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CAPITULO SEIS
Sha
Había pasado casi una quincena cuando su padre la invitó a dar un paseo en el carruaje pues él tenía que atender unos asuntos en los cañaverales.
– Llevaremos una cesta con comida -dijo mirándola y casi sonriendo-. Tu madre y yo… nos gustaba merendar en el campo, y a ti también. Solía gustarte mordisquear un trozo de caña de azúcar.
Incómodo con su nostalgia, Orlan Trahern se aclaró ruidosamente la garganta.
– Vamos, muchacha. No dispongo de todo el día y el carruaje está esperando.
Sha
más tratable. ¿O era ella misma? Cuando él empezaba a protestar por una futesa, ella ya no 1o desafiaba ni le discutía sino que lo dejaba desahogarse hasta que pasara su ira; entonces, sonriente y amable,
asentía calmosamente o disentía si era necesario, firmemente pero sin el abierto antagonismo de antes. Y él rezongaba y gruñía un poco si ella se le ponía en contra o sonreía de mala gana si ella le daba la razón.
Sha
– El aire en las colinas era más fresco, la brisa vigorizante. Sha
Trahern se irguió en su asiento y observó con gran atención el curioso artefacto. Aguardó ansiosamente al capataz quien ya se acercaba apresuradamente al carruaje.
– Sí, señor, ese tipo es muy listo -respondió el capataz a la pregunta de Trahern-. Despejamos el campo en muy poco tiempo, sólo cortamos los árboles grandes y al resto los quemamos. El dijo que las cenizas fertilizarían la tierra. Y después, esa cosa que usted ve allí. Antes un hombre tenía que tomar un talego del cobertizo y antes de que pasara una hora volvía por más semillas, a descansar y a beber. Pero ahora eso les da sombra y el carro lleva semillas y agua, de modo que el campo está casi todo sembrado. Despejado y sembrado en una semana. Esto está bien ¿verdad, señor?
– Ajá-asintió Trahern. Largo tiempo quedó observando la siembra.
Sha
Trahern se dirigió al capataz.
– ¿Y dice usted que todo fue idea de ese individuo, John Ruark?
Sha
El mundo empezó a girar otra vez y ella aspiró profundamente y aquietó el temblor de su cuerpo.
Entonces lo miró subrepticiamente. Ruark caminaba lentamente, inspeccionando los resultados. El sudor brillaba en los firmes músculos de su espalda y sus piernas, largas, atezadas, eran rectas y fuertes…Sha
Se inclinó y tironeó de la manga de su padre.
– Papá -imploró-, he estado demasiado en el sol y me duele la cabeza. ¿Podemos regresar ahora?
– En un momento, Sha
Sha
– Lo siento muchísimo, papá, pero casi estoy enferma. Un poco mareada. ¿Podemos irnos, por favor? -insistió, desesperada.
Trahern miró un momento a su hija con preocupación y cedió al pedido de ella.
– Muy bien. Puedo verlo más tarde. Nos iremos.
Habló a Maddock, el cochero negro, y el carruaje dio media vuelta y tomó el camino hacia la mansión. Sha
– ¿Puede ser, Sha
– ¡No! -dijo ella bruscamente-. Quiero decir, creo que no. Es decir que el tiempo fue tan corto… Nosotros apenas… -Cerró la boca de golpe.
– ¿Quieres decir que no lo sabes? -insistió Trahern-. Ha habido tiempo suficiente. Seguramente, tú sabes de estas cosas.
– Creo… no lo creo, papá -repuso Sha
Bajó la vista hacia sus manos fuertemente enlazadas. Trahern miró hacia adelante y no pronunció palabra durante todo el viaje de regreso.
Berta los recibió en la puerta. Su mirada inquisitiva pasó rápidamente sobre los dos y en seguida se fijó en Sha
Tiempo después Berta llamó a la puerta. Anunció la comida de la noche y Sha
– Esto te hará bien para el estómago, Sha
Cuando Sha
Sha
Sha
La mañana no le trajo ninguna respuesta. La almohada era solamente una almohada. Pero el sueño de la noche hizo maravillas. Se levantó y bañó y se puso un vestido de color turquesa pálido. Hergus le ciñó apretadamente la cintura. Con su escote cuadrado, el vestido exhibía las curvas superiores de sus pechos redondeados.
Sha
Orlan Trahern tenía el hábito de levantarse al amanecer, pero ahora, a menos que hubiera alguna tarea urgente, prefería esperar para poder tomar la comida de la mañana en compañía de Sha
Pero esta mañana, cuando descendía las escaleras, Sha