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– No puedo. No me lo pidas.
– Te lo pido.
– No. No puedo. Debo volver a casa, Ruark. Déjame ir. -Sha
– Te has propuesto atormentarme -suspiró él.
Durante un largo momento él la besó apasionadamente en la boca. Después, súbitamente, la soltó y se incorporó de la cama con un rápido despliegue de elásticos músculos. Con los labios todavía palpitándole en demanda de los de él, Sha
Caminaron por la oscuridad hacia la mansión. Los pájaros ya estaban despertándose con las brisas refrescantes del inminente amanecer y probaban sus voces para la obertura, como las notas vacilantes de flautas, oboes y otras maderas de una orquesta. Sha
Manteniéndose en las sombras más densas, rápidamente cruzaron el claro hasta la casa y pronto estuvieron debajo del balcón de Sha
– Ahora será mejor que te vayas -murmuró ella-. Yo daré la vuelta y subiré por la escalera.
Ruark miró hacia la veranda.
– No sería difícil izarte hasta allí, si deseas aventurarte por este camino.
Sha
– Probablemente me rompería el cuello -dijo.
– Confía en mí, amor mío -rió Ruark-. No eres muy grande. Puedo subirte en un momento. -Dobló levemente la rodilla-. Vuélveme la espalda, dame tus manos y pon tu pie aquí, sobre mi muslo. Puedes sentarte sobre mi hombro y estarás a mitad de camino.
Sha
Con cierto atrevimiento, comentó:
– Para ser un siervo, siempre pareces darme una mano en mis momentos de necesidad. Creo que te conservaré cerca por tus servicios.
Ruark le mordió jugando el muslo y provocó una apagada protesta de Sha
– Muchas gracias, señor dragón -dijo en voz baja. Ruark rió por lo bajo y le hizo una profunda reverencia.
– Siempre a su servicio, señora mía -dijo.
Ruark se alejó con ese andar lento y elástico que a ella le hacía pensar en un animal silvestre. Fascinada, Sha
– ¡Señor dragón, por supuesto! -La voz estaba cargada de disgusto.
– ¡Hergus! -exclamó Sha
– Estaba preocupada por usted. Sé que teme a las tormentas y vine a acompañarla hasta que pasara.
Cuando vi que no estaba, aguardé, temerosa de que también viniese su padre. Estaba decidida a meterme en la cama y hacerle creer que era usted, profundamente dormida, como hubiera debido estarlo si tuviera algo de buen sentido.
Sha
– Me voy a la cama -declaró con firmeza-. Quédate o vete. No hay ninguna diferencia. Pero de cualquier modo frena tu lengua. No te escucharé a esta hora de la mañana.
Sha
– Me iré -dijo Hergus, disgustada-. Pero no quedaré contenta hasta que haya terminado completamente esta locura. Qué vergüenza, dormir con un hombre, dejar que él haga 1o que quiera sin votos
Matrimoniales que los unan. Sí, sabía, que las cosas saldrían mal cuando quedó viuda tan poco tiempo después de- casarse, hermosa y de sangre caliente como es… eso puedo verlo claramente. Usted y el señor Ruark, los dos son iguales. Demasiados fuegos para apagar.
Sha
CAPITULO DIEZ
Llegó el domingo. En la isla, una capilla servía a quienes se sentían inclinados a reunirse para rendir culto a Dios. Era costumbre de la familia Trahern asistir a los servicios y en ese aspecto este día no fue diferente. Esta mañana, la excepción era que Ruark estaba allí. Cuando entró en la iglesia rozó a Sha
– Oh, señor Ruark -dijo jovialmente el hacendado y Ruark se volvió y lo miró como si se sintiera sorprendido de encontrarse tan cerca de la familia Trahern. Sha
Ruark devolvió el saludo de Trahern antes que su mirada se posara en Sha
– Vaya, señor Ruark, creo que usted está volviéndose civilizado ¿Vestido adecuadamente y viniendo a la iglesia? Apenas puedo creer lo que ven mis ojos.
El sonrió con picardía.
– No quise disgustar indebidamente al ministro con mis ropas escasas.
– ¿Sí? -repuso Sha
Trahern se apoyó en su bastón y los observó a los dos, preguntándose si la discusión terminaría en más palabras hirientes. No podía entender la irritación de su hija con ese hombre.
– Señora -dijo Ruark, apoyando una mano atezada sobre su corbatín de encaje blanco y en tono levemente burlón-, yo no quise herir a mentes inocentes. -La miró directamente a los ojos…,.-. Tampoco deseo confundir a las mentes sencillas. Pero siempre he respetado a un hombre de sotana y he creído debidamente en las palabras y los votos pronunciados en una iglesia.
Sha
– Siéntese con nosotros, señor Ruark -invitó Trahern, tratando de evitar una escena en público. Sha
– Estoy segura de que el señor Ruark preferiría sentarse con Milly Hawkins -replicó secamente Sha
Ruark miró fugazmente en dirección a la muchacha y Milly sonrió con expresión radiante.
– Muchas gracias, señor -dijo él, dirigiéndose a Trahern e ignorando a Sha
El hacendado los precedió con una risa suave que le hacía temblar la barriga. Ruark caminó a su lado y asintió cuando Trahern hablaba. En el banco de la familia, Sha