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CAPITULO DIECINUEVE
La habitación se convirtió en un mundo en sí misma, en un refugio contra el rugiente huracán que agitaba salvajemente los mares y lanzaba sus vientos contra los imprudentes edificios levantados por el insignificante ser humano. La marisma recibía la fuerza de las olas y protegía del agua la humilde duna de arena. La posada, agazapada detrás de la cresta de la colina, con sus sólidas paredes y sus pesadas tejas, protegía a los que estaban en su interior.
La puerta de roble protegía adicionalmente a Ruark y Sha
Pasaron las horas y llegó la oscuridad. Empero, los postigos gemían y vibraban con la violencia de la tormenta. Sha
Sin embargo, se sintió aliviada cuando Gaitlier llamó a la puerta. El hombrecillo empujó con el pie un gran saco, y cuando hubo dejado sobre la mesa la bandeja de la cena y cerrado cuidadosamente la puerta, abrió el saco para mostrar, con orgullo, una escala de cuerdas. Les serviría para escapar. Antes de retirarse, se detuvo junto a la puerta y agitó 1a, cabeza con cierta preocupación.
– Dora ha tenido que ocultarse en la despensa -dijo- para escapar a las atenciones de Harripen y los demás, Carmelita les ha servido comida y bebida y mucho más, pero ellos se cansan de ella y buscan nuevas diversiones.
La noche se puso oscura. El barullo que llegaba de abajo había disminuido y sólo se oían sonidos ocasionales. Pasaban las horas y Ruark se inquietaba. Caminaba por la habitación, revisaba sus pistolas y probaba el filo de su sable.
Se produjo un cambio sutil en la tormenta. El viento ya no aullaba con tanta fuerza y la lluvia había disminuido. No bien Sha
– Nos. desquitaremos de estos individuos -dijo el hombrecillo frotándose las manos con expresión de regocijo-. Dos o tres disparos como venganza ¿eh?
Ruark no se unió a la ansiedad del hombre y arrugó la frente.
– Me temo que tendremos que renunciar a nuestro viaje, por lo menos por esta noche -declaró solemnemente, y el rostro del sirviente, súbitamente adquirió una expresión consternada-. Los piratas parecen inquietos y sospecho que nos preparan una traición. -Se acercó a 1a puerta y escuchó un momento-. Están demasiado silenciosos para mi gusto.
Gaitlier sonrió aliviado y sus ojos brillaron detrás de los pequeños cristales.
– Es solo que todos están borrachos -dijo-. Carmelita se canso de sus juegos y les sirvió solamente fuerte ron negro. Pasarán unas horas antes de que se recuperen.
Ruark observó al hombre un momento. Abrió la puerta y fue hasta la escalera para cerciorarse. El salón estaba en tinieblas, iluminado apenas por unos pocos cabos de vela, aunque alcanzó a distinguir una docena de formas oscuras que parecían dormir en diversas posiciones. Madre estaba echado sobre su barriga, sobre la mesa, cuan largo era, y roncaba con fuerza, con un rugido grave y un silbido agudo.
Satisfecho, Ruark regresó, atrancó la puerta y después puso ella un pesado cofre con guarniciones de hierro. A una seña de Ruark, Gaitlier empezó a asegurar la escala a la balconada de hierro ventana. Ruark se quitó toda la ropa con excepción de los calzones. Después de revisar nuevamente sus pistolas, las dejó amartilladas sobre la mesa, donde estarían a mano por si Sha
Ruark se calzó su sable y los dos frotaron sus cuerpos con hollín de la lámpara. Cuando Sha
Las velas fueron apagadas, excepto una dentro de una linterna sorda que dejaron sobre la mesa. Ruark besó a Sha
Ahora era solamente cuestión de esperar. Ruark había tratado de informarla de sus planes, pero ella, ansiosa por la seguridad de él, no le prestó, mucha atención y sólo recordaba que tenían algo que ver con el depósito de pólvora de los piratas y amontonar ramas menudas en la barranca.
Sin pensado, Sha
Una ráfaga agitó los postigos y la hizo saltar. Grandes gotas de lluvia empezaron a caer nuevamente y el viento a gemir. Otra vez miró el reloj y vio que en la mitad superior quedaba solamente una pequeña cantidad de arena. ¡Ha pasado casi una hora! -pensó-. ¿Les habrá sucedido algo malo?
Se volvió para voltear el reloj pero súbitamente quedó inmóvil] pues por encima del ruido de la lluvia creyó oír un pequeño sonido; prestó atención y otro guijarro golpeó contra los postigos.
Sha
Sha
Cuando Sha
Cuando terminó la conversación, Gaitlier se vistió, murmuró un último buenas noches y se marchó. Ruark atrancó la puerta y Sha
Llegó la mañana. Sha
Ruark se acercó a la cama, completamente vestido con su indumentaria de pirata. Dejó dos armas sobre la mesilla de noche: un pequeño fusil de chispa y una pistola enorme.
– Gaitlier se los quitó a los piratas mientras dormían. Están cargadas, amartilladas y listas para disparar -dijo él cuidadosamente-. Tengo que ir a poner las mechas a fin de que todo esté preparado para esta noche. -Arrugó el frente, preocupado. No le gustaba la idea de dejar a Sha
Durante la tormenta, él y Gaitlier habían preparado un artificio que, esperaban, distraería a los piratas y les permitiría a ellos escapar. Lo único que restaba por hacer era colocar la mecha aceitada y la pólvora debajo de los arbustos en la barranca de la colina que se elevaba sobre el blocao usado como polvorín. Los arbustos y la leña menuda estaban sostenidos por palos delgados. Si la idea resultaba, la pólvora incendiaría todo el conjunto, el cual, ayudado por unos troncos pesados colocados encima, rodaría por la pendiente cuando se encendiera la carga y provocaría una alarma general. Ruark no podía realizar una prueba sino que debía limitarse a confiar en su plan.
– Gaitlier está vigilando la puerta -continuó él-_ y los piratas todavía duermen abajo. Tengo que marcharme por unos momentos debo hacerlo mientras sea posible.
Se inclinó sobre ella y la besó con ardor. Le estrechó tiernamente, la mano y se irguió. Con una mirada por encima de su hombro, salió por la ventana. Miró hacia el muelle. La goleta seguía en la bahía pero el Good Hound estaba mejor ubicado para sus propósitos. Ruark rodeó rápidamente la parte trasera del edificio. En su prisa, no vio a la figura solitaria que se ocultaba en las sombras del portal posterior. Pasó un largo momento. Ruark se alejó y la silueta salió a la luz del sol y se convirtió en un hombre. Los ojos enrojecidos y acuosos parpadearon.