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«Pero ¿cómo es posible? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Ha habido alguna vez una mujer más desdichada que yo?»

—¡No! ¡Romperé esa red! ¡La romperé! —exclamó, levantándose de un salto y conteniendo las lágrimas.

Se acercó al escritorio para escribirle otra carta. Pero en el fondo de su alma sabía ya que no tendría fuerzas para romper nada, para escapar de esa situación, por falsa y deshonrosa que fuera.

Se sentó a la mesa, y, en lugar de escribir, apoyó los brazos, ocultó la cabeza y se puso a llorar como los niños, con unos sollozos que le estremecían todo el pecho. Lloraba porque su sueño de aclarar las cosas, de definir su situación se había desvanecido para siempre. Sabía de antemano que todo seguiría como antes e incluso mucho peor. Se daba cuenta de que la posición que ocupaba en sociedad, que tan insignificante le parecía por la mañana, era muy importante para ella, que no sería capaz de cambiarla por el oprobioso papel de una mujer que ha abandonado a su marido y a su hijo para unirse a su amante. Por más que se esforzara, no podía ser más fuerte de lo que era. Nunca conocería la libertad del amor, viviría siempre como una mujer culpable, bajo la amenaza constante de que la descubrieran, engañando a su marido con otro. Sí, sólo podía aspirar a una relación adúltera con ese hombre independiente cuya vida jamás podría compartir. Sabía que eso era lo que le esperaba, y le parecía tan terrible que no podía imaginarse siquiera cómo terminaría todo. Y lloraba sin poder contenerse, como lloran los niños cuando se les castiga.

Al oír los pasos del criado procuró dominarse, ocultó el rostro e hizo como que estaba escribiendo.

—El ordenanza espera una respuesta —le anunció el lacayo.

—¿Una respuesta? Sí —repuso A

«¿Qué puedo escribir? —pensaba—. ¿Qué puedo decidir sola? ¿Qué sé? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que prefiero?»

Agarrándose al primer pretexto que se le presentó para dejar de pensar en sí misma, pues notaba con espanto que en el fondo de su alma empezaba de nuevo ese desdoblamiento, se dijo: «Tengo que ver a Alekséi —así llamaba a Vronski en su fuero interno—. Es el único que puede decirme lo que debo hacer. Iré a casa de Betsy. Puede que allí tenga ocasión de encontrarme con él».

Ya no se acordaba de que la víspera le había anunciado a Vronski que no iría a ver a la princesa Tverskaia, y que éste le había contestado que, en tal caso, tampoco acudiría él.

Se acercó a la mesa y le escribió a su marido: «He recibido su carta. A.».

A continuación llamó al lacayo y le entregó la nota.

—Ya no me voy —le dijo a Á

—¿Que no nos vamos?

—No. No deshagas el equipaje hasta mañana. Y que espere el coche. Voy a casa de la princesa.

—¿Qué vestido le traigo?

 

XVII

El grupo que se había reunido en casa de la princesa Tverskaia para ese partido de criquet, al que también estaba invitada A

A

En el momento en que entraba, llegaba también el lacayo de Vronski, parecido a un gentilhombre de cámara con sus patillas peinadas. Se detuvo delante de la puerta y, quitándose la gorra, le cedió el paso. A

Mientras se quitaba el abrigo en el vestíbulo, oyó que el lacayo decía, pronunciando las erres como un gentilhombre:

—De parte del conde para la princesa.

Y a continuación entregó una nota.

A

—La princesa está en el jardín. En seguida la avisarán. A menos que quiera usted salir a verla —le dijo otro criado en la habitación siguiente.

La sensación de indecisión e incertidumbre era la misma que en casa, o incluso peor, porque no había posibilidad de ver a Vronski ni de emprender nada. Tendría que quedarse allí, en compañía de esas personas tan distantes, con las que no tenía nada en común. Pero sabía que llevaba un vestido que le quedaba bien, y no estaba sola. Ese ambiente de ociosidad solemne le resultaba familiar, y se sentía más aliviada que en casa. No tenía necesidad de buscar tareas en las que ocuparse: las distracciones vendrían por sí solas. Al ver a Betsy, que salía a recibirla con un vestido blanco, de una elegancia asombrosa, le sonrió, como siempre. Venía acompañada de Tushkévich y de una jovencita de provincias, parienta suya, que, con gran alegría de sus padres, estaba pasando el verano en casa de la célebre princesa.

Probablemente había algo especial en A

—He dormido mal —respondió A

—¡Cuánto me alegro de que haya venido! —exclamó Betsy—. Estoy cansada y quería tomar una taza de té antes de que lleguen los demás invitados. Podía ir usted con Masha a probar el campo de criquet —le dijo a Tushkévich—. Ya sabe, donde han cortado el césped. Y nosotras tendremos tiempo de charlar un rato mientras tomamos el té. We'll have a cosy chat, 52¿verdad? —añadió, dirigiéndose a A

—Mejor así, porque no puedo quedarme mucho tiempo. Tengo que hacer una visita a la vieja Vrede. Hace un siglo que se lo he prometido —dijo A

No habría podido explicar por qué había dicho algo en lo que no había pensado ni siquiera un segundo antes. Lo había hecho porque, como Vronski no iba a ir, quería asegurarse un poco de tiempo libre para intentar verlo de alguna manera. Pero ¿por qué había mencionado precisamente a esa vieja dama de honor? Cierto que tenía que visitarla, pero también a muchas otras personas. El caso es que, al pensar en ello más tarde, llegó a la conclusión de que no se le podía haber ocurrido una estratagema mejor para entrevistarse con Vronski.

—No, no la dejaré marchar por nada del mundo —repuso Betsy, mirándola fijamente—. La verdad es que, si no la quisiera tanto, me ofendería. Es como si temiera usted que mi compañía pudiera comprometerla. Haga el favor de servirnos el té en el saloncito —le dijo al lacayo, entornando los ojos como tenía por costumbre cuando se dirigía a los criados. Acto seguido cogió la nota y la leyó—. Alekséi nos ha dado esquinazo —dijo en francés—. Me escribe que no puede venir —añadió con un tono tan sencillo y natural que nadie habría podido suponer que Vronski era para A