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En efecto, el muchacho no sabía cómo interpretar esa relación y, por más que lo intentaba, no lograba determinar qué clase de sentimientos tenía que albergar por ese hombre. Con esa fina intuición de los niños, había adivinado que ni su padre, ni su institutriz ni su niñera le profesaban afecto, que lo miraban con repulsión y temor, aunque nunca hablaban de él, y que su madre, en cambio, lo trataba como a un amigo íntimo.
«¿Qué significa esto? ¿Quién es? ¿Tengo que mostrarme afectuoso? A nadie puedo echar la culpa de mi incomprensión. Debo de ser un niño malo o estúpido», pensaba. De ahí esa expresión titubeante, inquisitiva e incluso hostil, así como esa timidez y esos cambios de humor que tanto desconcertaban a Vronski. La presencia del niño despertaba siempre en él esa extraña e infundada repulsión que experimentaba en los últimos tiempos. Al verlo, A
Ese niño, con su ingenua visión de la vida, era como una brújula que les marcaba cuánto se habían apartado de una norma moral que conocían, pero a la que no querían someterse.
Esta vez Seriozha no estaba en casa. A
—¿Qué le pasa? ¿No estará usted enferma? —dijo Vronski en francés, al tiempo que se aproximaba. Le habría gustado correr, pero, temiendo que alguien pudiera verlos, se volvió hacia la puerta de la terraza y se ruborizó, como siempre que tenía que andarse con precauciones y disimulos.
—No, estoy bien —respondió A
—¡Dios mío! ¡Qué manos tan frías! —exclamó él.
—Me has asustado —dijo ella—. Estoy sola, esperando a Seriozha, que ha ido a dar un paseo. Vendrán por aquí.
A pesar de que procuraba mostrarse tranquila, sus labios temblaban.
—Perdone que haya venido, pero no podía pasar un día más sin verla —prosiguió en francés, como hacía siempre, para evitar tanto el «usted» ruso, terriblemente frío, como el peligro del tuteo informal.
—No tengo que perdonarle nada. Me alegro mucho de verle.
—Está usted enferma o apenada —continuó Vronski, inclinándose hacia ella sin soltarle la mano—. ¿En qué estaba pensando?
—En lo mismo de siempre —respondió ella con una sonrisa.
Y decía la verdad. Si alguien le hubiera preguntado en cualquier momento del día en qué estaba pensando, habría respondido con la mayor sinceridad que en una sola cosa: en su felicidad y en su desdicha. En el momento en que apareció Vronski estaba dándole vueltas en la cabera a la siguiente cuestión: ¿por qué algunas personas, Betsy, por ejemplo, cuyas relaciones con Tushkévich A
«¿Se lo digo o me callo? —pensaba A
—Pero todavía no me ha dicho en qué estaba usted pensando cuando he entrado —dijo Vronski, interrumpiendo su relato—. ¡Dígamelo, se lo suplico!
A
—Veo que ha sucedido algo. ¿Acaso puedo estar tranquilo un instante sabiendo que tiene usted una pena que no comparte conmigo? ¡Dígamelo, por el amor de Dios! —repitió con voz suplicante.
«No, si no concediera a este acontecimiento la importancia debida, no se lo perdonaría nunca. Más vale que me calle. ¿Para qué ponerlo a prueba?», pensaba A
—¡Por el amor de Dios! —repitió él, cogiéndosela.
—¿De verdad quiere que se lo diga?
—Sí, sí, sí...
—Estoy embarazada —susurró A
La hoja que tenía entre los dedos tembló aún más, pero A
Pero se equivocaba al creer que Vronski concedía a esa noticia el mismo significado que ella, como mujer, le atribuía. Su primera reacción había sido un acceso, diez veces más fuerte de lo habitual, de esa extraña sensación de repugnancia; pero en seguida comprendió que por fin había llegado esa crisis que tanto deseaba, que no podrían seguir ocultándole su relación al marido de A
—Sí —dijo con decisión, acercándose a ella—. Ni usted ni yo hemos considerado estas relaciones como un juego. Y ahora nuestra suerte está echada. Es imprescindible acabar con esta mentira en que se ha convertido nuestra vida —añadió, mirando a su alrededor.
—¿Acabar? ¿Y cómo vamos a hacerlo, Alekséi? —preguntó ella en voz baja.
Ya estaba más tranquila, y en su rostro resplandecía una sonrisa delicada.
—Dejando a tu marido y uniendo tu destino al mío.
—Ya están unidos sin necesidad de dar ese paso —replicó A
—Sí, pero del todo, del todo.
—Pero ¿cómo, Alekséi? Dime cómo —insistió ella con cierta ironía y tristeza, pensando una vez más en lo desesperado de su situación—. ¿Acaso disponemos de alguna salida? ¿Es que no soy la mujer de mi marido?
—Todas las situaciones tienen alguna salida. Hay que decidirse —dijo Vronski—. Cualquier cosa es preferible a la vida que llevas. Me doy cuenta de que sufres por todo: por la gente, por tu hijo, por tu marido.
—¡Ah, por mi marido no! —replicó ella con una franca sonrisa—. No pienso en él. Para mí ha dejado de existir.
—No eres sincera. Te conozco y sé que también sufres por él.
—Mi marido no sabe nada —dijo A
XXIII