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—Me da igual que la sociedad no tolere mi proceder —dijo Vronski—, pero, si mi familia quiere seguir considerándome uno de los suyos, debe aceptar a mi mujer.

El hermano de Vronski, que siempre había respetado las ideas de Alekséi, prefirió que fuera la sociedad la que decidiera si tenía razón o estaba equivocado. En cuanto a él, no tenía nada en contra, así que fue a ver a A

Como hacía cuando había extraños delante, Vronski habló a A

A pesar de su conocimiento de la sociedad, Vronski había incurrido en un extraño error, a raíz de la nueva posición en la que se encontraba. Tendría que haber comprendido que el gran mundo estaba cerrado para A

Puede uno pasar horas enteras sentado en la misma postura, con las piernas cruzadas, cuando sabe que goza de libertad de movimiento; en caso contrario, tendrá calambres y temblores en las piernas, y buscará la manera de estirarlas hacia algún sitio. Lo mismo sentía Vronski con respecto a la sociedad. Aunque en lo más profundo de su alma sabía que el gran mundo estaba cerrado para ellos, albergaba la esperanza de que hubiera cambiado y los aceptara. No obstante, no tardó en descubrir la verdad: esas puertas podrían abrirse para él, pero nunca para A

Una de las primeras señoras de la sociedad pertersburguesa con quien se encontró Vronski fue su prima Betsy.

—¡Por fin! —exclamó con alegría—, ¿Y A

Vronski se dio cuenta de que el entusiasmo de Betsy disminuía al enterarse de que aún no habían obtenido el divorcio.

—Sé que me arrojarán piedras —dijo—, pero iré a ver a A

En efecto, ese mismo día visitó a A

—Todavía no me ha dicho cuándo obtendrá el divorcio. Yo puedo ponerme el mundo por montera, pero mis encopetados amigos le harán el vacío mientras no se case. Ahora eso es muy sencillo. Ça se fait. 94Entonces ¿os vais el viernes? Es una pena que no nos veamos más.

Por el tono de Betsy, Vronski podría haber comprendido la acogida que le esperaba en sociedad. Pero hizo un intento más con su familia. No se hacía muchas ilusiones con su madre. Sabía que se había quedado prendada de A

Al día siguiente de su llegada, Vronski la visitó y, al encontrarla sola, le expuso sin ambages su deseo.

—Como bien sabes, Alekséi —dijo Varia, después de escucharle—, te tengo mucho cariño y estoy dispuesta a hacer cuanto esté en mi mano. Si he guardado silencio hasta ahora es porque sabía que no podía serte de ninguna utilidad, como tampoco a A

—¡No creo que haya caído más bajo que centenares de mujeres a las que recibes! —le interrumpió Vronski, más sombrío aún, y se levantó en silencio, pues había comprendido que la decisión de su cuñada era inquebrantable.

—¡Alekséi! No te enfades conmigo. Haz el favor de comprender que yo no tengo la culpa —dijo Varia, mirándole con una tímida sonrisa.

—No estoy enfadado contigo —replicó Vronski, con la misma expresión de contrariedad—, pero esto me resulta doblemente doloroso. Lamento que nuestra amistad se rompa. O, al menos, si no se rompe, que se debilite. Como comprenderás, no me queda otra salida.

Tras pronunciar estas palabras, Vronski se marchó. Había comprendido que era inútil hacer más pruebas y que debían pasar esos días en San Petersburgo como si estuvieran en una ciudad extraña, evitando cualquier contacto con su antiguo círculo de amistades para no exponerse a escenas desagradables y ofensivas que tan dolorosas le resultaban. Una de las cosas que más le disgustaban era ver a Alekséi Aleksándrovich a cada paso, oír su nombre en todas partes. Era imposible iniciar una conversación sin que acabara girando en torno a este hombre. No había manera de ir a ningún sitio sin encontrárselo. Al menos así se lo parecía a Vronski, de la misma manera que quien tiene un dedo dolorido se figura que recibe en él todos los golpes, como a propósito.

La estancia en San Petersburgo se le hizo aún más penosa porque observaba en A

 

XXIX

Para A

Llevaba ya dos días en la ciudad. El recuerdo de su hijo no le abandonaba ni un instante. Le parecía que no tenía derecho a presentarse sin más en la casa, donde podía encontrarse con Alekséi Aleksándrovich. Cabía la posibilidad de que no la dejaran entrar y la ofendieran. Y la simple idea de escribir y ponerse en contacto con su marido se le antojaba insoportable: sólo podía conservar la tranquilidad mientras no pensara en él. Averiguar dónde iba su hijo de paseo y a qué horas y arreglárselas para contemplarlo de lejos no le bastaba. ¡Se había preparado tanto para ese encuentro, tenía tantas cosas que decirle! ¡Y cuánto deseaba besarlo y abrazarlo! La vieja niñera de Seriozha podía ayudarla, indicarle los pasos a seguir. Pero ya no vivía en la casa. Así pasó dos días, sumida en esas dudas, haciendo averiguaciones para encontrar a la niñera.