sonido. Sabes -miró fijamente a Harripen-, casi rechacé tu propuesta antes de que tú me la hicieras. Te sugiero que no vuelvas a sobresaltarme.

Harripen asintió casi con ansiedad y se marchó. La puerta se cerró. El pirata se enjugó la frente y soltó el aliento. Ruark casi parecía demasiado gentil, pero sus ojos paralizaban a cualquiera cuando estaba furioso. Harripen se alejó y se consideró afortunado por haber salido ileso.