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—Pues sí. ¿Cómo lo sabe?
—¡Ah, qué feliz edad la suya! —prosiguió A
Kitty sonreía sin decir palabra. «Pero ¿cómo habrá pasado ella por esa situación? ¡Lo que daría por conocer su historia de amor!», pensaba Kitty, recordando el aspecto nada poético de Alekséi Aleksándrovich, su marido.
—Me he enterado de algunas cosas por boca de Stiva. La felicito. El joven me ha gustado mucho —prosiguió A
—¡Ah! ¿Estaba allí? —preguntó Kitty, ruborizándose—. ¿Y qué es lo que le ha contado Stiva?
—Pues todo. Y no sabe cómo me alegraría. Ayer hice el viaje con la madre de Vronski —continuó—, y no dejó de hablarme de él. Es su predilecto. Ya sé lo parciales que son las madres, pero...
—¿Y qué le contó?
—¡Ah, muchas cosas! No cabe duda de que es su predilecto, pero aun así se ve que es un caballero... Por ejemplo, me contó que había querido ceder toda su fortuna a su hermano, y que siendo todavía un niño había realizado toda una hazaña: salvar a una mujer de morir ahogada. En resumidas cuentas, que es un héroe —dijo A
Pero no mencionó esa anécdota. Por alguna razón, su recuerdo le causaba cierto malestar. Sentía que era algo que la concernía muy de cerca, algo que no tendría que haber sucedido.
—Me pidió encarecidamente que la visitara —prosiguió A
—¡No! ¡Yo primero! ¡Yo! —gritaban los niños que, nada más terminar el té, salieron disparados hacia la habitación en la que estaba su tía A
—¡Todos juntos! —exclamó ella.
Y, echándose a reír, corrió al encuentro de esa bandada de niños bulliciosos, que chillaban entusiasmados, los abrazó y los revolcó por el suelo.
XXI
Cuando sirvieron el té para los mayores, Dolly salió sola de su habitación. Stepán Arkádevich debía de haberse marchado por la puerta trasera.
—Temo que pases frío allí arriba —observó Dolly, dirigiéndose a A
—¡Ah, por favor, no te preocupes por mí! —respondió A
—Aquí tendrás más luz —añadió la cuñada.
—Te aseguro que duermo como un lirón en cualquier sitio.
—¿Qué pasa? —preguntó Stepán Arkádevich, saliendo de su despacho y dirigiéndose a su mujer.
Por el tono, A
—Quiero que A
«¿Se habrán reconciliado del todo?», pensó A
—Ah, Dolly, deja de buscarte complicaciones —dijo Stepán Arkádevich—. Si quieres, yo me ocuparé de todo...
«Sí, seguro que se han reconciliado», pensó A
—Sí, ya sé cuál es tu forma de resolver las cosas —respondió Dolly—. Le darás a Matvéi un encargo imposible de cumplir, te marcharás, y él acabará haciéndolo todo al revés —objetó Dolly, y esa sonrisa irónica que le era tan propia frunció la comisura de sus labios.
«Completa, una reconciliación completa —concluyó A
—Nada de eso. ¿Por qué nos desprecias de ese modo a Matvéi y a mí? —dijo Stepán Arkádevich, con una sonrisa apenas perceptible, dirigiéndose a su mujer.
Dolly pasó toda la tarde gastándole pequeñas bromas a su marido, como era su costumbre; éste, por su parte, se mostró contento y satisfecho, aunque trataba de refrenarse, para dar a entender que, a pesar de que le habían perdonado, no había olvidado su culpa.
Alrededor de la mesa de té se había entablado una conversación especialmente agradable y animada, pero a las nueve y media se produjo un acontecimiento en apariencia trivial, pero que, por alguna razón, a todos les pareció extraño. Hablaban de unos amigos comunes de San Petersburgo, cuando A
—Tengo un retrato suyo en mi álbum —dijo—. Por cierto, voy a enseñaros a mi Seriozha —añadió con una sonrisa de orgullo maternal.
Solía darle las buenas noches a su hijo a eso de las diez, y a menudo lo acostaba ella misma antes de ir a algún baile. Por eso, al acercarse esa hora, se sintió triste de estar tan lejos de él. Cualquiera que fuera el tema que abordasen, ella seguía pensando en su hijito de cabellos rizados. Le apetecía hablar de él y contemplar su fotografía. Aprovechando la primera oportunidad, se puso en pie y, con sus andares ligeros y decididos, se fue a buscar el álbum. La escalera que conducía a su habitación partía del caldeado descansillo de la escalinata principal.
En el momento en que salía del salón, sonó la campanilla en el recibidor.
—¿Quién puede ser? —dijo Dolly.
—Es demasiado pronto para que vengan a buscarme y demasiado tarde para una visita —observó Kitty.
Probablemente vienen a traerme algún documento —terció Stepán Arkádevich.
En el momento en que A
Cuando A
—Pero no ha querido entrar por nada del mundo. Qué tipo tan extraño —añadió.
Kitty se ruborizó. Pensaba que sólo ella comprendía la razón por la que Vronski había venido y se había negado a entrar. «Habrá estado en nuestra casa —pensaba—, y, al no encontrarme allí, habrá supuesto que estaba aquí. Pero no ha querido entrar por lo tarde que es y por la presencia de A
Después de intercambiar miradas en silencio, se pusieron a hojear el álbum de A
No tenía nada de extraño ni de particular que alguien visitara a un amigo a las nueve y media de la noche para recabar detalles de una comida que habían planeado y no quisiera entrar en el salón; pero a todos les sorprendió ese proceder, en especial a A
XXII
El baile acababa de empezar cuando Kitty y su madre subieron la gran escalera inundada de luz, repleta de flores y lacayos con pelucas empolvadas y libreas rojas. De las salas llegaba un murmullo acompasado, semejante al de una colmena. Mientras se arreglaban el peinado y el vestido delante del espejo del descansillo, entre macetas con altos arbustos, oyeron los sones delicados y precisos de los violines, que atacaban el primer vals. Un anciano vestido de paisano, que había estado acicalándose las patillas grises delante de otro espejo y que despedía un penetrante olor a perfume, se topó con ellas en la escalera y les cedió el paso, admirando, sin duda, a Kitty, a quien no conocía. Un joven imberbe, uno de esos muchachos de la alta sociedad a quienes el viejo príncipe Scherbatski llamaba «cachorros», vestido con un chaleco muy escotado, las saludó al pasar, mientras se arreglaba la corbata blanca; después de subir unos peldaños, se dio la vuelta e invitó a Kitty para la cuadrilla. Como la primera la tenía comprometida con Vronski, le concedió la segunda. Un militar, que se estaba abotonando el guante y atusándose el bigote al lado de la puerta, miró fascinado a la sonrosada Kitty.