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Varias veces había intentado Vronski, aunque no de forma tan decidida como ahora, hacerle comprender la posición en la que se encontraba, y siempre se había topado con la superficialidad y los endebles argumentos con los que A
—Que lo sepa o no, poco nos importa —dijo Vronski con su tono habitual, firme y sereno—. No podemos... No puede usted seguir así... sobre todo ahora.
—Y, en su opinión, ¿qué debería hacer? —preguntó A
Ella, que tanto había temido que Vronski acogiera con ligereza el anuncio de su embarazo, lamentaba ahora que él creyera necesario tomar una decisión.
—Confesárselo todo y abandonarlo.
—Muy bien. Supongamos que lo hago —dijo A
—Pero, A
—Entonces, ¿tenemos que escaparnos?
—¿Y por qué no? No me parece posible prolongar esta situación. Y no lo digo por mí. Me doy cuenta de que está usted sufriendo.
—Sí, escapar, y convertirme en su amante —dijo ella con despecho.
—¡A
—Sí —prosiguió ella—, convertirme en su amante y perderlo... todo...
Una vez más había querido decir «a mi hijo», pero fue incapaz de pronunciar esa palabra.
Vronski no podía entender que una persona tan enérgica y honrada como ella pudiera soportar la situación falsa en la que se encontraba sin buscar una salida; pero no se daba cuenta de que la causa principal era la palabra «hijo», que A
—¡Te ruego, te suplico, que nunca vuelvas a hablarme de esta cuestión! —dijo de pronto en un tono completamente distinto, lleno de ternura y sinceridad, cogiéndole la mano.
—Pero, A
—Nunca. Deja que sea yo quien decida. Me doy perfecta cuenta de la bajeza y el horror de mi situación. Pero no es tan fácil como tú crees encontrar una salida. Déjame actuar a mi manera y hazme caso. No vuelvas a hablarme nunca de esta cuestión. ¿Me lo prometes?... ¡No, no! ¡Prométemelo!...
—Te prometo todo lo que quieras, pero no puedo estar tranquilo, sobre todo después de lo que me has dicho. No puedo estar tranquilo cuando no puedes estarlo tú...
—¿Yo? —replicó A
—No lo entiendo —dijo Vronski.
—Sé cuánto repugna a tu naturaleza honrada la mentira, y te compadezco —le interrumpió—. A menudo pienso que has echado a perder tu vida por mi culpa.
—Lo mismo pensaba yo ahora. ¿Cómo es posible que lo hayas sacrificado todo por mí? Jamás me perdonaré haberte hecho desdichada.
—¿Desdichada yo? —exclamó A
A
—¿Cuándo? —susurró, mirándola extasiado.
—Esta noche, a la una —murmuró ella y, tras un profundo suspiro, se dirigió con pasos raudos y ligeros al encuentro de su hijo.
La lluvia había sorprendido a Seriozha en el jardín grande, y se había refugiado con la niñera en un templete.
—Bueno, adiós —le dijo A
Vronski consultó su reloj y partió a toda prisa.
XXIV
Cuando miró el reloj en la terraza de los Karenin, estaba tan agitado y tan absorto en sus pensamientos que no reparó en la hora que era, a pesar de que había visto las manecillas en el cuadrante. Salió a la carretera y se dirigió a la calesa, pisando el barro con mucho cuidado. Tanto le obsesionaba la imagen de A
Ese día se celebrarían varias carreras: la de la escolta imperial, luego la de dos verstas para oficiales, otra de cuatro verstas y finalmente aquella en la que participaría Vronski. Disponía de tiempo suficiente antes de que empezara su carrera, pero, si pasaba por casa de Brianski, llegaría por los pelos, cuando ya estuviera presente la corte al completo. Sería una inconveniencia. Pero había prometido visitar a Brianski, así que decidió seguir, no sin antes ordenarle al cochero que no se compadeciese de los caballos.
Llegó a casa de Brianski, donde se quedó sólo cinco minutos, y regresó al galope. Esa rápida marcha le tranquilizó. Todas las dificultades vinculadas a la relación con A