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—Sólo te diré una cosa —dijo A

—¡Ah, no, lo comprende! ¡Ya lo creo que lo comprende! —la interrumpió Dolly—. ¿Y yo?... Te olvidas de mí... ¿Acaso supone eso algún alivio para mí?

—Espera. Reconozco que, cuando me habló, yo no era consciente de todo el horror de tu situación. Sólo lo veía a él, y una familia destrozada Me dio lástima. Pero ahora, al hablar contigo, veo las cosas de un modo distinto, como mujer que soy. Me hago cargo de tus sufrimientos y siento una pena indecible por ti. Dolly, querida, entiendo perfectamente el dolor que sientes, pero hay una cosa que no sé: no sé... no sé cuánto amor por él alberga todavía tu alma. Sólo tú puedes saber si lo amas lo bastante para poder perdonarlo. ¡Si puedes, perdónalo!

—No —objetó Dolly, pero A

—Conozco el mundo mejor que tú —dijo—. Sé cómo se comportan en tales casos las personas como Stiva. Dices que habrá hablado de ti con ella. No lo creo. Esos hombres pueden cometer infidelidades, pero su mujer y su hogar son sagrados para ellos. En el fondo, desprecian a esas mujeres y no les permiten que interfieran en su vida familiar. Es como si marcaran una línea infranqueable entre ellas y su familia. Yo no puedo entenderlo, pero es así.

—Sí, pero la ha besado...

—Dolly, espera, querida. He visto a Stiva en sus tiempos de enamorado. Recuerdo los días en que venía a verme y lloraba al hablar de ti. ¡Qué imagen tan elevada y poética de tu persona se había forjado! También sé que, a lo largo de todos estos años de vida en común, su admiración no ha dejado de crecer. Hasta le gastábamos bromas porque, a cada palabra, añadía: «Dolly es una mujer maravillosa». Has sido y sigues siendo para él una especie de divinidad, mientras que ese capricho de ahora no es más que un arrebato pasajero...

—Pero ¿y si ese arrebato se repite?

—No me parece posible...

—¿Tú le perdonarías?

—No lo sé. No puedo juzgar... O sí, claro que puedo —dijo A

—Naturalmente, de otro modo no podría hablarse de perdón —la interrumpió Dolly, expresando una idea en la que, por lo visto, había pensado más de una vez—. Si se perdona, hay que perdonar del todo. Bueno, vamos, te llevaré a tu habitación —añadió, poniéndose en pie. Por el camino la abrazó—. Querida mía, ¡cuánto me alegro de que hayas venido! ¡Cuánto me alegro! Me siento mejor, mucho mejor.

 

XX

A

Oblonski comió en casa. En medio de la conversación general, su mujer le dirigió la palabra y le tuteó, algo que no había hecho esos últimos días. Las relaciones entre marido y mujer seguían siendo distantes, pero ya no se hablaba de separación, y Stepán Arkádevich vislumbraba la posibilidad de una explicación y una reconciliación.

Justo después de la comida llegó Kitty. Como apenas conocía a A

Después de la comida, cuando Dolly se retiró a su habitación, A

—Stiva —le dijo, guiñando alegremente los ojos, santiguándole y señalándole la puerta—, ve y que Dios te ayude.

Oblonski entendió sus palabras, arrojó el cigarrillo y salió.

Entonces A

—Bueno, bueno, vamos a sentarnos como antes —dijo A

Grisha volvió a deslizar la cabeza bajo el brazo de su tía, y la apoyó en su vestido, lleno de orgullo y felicidad.

—¿Cuándo se celebrará el próximo baile? —preguntó A

—La semana que viene, y será un baile estupendo. Uno de esos bailes en los que una siempre se divierte.

—¿Existen bailes en los que una siempre se divierte? —dijo A

—Pues sí, por extraño que pueda parecer. En casa de los Bobríschev siempre lo pasamos bien, y también en la de los Nikitin; en cambio en la de los Mezhkov siempre se aburre una. ¿No lo ha notado usted?

—No, bonita. Para mí ya no existen esos bailes en los que una siempre se divierte —contestó A

—¿Cómo puede aburrirse usteden un baile?

—¿Y por qué no iba a aburrirme yoen un baile? —preguntó a su vez A

Kitty se dio cuenta de que A

—Porque usted es siempre la más guapa de todas.

A

—En primer lugar, no es verdad; y en segundo, aunque lo fuera, ¿de qué me valdría?

—¿Acudirá a ese baile? —preguntó Kitty.

—Supongo que no me quedará otro remedio. Toma, cógela —dijo, quitándose una sortija que le quedaba algo holgada y entregándosela a Tania, que había intentado sacársela del dedo blanco y afilado.

—Me alegrará mucho que vaya usted. Tengo muchos deseos de verla en un baile.

—En ese caso, si al final tengo que ir, me consolaré pensando que eso le causa algún placer... Grisha, por favor, no me tires del pelo, que ya estoy bastante despeinada —dijo, ajustándose un mechón con el que el niño estaba jugando.

—Me la imagino en el baile vestida de color lila.

—¿Y por qué precisamente de color lila? —preguntó A