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—Pero ¡qué mujeres! —exclamó Vronski, recordando a la francesa y a la actriz con las que tenían relaciones los dos personajes mencionados.

—Cuanto más destacada sea la posición de una mujer en sociedad, mayores serán las dificultades. En ese caso ya no se trataría sólo de cargar con un fardeauen las manos, sino de quitárselo a otro.

—Tú nunca has amado —dijo Vronski en voz baja, mirando al frente y pensando en A

—Puede ser. Pero recuerda lo que te he dicho. Y una cosa más: las mujeres son más materialistas que los hombres. Para nosotros el amor es algo grandioso, pero ellas están siempre terre-à-terre. 59¡Ya vamos! ¡Ya vamos! —le dijo a un criado que entró en la habitación, pensando que iba a buscarlos.

Pero el criado traía un billete para Vronski.

—De parte de la princesa Tverskaia.

Vronski abrió el billete y se ruborizó.

—Me ha entrado dolor de cabeza. Me voy a casa —le dijo a Serpujovski.

—Bueno, pues adiós. Entonces, ¿me das carte blanche?

—Ya hablaremos en otra ocasión. Te veré en San Petersburgo.

 

XXII

Ya eran más de las cinco. Para llegar a tiempo a la cita y no servirse de sus propios caballos, que todo el mundo conocía, Vronski montó en el coche de alquiler de Yashvín y ordenó al cochero que fuera lo más deprisa posible. Era un carruaje viejo de cuatro plazas, bastante espacioso. Se sentó en un rincón, extendió las piernas sobre el asiento delantero y se quedó pensativo.

La vaga conciencia de haber puesto en orden sus asuntos, el vago recuerdo de la amistad y los elogios de Serpujovski, que le consideraba un hombre necesario y, por encima de todo, la inminente entrevista con A

«¡Ah, qué bien me encuentro! ¡Qué bien!», se dijo. Ya antes había conocido esa suerte de satisfacción por su propio cuerpo, pero nunca se había querido tanto como ahora. Le agradaba percibir ese leve dolor en la pierna fuerte, así como el movimiento de los músculos del pecho al respirar. Hasta ese día despejado y frío de agosto, que tanto había desanimado a A

—¡Más deprisa, más deprisa! —le dijo al cochero, asomándose a la ventanilla. Y, sacando del bolsillo un billete de tres rublos, se lo alargó cuando éste se volvió. La mano del cochero palpó algo al lado del farol, blandió el látigo, que silbó en el aire, y el coche rodó veloz por la calzada lisa.

«No necesito nada, nada más que esta felicidad —pensaba, contemplando el botón de marfil de la campanilla entre las dos ventanillas y representándose a A

Al verle, A

—Espero que no te hayas enfadado por haberte llamado. Tenía que verte sin falta —dijo.

Nada más ver el pliegue severo y duro de sus labios, por debajo del velo, el humor de Vronski cambió por completo.

—¡Cómo voy a enfadarme! Pero ¿qué haces aquí? ¿Y cómo has venido?

—Eso es lo de menos —replicó A

Vronski comprendió que había sucedido algo y que la entrevista no sería alegre. En presencia de A

—¿Qué pasa? ¿Qué? —preguntó, apretando la mano de A

A

—Ayer no te dije —empezó, respirando muy deprisa, con evidente esfuerzo— que al volver a casa con Alekséi Aleksándrovich se lo confesé todo... Le dije que no podía seguir siendo su mujer, que... Se lo dije todo.

Vronski la escuchaba, inclinando el cuerpo sin darse cuenta, como si deseara aliviar de ese modo lo penoso de su situación. Pero, en cuanto A

—¡Sí, sí, es mejor así! ¡Mil veces mejor! Me doy cuenta de lo mucho que habrás sufrido —dijo.

Pero ella, sin prestar atención a lo que le decía, le miraba a los ojos, tratando de adivinar sus pensamientos. Lo primero que se le pasó a Vronski por la cabeza fue que, dadas las circunstancias, un duelo se hacía inevitable, y a esa razón obedecía su expresión. Pero A

Después de recibir la carta de su marido, había comprendido en el fondo de su alma que todo seguiría como antes, que no tendría fuerzas para renunciar a su posición, abandonar a su hijo y unirse a su amante. Y su visita a la princesa Tverskaia la había confirmado aún más en sus sospechas. En cualquier caso, esa entrevista era para ella de una importancia capital. Albergaba la esperanza de que cambiara su situación y la salvara. Si al oír esa noticia Vronski le decía con resolución y apasionamiento, sin vacilar un solo instante: «¡Déjalo todo y huye conmigo!», abandonaría a su hijo y se marcharía con él. Pero su anuncio no había causado en Vronski el efecto que ella había previsto. Sólo parecía ofendido por algo.

—No he sufrido lo más mínimo. Pasó así sin más —dijo con irritación—. Y mira... —añadió, sacando del guante la carta de su marido.

—Entiendo, entiendo —la interrumpió Vronski, cogiendo la carta, pero en lugar de leerla, procuró tranquilizarla—. Siempre he deseado y te he pedido que acabaras de una vez con esta situación para poder consagrar mi vida a tu felicidad.

—¿Por qué me dices eso? —preguntó A

—¿Quién se acerca por ahí? —dijo de pronto Vronski, señalando a dos señores que iban hacia ellos—. Tal vez nos conozcan. —Y se internó a toda prisa en un paseo lateral, arrastrando a A

—¡Ah, me da igual! —exclamó A