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Levantó su frente atezada, miró las mejillas enrojecidas y la boca trémula de ella. Bajó la mirada y la fijó en el pecho agitado, hasta que Sha

– En la cárcel -dijo- mi mente era torturada por tu belleza y no pude olvidar ni el más pequeño.detalle de ti en mis brazos. Esa imagen quedó grabada en mi memoria como si tú me hubieras marcado a fuego.

La miró un largo momento con un brillo semienloquecido en los ojos que hizo que Sha

– Encontraré la forma de pasar entre las espinas y, arrancar la rosa -prometió.

Su mano subió por la espalda de ella hasta los rizos sedosos y los tocó suavemente. Su sonrisa se amplió

en una mueca disoluta, más propia del Ruark que Sha

– No tengo intención de revelar tu secreto, Sha

– La mente de Sha

– ¡Nada de pactos! -gritó, irguiéndose ante él-. ¡No hay pacto! ¡Tú no has muerto!

– ¡El pacto sigue vigente! -replicó él-. Tienes mi apellido y todo lo que deseabas. Yo no tengo la culpa de que Hicks sea codicioso. Pero quiero mi parte del convenio, toda una noche contigo como mi esposa, a solas, y sin nadie que abra la puerta para arrancarme de tu lado. -La miró fijamente-. Creo que a ti también te gustará.

– No -susurró Sha

Ruark rió despectivamente.

– Si no eres suficiente mujer para saberlo, mi adorada inocente, apenas habíamos comenzado y de ninguna manera se consumó. Una noche entera, no menos, Sha

Era mejor seguirle el juego y no irritarlo, pensó ella, por lo menos hasta que pudiera escapar, y entonces Pitney…

Ruark entrecerró los ojos en gesto de advertencia.

– Aunque tu feminidad es lastimosamente escasa, Sha

La soltó y tomó a Attila de la brida haciéndolo volverse. Se agachó y unió las manos para que ella pisara para montar; Sha

Frente a la gran mansión blanca, Sha

Sha

– ¡Está vivo! -exclamó.

Arrojó sus guantes de montar sobre el pequeño escritorio y fue a su dormitorio. Dejó las botas y el traje de amazona en un descuidado montón sobre la espesa alfombra. Cubierta solamente con la delgada camisa, empezó a caminar nerviosamente de un lado a otro.

– ¡Está vivo! -exclamó-. ¡Está vivo!

Había una terrible, desagradable sensación en la boca de su estómago; sin embargo, cerca de su corazón, que palpitaba con fuerza en su pecho, florecía una curiosa sensación de júbilo, hasta de liberación. Tras el remolino de sus pensamientos, se le ocurrió que se había sentido encadenada. por la muerte de un hombre por su propio beneficio. El sueño recurrente de ese cuello musculoso retorcido por una cuerda fue borrado de su mente y la visión de un cadáver corrompiéndose en una caja de madera desapareció para no volver jamás.

– ¿Pero cómo? Yo vi cuando lo sepultaron. ¿Cómo… puede… ser? Con expresión de profundo desconcierto, siguió caminando por su dormitorio y pensando en este enigma.

¿Un siervo? Ralston era el responsable de todos los siervos que llegaban a Los Camellos. ¿Pero cómo llegó Ruark? ¿En el Hampstead? No, en ese barco no llegaron siervos. ¡Solamente en el Marguerite!

¡Santo Dios! ¡Directamente debajo de sus narices! Sintió la amenaza de una risa histérica y se arrojó de espaldas a través de la cama. Se cubrió los ojos con el brazo como si quisiera anular la visión de esos sonrientes ojos color ámbar.