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—Sólo le falta hablar —dijo Agafia Mijáilovna—. No es más que una perra... pero entiende que el amo ha vuelto y que está triste.
—¿Triste?
—¿Cree usted que no me doy cuenta? ¡Cómo no voy a conocer a los señores? ¡Si he vivido con ellos desde niña! No se preocupe, señorito. Mientras la salud no falte y tenga uno la conciencia tranquila...
Levin la miró de hito en hito, sorprendido de que hubiera adivinado sus pensamientos.
—¿Le apetece un poco más de té? —dijo y, cogiendo la taza, salió de la habitación.
Laska seguía metiendo la cabeza debajo de su mano. Levin la acarició y entonces ella se hizo un ovillo a sus pies, estiró la pata trasera y apoyó encima la cabeza. Y, para demostrar hasta qué punto estaba satisfecha, entreabrió la boca, chasqueó los labios pegajosos y, acomodándolos mejor alrededor de los amarillentos dientes, se sumió en un estado de beatífica paz. Levin siguió con atención estos últimos movimientos.
«¡Lo mismo voy a hacer yo! —se dijo—. ¡Lo mismo voy a hacer yo! No vale la pena preocuparse. Todo se arreglará.»
XXVIII
A la mañana siguiente del baile, muy temprano, A
—No, tengo que volver sin falta —le decía a su cuñada, sorprendida de que hubiera cambiado de planes y, por su tono de voz, parecía como si se hubiera acordado de pronto de un montón de asuntos que no admitían demora—. ¡No, es mejor que me vaya hoy mismo!
Stepán Arkádevich no iba a comer en casa, pero prometió volver a las siete para acompañar a su hermana.
Kitty tampoco se presentó. Según decía la nota que envió, le dolía la cabeza. Dolly y A
—¡Qué rara estás hoy! —le dijo Dolly.
—¿Yo? ¿Tú crees? No es eso, es que no estoy de humor. Me pasa a veces. Tengo ganas de llorar. Es una tontería, ya se me pasará —dijo A
—Viniendo aquí, has hecho una buena obra —dijo Dolly, examinándola con atención.
A
—No digas eso, Dolly. No he hecho nada ni podía hacer nada. A menudo me sorprende que la gente se haya puesto de acuerdo para mimarme. ¿Qué he hecho? ¿Qué podía hacer? Has encontrado en tu corazón suficiente amor para perdonar...
—¡Sin ti, Dios sabe lo que habría sucedido! ¡Qué feliz eres, A
—Todos tenemos skeletons 21en el alma, como dicen los ingleses.
—¿Qué skeletonspuedes tener tú? En ti todo es claridad.
—¡Los tengo! —dijo de pronto A
—Bueno, no creo que esos skeletonssean muy lúgubres, sino más bien divertidos —objetó Dolly con una sonrisa.
—No, son lúgubres. ¿Sabes por qué me marcho hoy en lugar de mañana? Me cuesta confesártelo, pero quiero hacerlo —dijo A
—¡Ah, acabas de hablar en el mismo tono que Stiva! —dijo Dolly, echándose a reír.
A
—¡No, no! Yo no soy como Stiva —dijo, frunciendo el ceño—. Te lo cuento porque no me permito dudar de mí misma ni un instante —añadió.
Pero en el momento mismo en que hacía ese último comentario, se dio cuenta de que no estaba diciendo la verdad. No sólo dudaba de sí misma, sino que el recuerdo de Vronski la llenaba de inquietud. De hecho, había adelantado la partida con el único objeto de no volverlo a ver...
—Sí, Stiva me ha dicho que bailaste la mazurca con él y que...
—No puedes imaginarte lo absurdo que resultó todo. Yo sólo pensaba en hacer de casamentera, pero las cosas salieron de otro modo. Tal vez contra mi voluntad...
Se ruborizó y guardó silencio.
—¡Ah, los hombres se dan cuenta de eso en seguida! —dijo Dolly.
—Lo sentiría en el alma si él se lo hubiera tomado en serio —la interrumpió A
—Por otro lado, A
—¡Ah, Dios mío, sería una estupidez! —dijo A
—¿Cómo va a ser enemiga tuya? Eso es imposible.
—Me gustaría que me tuvierais el mismo cariño que yo os tengo. Ahora os quiero más que antes —dijo A
Se pasó un pañuelo por la cara y empezó a vestirse.
Justo antes de partir, apareció Stepán Arkádevich, que se había retrasa do. Olía a vino y a tabaco y tenía el rostro colorado y alegre.
La emoción que sentía A
—Recuerda, A
—No entiendo por qué —replicó A
—Me has comprendido y me comprendes. ¡Adiós, querida!
XXIX
«Bueno, gracias a Dios, todo ha terminado», fue el primer pensamiento que se le pasó por la cabeza a A
Sumida aún en ese estado de preocupación en el que se encontraba desde la mañana, se entregó con placer a los minuciosos preparativos del viaje: con sus manos ágiles y menudas abrió el saquito rojo, sacó un almohadón, se lo puso en las rodillas, se cubrió bien las piernas y se instaló cómodamente. Una señora enferma ya se estaba preparando para acostarse. Otras dos se pusieron a hablar con A