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El héroe de la novela estaba a punto de alcanzar la felicidad, entendida a la manera de los ingleses: un título de barón y una hacienda, y A
—¿Va a salir usted?
—Sí, me apetece tomar el aire. Aquí hace mucho calor.
A
XXX
La terrible tormenta rugía y silbaba entre las ruedas de los vagones, sobre los postes y en el extremo de la estación. Los vagones, los postes, las personas: todo lo que se veía estaba cubierto de nieve por un lado, y esa capa no hacía más que aumentar. Por un instante la tormenta amainó, pero al poco rato volvió a arreciar con unos arrebatos tan feroces que parecía imposible hacerle frente. Entre tanto, algunas personas corrían por las chirriantes tablas del andén, charlando alegremente, y las grandes puertas de la estación no paraban de abrirse y de cerrarse. La sombra de un hombre encorvado pasó bajo los pies de A
—No sabía que tenía que ir usted a San Petersburgo. ¿Para qué va allí? —preguntó A
Y en su rostro brillaron una animación y una alegría incontenibles.
—¿Para qué? —repitió Vronski, mirándola a los ojos—. Bien sabe que lo hago para estar cerca de usted. No puedo obrar de otro modo.
En ese momento, el viento, como si hubiera vencido todos los obstáculos, barrió la nieve del techo de los vagones y agitó una plancha de hierro que había arrancado; más allá se oyó el estridente silbido de la locomotora, lastimero y lúgubre. La horrible tormenta se le antojó aún más hermosa que antes. Vronski acababa de decir las palabras que A
—Perdóneme si le ha molestado mi comentario —añadió con voz sumisa.
Su tono era cortés y respetuoso, pero tan firme y decidido que A
—Lo que ha dicho está muy mal —pronunció por fin—. Si es usted un hombre de bien, le ruego que lo olvide. Y lo mismo haré yo.
—No olvidaré nunca, porque no está en mi poder, ni una sola palabra suya, ni un solo gesto suyo.
—¡Basta, basta! —exclamó A