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—¡Por fin! —dijo A

Él se la besó y se sentó a su lado.

—Entonces, puede decirse que tu viaje ha sido un éxito —le dijo.

—Sí, un éxito —contestó A

—Aunque sea tu hermano, no creo que se le pueda disculpar —dijo Alekséi Aleksándrovich con severidad. A

A

—Aquí, por el contrario, está haciendo mucho ruido —dijo Alekséi Aleksándrovich con una sonrisa de satisfacción.

A

—La verdad es que estoy contentísimo, pues es una demostración de que, por fin, en nuestro país empieza a formarse una opinión clara y razonable de esta cuestión.

Después de tomar una segunda taza de té con nata, acompañada de pan, Alekséi Aleksándrovich se puso en pie para irse a su despacho.

—¿No has ido a ninguna parte? —preguntó—. Seguro que te has aburrido.

—¡Nada de eso! —contestó A

—La Poésie des enfers, del duque de Lille —respondió él—. Un libro muy notable.

A

—Bueno, queda con Dios —dijo A

Alekséi Aleksándrovich le apretó la mano y volvió a besársela.

«En cualquier caso, es un buen hombre, recto, amable y eminente en su campo —se decía A

Pero ¿por qué destacan de esa manera sus orejas? ¿Será que se ha cortado el pelo?»

A las doce en punto, mientras, sentada ante su escritorio, estaba terminando una carta para Dolly, se oyeron unos pasos mesurados, y acto seguido Alekséi Aleksándrovich, lavado y peinado, en zapatillas, se acercó a ella con un libro debajo del brazo.

—Ya es hora de irse a la cama —dijo, con una sonrisa particular, y entró en el dormitorio.

«¿Y qué derecho tenía a mirarlo así?», pensó A

Después de desvestirse, fue con su marido, pero su rostro ya no irradiaba esa animación de Moscú. La llama que centelleaba entonces en sus ojos y en su sonrisa parecía haberse extinguido o haberse ocultado en alguna parte.

 

XXXIV

Al abandonar San Petersburgo, Vronski había cedido su espacioso piso de la avenida Morskaia a su buen amigo y compañero Petritski, un joven teniente, de origen más bien modesto, que no sólo no tenía dinero, sino que estaba cargado de deudas. Se emborrachaba todas las tardes y a menudo lo arrestaban por sus aventuras divertidas y escandalosas. No obstante, gozaba de la estima tanto de sus compañeros como de sus superiores. Al llegar a su casa pasadas ya las once, procedente de la estación, Vronski vio a la puerta un coche que le resultaba conocido. Cuando llamó a la puerta, oyó risas de hombre, una voz de mujer que hablaba en francés y los gritos de Petritski: «¡Si es uno de esos canallas, no le dejes pasar!». Vronski entró sin hacer ruido en la primera habitación, sin hacerse anunciar. La baronesa Shilton, amiga de Petritski, resplandeciente con su vestido de raso de color lila, su carita sonrosada y sus cabellos rubios, llenaba toda la habitación, como un canario, con su cháchara parisina. Estaba sentada a la mesa redonda y preparaba café. Petritski, con su abrigo, y el capitán de caballería Kamerovski, de uniforme (probablemente había estado de servicio), se hallaban a su lado.

—¡Si es Vronski! ¡Bravo! —gritó Petritski, saltando ruidosamente de su silla—. ¡El dueño de la casa en persona! Baronesa, sírvale café de la cafetera nueva. ¡No te esperábamos! Confío en que te guste la nueva decoración de tu despacho —añadió, señalando a la baronesa—. ¿Os conocéis?

—¡Pues claro! —respondió Vronski con una alegre sonrisa, al tiempo que estrechaba la mano menuda de la baronesa—. ¡Cómo no! ¡Somos viejos amigos!

—Acaba de llegar usted después de un viaje, así que será mejor que me vaya —dijo la baronesa—. Si molesto, me marcho ahora mismo.

—Baronesa, usted está siempre en su casa —replicó Vronski—. Hola, Kamerovski —añadió, estrechando con poco entusiasmo la mano del capitán.

—Usted nunca me dedica tales cumplidos —dijo la baronesa, dirigiéndose a Petritski.

—¿Cómo que no? Ya verá las cosas que voy a decirle después de la cena.

—¡Después de la cena no tiene ningún mérito! Bueno, voy a prepararle un café mientras usted se lava y se afeita —dijo la baronesa, sentándose de nuevo y girando con mucha precaución el tornillo de la nueva cafetera—. Pierre, pásame el café —añadió, dirigiéndose a Petritski, a quien había dado ese nombre a partir de su apellido, sin disimular sus relaciones—. Voy a añadir un poco más.

—¡Lo va a estropear!

—Nada de eso. Bueno, ¿y cómo está su mujer? —preguntó de pronto la baronesa, interrumpiendo la conversación de Vronski con su compañero—. Le hemos casado durante su ausencia. ¿No ha traído a su mujer?

—No, baronesa. He nacido gitano y moriré como un gitano.

—Mucho mejor, mucho mejor. Deme la mano.

Y la baronesa, sin dejarle salir, se puso a contarle, intercalando alguna broma, sus últimos planes de vida y a continuación le pidió consejo.

—¡Sigue negándose a concederme el divorcio! —se refería a su marido—. ¿Qué puedo hacer? Quiero iniciar los trámites legales. ¿Qué me aconseja usted? Kamerovski, ocúpese del café, que se está saliendo. Como ve, tengo un montón de asuntos en la cabeza. Me he decidido a iniciar un proceso porque necesito mis bienes. Fíjese en qué cosa más absurda —agregó con desprecio—. Con el pretexto de que le soy infiel, quiere seguir disfrutando de mi fortuna.