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El brillo irónico desapareció de los ojos de A

—Pronto, pronto. Dices que nuestra situación es un suplicio, que debe resolverse. Si supieras lo mucho que sufro, lo que daría por poder amarte libremente, a la luz del día. Ni yo me atormentaría ni te atormentaría a ti con mis celos... Y eso ocurrirá pronto, pero no de la manera que nos figuramos.

Al pensar en lo que, según ella, iba a suceder, se sintió tan digna de lástima que los ojos se le llenaron de lágrimas y ya no pudo continuar. Apoyó en el brazo de Vronski su mano blanquísima, cuyas sortijas brillaban a la luz de la lámpara.

—No será como nos imaginamos. No quería hablarte de esto, pero me has obligado. Pronto, muy pronto, se resolverá todo, y todos nosotros encontraremos la paz y dejaremos de sufrir.

—No te entiendo —replicó Vronski, aunque la entendía perfectamente.

—Me has preguntado que cuándo será. Pronto. Pero yo no sobreviviré. ¡No me interrumpas! —y empezó a hablar muy deprisa—. Lo sé, estoy plenamente convencida. Voy a morir, y la verdad es que me alegro, pues así os libero a los dos.

Las lágrimas brotaron de sus ojos. Vronski se inclinó hacia su mano y se puso a besarla, tratando de ocultar su emoción, que no era capaz de controlar, a pesar de que sabía que no tenía ningún fundamento.

—Sí, es lo mejor —dijo A

Vronski se recobró y levantó la cabeza.

—¡Qué bobada! ¡Lo que dices no tiene ningún sentido!

—Es la verdad.

—¿Qué es lo que es verdad?

—Que me voy a morir. Lo he soñado.

—¿Que lo has soñado? —repitió Vronski y por un instante se acordó del campesino al que había visto en sueños.

—Sí, hace ya mucho tiempo —respondió A

—¡Ah, qué tontería! Cómo puedes creer...

Pero A

—Esa figura se volvió, y entonces pude ver que era un campesino pequeño y terrible, con la barba desgreñada. Quise echar a correr, pero él se inclinó sobre un saco y se puso a rebuscar en su interior...

A

—Mientras rebuscaba en el saco, pronunciaba muy deprisa unas palabras en francés, ya sabes, arrastrando las erres: « Il faut le battre le fer, le broyer, le pétrir...». 68Sobrecogida de espanto, quise despertar, y me desperté... pero en un sueño. Y empecé a preguntarme qué significaba todo eso. Oí que Kornéi me decía: «Al dar a luz, madrecita, se morirá usted al dar a luz». Entonces me desperté de verdad...

—¡Qué bobada! ¡Qué bobada! —dijo Vronski, aunque él mismo se daba cuenta de que su voz no sonaba nada convincente.

—Bueno, no hablemos más de eso. Haz el favor de llamar. Voy a ordenar que nos sirvan el té. Pero espera un momento. Creo que pronto...

A

 

IV

Después de encontrarse con Vronski en la entrada de su propia casa, Alekséi Aleksándrovich se dirigió a la ópera italiana, como tenía pensado. Se quedó dos actos completos y vio a todas las personas que necesitaba ver. Una vez en casa, examinó el perchero y, al comprobar que no había ningún capote militar, pasó a sus habitaciones, como hacía siempre. No obstante, en lugar de irse a dormir, como tenía por costumbre, estuvo recorriendo el despacho arriba y abajo hasta las tres de la madrugada. Le indignaba que su mujer no hubiera querido guardar las formas y se hubiera negado a cumplir la única condición que le había puesto: no recibir a su amante en su propia casa. Puesto que no había cumplido lo que le había ordenado, debía castigarla, llevando a cabo su amenaza: pedir el divorcio y quitarle a su hijo. Sabía todas las dificultades que entrañaba esa decisión, pero había dicho que lo haría y ahora iba a cumplir su amenaza. La condesa Lidia Ivánovna le había indicado más de una vez que era la mejor salida para la situación en la que se encontraba, y en los últimos tiempos la práctica de los divorcios había llegado a tal grado de perfección que Alekséi Aleksándrovich consideró posible vencer las dificultades formales. Además, las desgracias nunca vienen solas. La cuestión del asentamiento de las minorías raciales y la irrigación de los campos de la provincia de Zaraisk le estaba dando tantos disgustos que en los últimos tiempos se hallaba en un estado de irritación permanente.

No pegó ojo en toda la noche, y su enfado, que no paraba de crecer, llegó al límite por la mañana. Se vistió a toda prisa y, como si llevara una copa llena de ira y temiera derramarla, perdiendo no sólo la ira sino también la energía que necesitaba para enfrentarse con su mujer, entró en su dormitorio en cuanto se enteró de que se había levantado.

A

—¿Qué es lo que quiere? —gritó A

—Las cartas de su amante —respondió Karenin.

—No están aquí —dijo ella, cerrando el cajón. Al ver este gesto, Alekséi Aleksándrovich adivinó que había dado en el clavo y, apartando bruscamente la mano de A

—¡Siéntese! Tengo que hablar con usted —dijo, poniéndose la cartera debajo del brazo y apretándola con tanta fuerza con el codo que el hombro se le levantó.

A

—Ya le dije que no le iba a permitir que recibiera a su amante en mi propia casa.

—Tenía que verle para...

A

—No voy a entrar en detalles de por qué una mujer necesita ver a su amante.

—Sólo quería... —replicó A

—Se puede ofender a un hombre o una mujer honrados, pero llamar ladrón a quien lo es no es más que la constatation d'un fait.

—Aún no conocía ese rasgo de usted: la crueldad.

—¿Considera usted cruel que un marido conceda entera libertad a su mujer y le ofrezca la salvaguarda de un nombre honrado con la única condición de que guarde las apariencias? ¿Es eso crueldad?

—¡Es algo mucho peor, es una bajeza, por si quiere usted saberlo! —exclamó A

—No —gritó Karenin con su voz chillona, que ahora sonó incluso más aguda y, cogiéndola del brazo, la obligó a sentarse en su sitio: sus grandes dedos la habían apretado con tanta fuerza que el brazalete que llevaba A