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Y se detuvo de nuevo.
Igual que había hecho cuando se enteró de que A
Una vez leída la carta, Vronski la miró con ojos indecisos, y A
—Ya ves qué clase de persona es —dijo con voz trémula—. Él...
—Perdona, pero yo me alegro —la interrumpió Vronski—. Déjame terminar, por el amor de Dios —añadió, suplicándole con la mirada que le diera tiempo para explicarse—. Me alegro porque las cosas no pueden quedar como él supone.
—¿Y por qué? —preguntó A
Lo que Vronski quería decirle era que, después del duelo, que él juzgaba inevitable, la situación tendría que cambiar, pero dijo otra cosa.
—Esto no puede seguir así. Espero que ahora lo abandones —se turbó y se ruborizó— y que me permitas organizar nuestra vida. Mañana mismo... —prosiguió.
A
—¿Y mi hijo? —exclamó—. ¿Es que no has visto lo que me escribe? Tendría que abandonarlo y yo no puedo ni quiero hacer eso.
—Pero ¿qué es preferible, por el amor de Dios? ¿Abandonar a tu hijo o continuar en esta situación humillante?
—¿Humillante para quién?
—Para todos, sobre todo para ti.
—¡Humillante!... No hables así. Esas palabras no tienen sentido para mí —replicó A
No pudo terminar la frase. Lágrimas de vergüenza y desesperación ahogaron su voz. Se detuvo y estalló en sollozos.
A Vronski también se le hizo un nudo en la garganta y sintió una especie de cosquilleo en la nariz. Por primera vez en su vida estaba a punto de echarse a llorar. No habría sabido explicar qué era lo que le conmovía. Le daba pena de A
—¿Es que no hay modo de obtener el divorcio? —dijo con un hilo de voz. Ella, sin responder palabra, negó con la cabeza—. ¿Y no puedes abandonar a tu marido y llevarte a tu hijo?
—Sí, pero todo depende de él. Y ahora tengo que volver a su casa —dijo A
—El martes iré a San Petersburgo. Entonces se decidirá todo.
—Sí —dijo A
El coche de A
XXIII
El lunes la comisión del 2 de junio celebraba una sesión ordinaria. Alekséi Aleksándrovich entró en la sala de reuniones, saludó a los miembros y al presidente, como de costumbre, y se sentó en su sitio, poniendo una mano en los documentos preparados delante de él, entre los que se encontraban las referencias que necesitaba y el borrador del discurso que se proponía pronunciar. Pero lo cierto es que las referencias no le hacían falta. Se acordaba de todo y no consideraba necesario repetir en su memoria lo que iba a decir. Sabía que, una vez llegado el momento, cuando viera el rostro de su adversario, que se esforzaría en vano por aparentar indiferencia, las palabras brotarían con mayor fluidez que si las hubiera preparado de antemano. Era consciente de que el contenido de su discurso era de tanto calado que cada uno de los vocablos estaría revestido de significado. Mientras llegaba su momento, escuchaba con aire inocente e inofensivo el informe habitual. Al ver sus manos blancas, de venas hinchadas, sus largos dedos, que rozaban con tanta delicadeza los bordes del papel blanco que tenía delante, y su cabeza ladeada, con esa expresión de fatiga, nadie habría podido imaginar que al cabo de un instante iban a salir de su boca unas frases que desencadenarían una tormenta espantosa, suscitarían gritos entre los miembros de la comisión, que se interrumpirían unos a otros, y obligarían al presidente a llamarles al orden. Una vez terminada la lectura del informe, Alekséi Aleksándrovich anunció con su voz serena y aguda que iba a exponer algunas ideas relativas al asentamiento de las minorías raciales. Toda la atención se concentró en él. Alekséi Aleksándrovich se aclaró la garganta y, fiel a su costumbre de no mirar a su adversario cuando pronunciaba un discurso, clavó los ojos en la primera persona sentada delante de él, un viejecito menudo y pacífico que jamás expresaba su parecer en la comisión, y empezó a exponer sus consideraciones. Cuando pasó a ocuparse de la ley orgánica y fundamental, su adversario se levantó de un salto y empezó a hacerle objeciones. Strémov, que también era miembro de la comisión y también se sentía herido en lo vivo, trató de justificarse. A partir de ese momento la sesión degeneró en trifulca. Pero Alekséi Aleksándrovich triunfó y su proposición fue aprobada. Se nombraron tres comisiones nuevas, y al día siguiente, en cierto círculo petersburgués, no se hablaba más que de esa sesión. El éxito de Alekséi Aleksándrovich superó incluso sus expectativas.
Al día siguiente, martes, nada más despertarse, recordó con satisfacción la victoria de la víspera y no pudo por menos de sonreír, aunque intentó aparentar indiferencia cuando el secretario de su departamento, deseando halagarlo, le habló de los rumores que corrían sobre lo que había sucedido en la comisión.
Absorto en los asuntos que examinaba con el secretario, Alekséi Aleksándrovich se olvidó por completo que ese martes era el día señalado para el regreso de A
A