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—Ya le he escrito.
—Pero ella quiere conocer todos los detalles. Si no estás cansada, ve a verla, cariño. Bueno, Kondrati te llevará en el coche. Yo tengo que volver al Comité. Ya no tendré que comer solo —prosiguió Alekséi Aleksándrovich, esta vez en serio—. No puedes imaginarte lo acostumbrado que estoy...
Y, después de apretarle un buen rato la mano, la ayudó a subir al coche con la mejor de sus sonrisas.
XXXII
La primera persona que salió a recibirla cuando llegó a casa fue su hijo. Sin hacer caso de los gritos de la institutriz, bajó corriendo la escalera, chillando loco de alegría: —¡Mamá, mamá! Y se colgó de su cuello.
—¡Ya le había dicho que era mamá! —le gritó a la institutriz—. ¡Lo sabía! Pero, igual que antes con el padre, A
—Entonces, ¿yo soy peor que ella? —preguntó Seriozha.
—Para mí no hay nadie mejor que tú.
—Ya lo sé —dijo Seriozha, sonriendo.
No había tenido tiempo A
—Y bien, amiga mía, ¿ha llevado la ramita de olivo? —preguntó la condesa en cuanto entró en la habitación.
—Sí, todo se ha arreglado. Por lo demás, la situación no era tan grave como pensábamos —respondió A
Pero la condesa Lidia Ivánovna, que se interesaba en lo que no le concernía y tenía la costumbre de no escuchar lo que le importaba, interrumpió a A
—Sí, cuántas desgracias e injusticias hay en este mundo. Hoy estoy extenuada.
—¿Por qué? —preguntó A
—Empiezo a cansarme de romper lanzas por la verdad en vano y a veces me siento completamente desanimada. La obra de las hermanitas —era ésta una institución filantrópica, religiosa y patriótica— podría haber salido bien, pero con esos señores es imposible hacer nada —añadió con irónica resignación, como sometiéndose al destino—. Se apropian de la idea, la distorsionan y luego la juzgan de una manera ruin y miserable. Sólo dos o tres personas, entre ellas su marido, entienden el significado de esa labor; los demás no hacen más que desacreditarla. Ayer me escribió Pravdin...
Pravdin era un célebre paneslavista que vivía en el extranjero. La condesa pasó a relatar el contenido de la carta. Luego se refirió a las dificultades y obstáculos que amenazaban el proyecto de unión de las iglesias y se marchó a toda prisa, porque ese día tenía que asistir a la reunión de una sociedad y a una sesión del Comité Eslavo.
«Todo esto no es ninguna novedad —se dijo A
Después de la condesa Lidia Ivánovna llegó una amiga de A
La agitación y la vergüenza infundada que la habían embargado durante el viaje desaparecieron por entero. Una vez retomada su existencia rutinaria, se sentía de nuevo segura, inmune a cualquier reproche.
Recordó sorprendida su estado de ánimo de la víspera. «¿Qué había sucedido? Nada. Vronski dijo una tontería, a la que era fácil poner fin, y yo le contesté como correspondía. No me parece necesario ni apropiado contárselo a Alekséi Aleksándrovich. Sería como conceder importancia a algo que no la tiene.» Se acordó de que una vez un subordinado de su marido estuvo a punto de hacerle una declaración y, cuando se lo contó, Alekséi Aleksándrovich le respondió que cualquier mujer que frecuentara la sociedad estaba expuesta a esas cosas, pero que él tenía plena confianza en su tacto y nunca se permitiría atentar a su dignidad ni a la de ella sucumbiendo a los celos.
«Por tanto, mejor no decirle nada. Sí, gracias a Dios, no hay nada que contar», concluyó.
XXXIII
Alekséi Aleksándrovich regresó del Ministerio a las cuatro, pero, como de costumbre, no tuvo tiempo de pasar a ver a A
—Sí, mi soledad ha terminado. No puedes imaginarte lo fastidioso (enfatizó la palabra fastidioso) que es comer solo.
Durante la comida habló con su mujer de los asuntos de Moscú y preguntó con una sonrisa irónica por Stepán Arkádevich; pero la conversación fue más o menos general y giró principalmente en torno a cuestiones de índole social y administrativa. Después de comer, Alekséi Aleksándrovich pasó media hora con los invitados y, después de estrechar una vez más la mano de su mujer y esbozar una nueva sonrisa, se retiró para acudir a una sesión del Consejo. A