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– Buenos días, Sha
¿Hoy te sientes mejor?
Desde el comedor llegó la voz del padre.
– Aquí está ella. Mi hija, Sha
Crujió una silla y en seguida la gran silueta de Trahern llenó el vano de la puerta. El la tomó del brazo y la condujo a la habitación fresca y ventilada donde las blancas persianas dejaban entrar la brisa pero no el
sol y su calor.
– Lo siento, hija, pero yo quería hablar con este hombre -se disculpó el hacendado.
Sha
– Sí, es un siervo. -Su tono era de reproche-. Creo, sin embargo, que no nos rebajaremos si compartimos una mesa con él. Si quiere ser la señora de esta casa, deberás mostrarte amable y graciosa con todos los
que yo traiga como invitados.
– Vamos, Sha
John Ruark se puso de pie y sus ojos de ámbar le sonrieron y la tocaron en todo el cuerpo cuando Trahern se volvió para hablar con Berta. El rubor retornó rápidamente a las mejillas de Sha
En realidad, se lo veía aún más guapo que el día de la boda.
– Un placer, señora -repuso él cálidamente.
Sha
– ¿John Ruark ha dicho? -preguntó-. Conocí a unos Ruark en Inglaterra. Gente muy despreciable, asesinos y matones. Sucios y miserables. ¿Por casualidad usted es pariente de ellos, señor?
La dulzura de su tono no ocultó el desprecio qué ella quiso transmitir. El la miró con una sonrisa divertida pero Trahern carraspeó ruidosamente y dirigió al joven una mirada llena de simpatía.
– Debe perdonarme, señor Ruark -dijo Sha
– Sha
Sha
– Buenos días, Milán -dijo en tono jovial-. Tenemos otro hermoso día ¿verdad?
– Sí, señorita -dijo el criado sonriendo-. Un día hermoso y radiante, como usted, señorita Sha
– Eso me gustaría mucho -dijo ella, sin dejar de sonreír.
Cuando el criado, después de poner frente a ella una taza de té, fue hasta un aparador, Sha
Mientras la conversación de los hombres giraba alrededor de muchos temas, Sha
Sha
– Señor Ruark -interrumpió ella en una pausa, mientras Milán volvía a llenar las tazas- ¿Cuál era su oficio antes de convertirse en siervo? ¿Capataz, quizá? Usted es de las colonias ¿verdad? ¿Qué hacía en Inglaterra?
– Caballos… y otras cosas, señora -dijo él lentamente y con una amplia sonrisa, dedicando a ella toda su, atención-. Trabajé bastante con caballos.
Sha
– Entonces usted debe ser el que curó a mi caballo Attila. -No era sorprendente que el semental no le temiera. El maldito lo había cuidado-. ¿Quiere decir que entrenaba caballos? ¿Para qué, señor? ¿ Y por qué estaba en Inglaterra?
– Sobre todo para silla, señora. -Se alzó de hombros-. Y a algunos les gusta correr carreras con sus caballos. Fui primero a Escocia para seleccionar caballos de raza para cría.
– ¿Entonces su patrón confiaba en usted para conocer una buena línea de sangre con sólo ver el animal? -insistió ella.
– Así es, señora, y sin duda que para eso soy muy capaz. -Las luces de sus ojos refulgieron con destellos dorados cuando él recorrió lentamente con la vista las formas de ella. La insinuación fue muy clara.
La mirada de Trahern seguía fija en Sha
– Yo envié a mi hija allí en una misión muy similar -dijo Orlan Trahern -pero ella regresó viuda, con una cuna vacía. Ni siquiera llegué a conocer al joven yeso me corroe el corazón. Habiendo visto que ella rechazaba a tantos pretendientes, sentía gran ansiedad por conocer al flamante elegido.
Sha
– Poco puedo contarte de él, papá. Pero fue solamente el destino lo que decretó que yo no tuviera hijos de él. Sabe, señor Ruark -Sha
Levantó las cejas muy levemente para acentuar sus últimas palabras y miró directamente los ojos ambarinos, los cuales bajaron momentáneamente como reconocimiento a la respuesta de ella.
– En verdad, señora Beauchamp -dijo Ruark en un tono que indicaba interés y preocupación-, sólo puedo afirmar que un hombre tan excelente habría hecho que su vida fuera mucho más rica. Sin embargo, a menudo compruebo que lo que es atribuido al destino suele tener otros motivos. A veces un capricho o infatuación, un bajo deseo, pueden estropear los planes mejor trazados. Mi propio caso, por ejemplo. Aunque me encontraba en desesperante necesidad, me fue negada mi mejor oportunidad por la misma persona que propuso el pacto.
– Sí, he sufrido mucho por esa persona -continuó en tono meditabundo-. Pero la justicia, aunque a menudo se demora, habitualmente termina por llegar. Tengo deudas que pagar y las que tengo con su padre no son las únicas. Sin embargo, también a mí se me deben cosas que espero cobrarme con grandes expectativas.
Sha
– Señor, encuentro desacertada su referencia a la justicia porque usted, obviamente, es víctima de la misma y se encuentra donde tiene que estar ¡Mi padre puede tener interés en sus consejos pero a mí me resulta odiosa la presencia de un salvaje semidesnudo en mi mesa de desayuno!
Ante este vengativo estallido, el hacendado dejó su taza y miró fijamente a -su hija, razón por la cual no pudo ver la expresión socarrona y maliciosa de Ruark que contradecía el tono de suave disculpa de su voz
cuando dijo:
– Señora, sólo espero que usted cambie de opinión.
Sha
Sólo después que Ruark se marchó, Sha
Trahern se encontraba en su estudio, revisando unas cuentas que había preparado Ralston, cuando Sha
– ¿Crees que lloverá antes de que termine el día, papá? -preguntó, mirando por las ventanas abiertas al brillante cielo azu1.