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Al tercer día, cuando se enteró de la estrecha relación de Alekséi Aleksándrovich con la condesa Lidia Ivánovna, decidió escribirle una carta, a costa de grandes esfuerzos, en la que le decía deliberadamente que la decisión de permitirle ver a su hijo dependía de la generosidad de su marido. Sabía que, si la carta llegaba a su marido, lograría su objetivo: una vez adoptado el papel de hombre magnánimo, no lo abandonaría.

El mozo que llevó la carta le trajo la respuesta más cruel e inesperada: no había contestación. Nunca se había sentido más humillada que cuando, después de llamar al mozo, escuchó un relato detallado de cómo le habían hecho esperar y luego le habían dicho que no había respuesta. A

Pasó todo el día en su habitación, meditando en el modo de arreglar una entrevista con su hijo, y al final acabó decantándose por escribir a su marido. Ya estaba redactando la carta cuando le trajeron la respuesta de Lidia Ivánovna. Había aceptado resignada el silencio de la condesa, pero esa nota, con todo lo que se sobrentendía entre líneas, la sublevó muchísimo. Tan cruel le pareció la malevolencia de la condesa, en comparación con su apasionado y legítimo amor de madre, que se indignó con los demás y dejó de acusarse a sí misma.

«¡Qué frialdad! ¡Qué hipocresía! —se decía—. ¡Sólo quieren ofenderme y atormentar al niño! Pero ¡no lo voy a permitir! ¡Qué se han creído! Ella es peor que yo. Al menos yo no finjo.» Y decidió que al día siguiente, el cumpleaños de Seriozha, iría sin avisar a casa de su marido, sobornaría o engañaría a los criados, vería a su hijo costara lo que costase y acabaría de una vez con las horribles mentiras que le habían contado.

Fue a una tienda de juguetes, compró un montón de regalos y trazó un plan de acción. Iría por la mañana temprano, a las ocho, pues a esa hora Alekséi Aleksándrovich seguramente no se habría levantado. Llevaría dinero en la mano para el portero y el criado, para que la dejaran pasar; sin levantarse el velo les diría que iba de parte del padrino de Seriozha para felicitarle por su cumpleaños y que le habían encargado que pusiese los juguetes al lado de la cama del niño. No había preparado las palabras que le dirigiría a su hijo. Por más que lo pensaba, no se le ocurría nada.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, se apeó de un coche de alquiler, se acercó a la enorme entrada de su antigua casa y llamó al timbre.

—Vete a ver qué quiere. Es una señora —dijo Kapitónich, aún sin vestir, con los chanclos y el abrigo, asomándose a la ventana y distinguiendo al lado de la puerta la figura de una mujer, cubierta con un velo.

En cuanto el ayudante del portero, un muchacho desconocido para A

—Seriozha... Serguéi Alekséievich —dijo, y siguió adelante.

Después de echar un vistazo al billete, el ayudante la detuvo en el umbral de la puerta acristalada.

—¿A quién quiere ver? —preguntó.

A

Al notar la turbación de la desconocida, Kapitónich en persona salió a su encuentro, la dejó pasar y le preguntó qué deseaba.

—Vengo a ver a Serguéi Alekséievich de parte del príncipe Skorodúmov —dijo.

—Todavía no se ha levantado —repuso el portero, mirándola con atención.

A

—¿Quiere esperar? —le preguntó Kapitónich, ayudándola a quitarse el abrigo de piel.

A continuación la miró a la cara, la reconoció y, sin decir palabra, le hizo una profunda reverencia.

—Haga el favor de pasar, excelencia —añadió.

A

—Puede que el preceptor no esté vestido. Iré a avisarle.

A

—Por ahí, a la izquierda, haga el favor. Perdone este desorden. Ahora tiene su habitación en el antiguo saloncito —decía el portero, sin aliento—. Espere un momento, excelencia, se lo ruego —añadió, al tiempo que entreabría una puerta alta y desaparecía al otro lado. A

En el momento en que el portero pronunciaba esas palabras, A

—¡Déjeme, déjeme! ¡Váyase! —exclamó, precipitándose en la habitación.

A la derecha de la puerta, sentado en la cama, un niño, vestido sólo con una camisa desabrochada, el cuerpo inclinado hacia delante, se estiraba y bostezaba.

—¡Seriozha! —susurró A

Durante la separación, en esos arrebatos de amor maternal de los últimos tiempos, se lo había imaginado como un niño de cuatro años, pues nunca su cariño había sido tan intenso como cuando tenía esa edad. Ahora no se parecía siquiera al niño que había dejado. Guardaba menos semejanzas aún con un niño de cuatro años, había crecido y adelgazado. ¿Qué le había pasado? ¡Qué chupada tenía la cara! ¡Qué cortos los cabellos! ¡Qué largas las manos! ¡Cómo había cambiado desde la última vez que lo vio! Pero era él, la forma de la cabeza era la misma, y también los labios, el delicado cuello, los anchos hombros.

—¡Seriozha! —le dijo A

El niño, con el cabello enmarañado, volvió a incorporarse, apoyándose en los codos, movió la cabeza a uno y otro lado, como buscando algo, y abrió los ojos. Durante unos segundos miró en silencio, con aire inquisitivo, a su madre, que estaba inmóvil delante de él. Luego sonrió beatíficamente, cerró de nuevo los ojos adormilados y se inclinó, pero no hacia atrás, sino hacia los brazos de ella.

—¡Seriozha! ¡Mi niño querido! —exclamó A

—¡Mamá! —dijo el niño, moviéndose entre las manos de su madre, para que le tocara por todas las partes del cuerpo.

Sonriendo medio dormido, los ojos siempre cerrados, apoyó sus rollizas manitas en la cabecera de la cama, luego apretó la espalda de su madre, envolviéndola en ese agradable olor y esa tibieza que sólo tienen los niños dormidos, y empezó a frotarse la cara contra el cuello y los hombros de ésta.

—Lo sabía —dijo, abriendo los ojos—. Hoy es mi cumpleaños. Sabía que vendrías. Voy a levantarme ahora mismo.

Y, mientras pronunciaba esas palabras, volvió a quedarse adormilado.

A