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Sha

– Para ser un conductor de carros pareces muy bien pagado. y aquí hay otras- sumas que me intrigan..

– Eso es muy simple -explicó él- En mis horas libres trabajo para otras personas de la isla. En retribución ellos me hacen algún servicio, o me pagan con dinero. En la aldea hay una mujer que lava mi ropa por…

– ¿Una mujer? -interrumpió Sha

– Vaya, Sha

– ¡Claro que no! -estalló ella, pero su rostro se ruborizó intensamente-. Simple curiosidad. ¿Decías…?

– Sólo es una pescadera, Sha

Los ojos azul verdosos se entre cerraron furiosos.

– ¡Eres intolerablemente presumido, Ruark Beauchamp!

– Sshh, amor -la amonestó gentilmente él y sus ojos brillaron intensamente-. Alguien podría oírte.

– ¿Y qué haces para el señor Hawkins? -preguntó Sha

Ruark se tomó tiempo para responder; dejó el sombrero sobre una pila de mercaderías, se quitó la camisa y la puso sobre el sombrero.

– En su mayor parte lo que podría hacer el mismo señor Hawkins si se lo propusiera… reparar los botes y esa clase de cosas.

– Al ritmo que se está acumulando tu dinero, no estarás mucho con nosotros -comentó Sha

– El dinero nunca ha sido problema para mí, Sha

La mirada de Ruark ahora era directa, desafiante, casi insultante, y la recorrió desde los finos tobillos adornados con medias de seda blanca. que asomaban debajo de la falda, pasó por la delgada cintura ceñida por el vestido a listas blancas y rosadas y se detuvo perezosamente en los senos redondeados. El escote del vestido estaba bordeado por un encaje delicado y espumoso que llegaba hasta la garganta. Sin embargo, Sha

– ¿Entonces me consideras tu problema?

– Ocasionalmente, Sha

– Por mi vida no puedo creer que yo sea tu problema, Ruark -dijo Sha

Los labios de él no dejaron escapar una sola palabra pero sus ojos expresaron claramente sus deseos. La atrevida mirada hacía que ella sintiera como si tuviera fuego por dentro. Le encendía las mejillas y le hacía temblar los dedos. El estaba bañado en la luz del sol poniente y quedaba envuelto en un resplandor de profundos colores dorados. Era Apolo fundido en oro y ella no se sintió menos conmovida por la visión de él que por esa lenta y hambrienta mirada.

– Debes haberte criado entre salvajes -dijo ella, a la defensiva-. Pareces enemigo de usar ropas.

Ruark rió suavemente.

– A veces, mi amada Sha

El color de las mejillas de ella se acentuó.

– ¡Has tenido el atrevimiento de espiarme desde abajo de mi balcón!

Sha

Una luz suave entraba por una ventana pequeña y alta abierta en la pared sobre el escritorio Y envolvía el perfil de ella en una aureola que la hacía parecer casi angelical. Los ojos de Ruark tocaron el cabello

que caía en cascadas veteadas de oro sobre la espalda. El solo estar tan cerca de ella le resultaba embriagador. La sangre de Ruark le palpitaba en los oídos y sus pies parecieron moverse por voluntad propia hasta que estuvo inmediatamente detrás de ella.

Sha

Se oyeron pasos apresurados en la tablazón del porche delantero y la silueta de una mujer pequeña pasó frente a la ventana, Ruark se irguió y se apartó rápidamente y cuando Milly Hawkins cruzó la puerta él fingió estar acomodando una pila de sombreros. El escritorio quedaba oculto a la vista detrás de una pila de barriles pequeños y cuando entró por la puerta delantera la muchacha, en su prisa por mirar en el interior de la tienda, no advirtió la presencia de Sha

– Lo vi venir a la aldea, señor Ruark, Y pensé que me ahorraría tener que llevarle la ropa suya que he lavado.

– Yo paso cerca de su casa cuando voy a la mía, Milly podría haberlas recogido entonces. -Sonrió tímidamente cuando por encima del hombro de la muchacha vio que Sha

– Oh, señor Ruark, no es nada. No tenía nada que hacer y pensé que así le ahorraría trabajo a usted.

Milly sacudió coquetamente sus rizos negros Y sus ojos grandes y oscuros tocaron el cuerpo de él en todas partes. Estiró atrevidamente una mano Y la deslizó por las costillas de él.

La mirada de Sha

– ¿Está desocupado esta noche, señor Ruark?

Ruark rió de la indiscreta propuesta de la muchacha.

– Sucede que tengo tareas que me ocuparán la mayor parte de la noche -dijo.

– ¡Oh, ese viejo, Trahern! -gritó Milly, exasperada, y apoyó las manos en las caderas-. i Siempre está dándole trabajo!

– Vamos, Milly -dijo Ruark, a quien no se le escapó el alzarse de las cejas de Sha

En la aldea era bien sabido que Milly era una de las mozas más perezosas. Ella y su padre eran inclinados a mentir durante la mayor parte del día y a quejarse de su pobre estado económico mientras que la señora Hawkins trabajaba duramente como único sostén de su familia. Pero el dinero que ganaba lo malgastaba el padre a quien le gustaba mucho el ron. Ruark sabía que no era la muchacha quien lavaba sus ropas y no era hombre de expresar gratitud donde no era merecida, porque entonces la moza probablemente se presentaría muy pronto en su cabaña con la débil excusa de encargarse de la limpieza.

– Mi madre dice que usted debe ser el hombre más limpio de todo Los Camellos -dijo Milly gravemente-. Ella lo ve cuando todas las noches usted va hacia el arroyo y después regresa y le trae sus ropas sucias. Mi padre dice que no es bueno tanto bañarse, señor Ruark. Vaya, aquí no hay nadie que pierda tanto tiempo lavándose, exceptuando a esa altanera y poderosa perra Trahern y los que viven en la casa grande.

La carcajada de Ruark hizo que la muchacha se volviera abruptamente. Sha

– Ahora soy la señora Beauchamp, Milly -dijo Sha

Milly gimió angustiada y volvió los ojos hacia Ruark, quien estaba un poco más calmado. Sha

– ¿Hay aquí algo más que desees, Milly, además de este buen hombre, el señor Ruark? -preguntó Sha

Ruark, quien estaba disfrutando intensamente del espectáculo, fue hasta el banquillo que había desocupado Sha