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IV
Cuando la princesa María entró en la sala ya estaban allí el príncipe Vasili y su hijo, que charlaban animadamente con la pequeña princesa Lisa y mademoiselle Bourie
—Voilà Marie!
La princesa María vio a todos con detalle. Vio el rostro del príncipe Vasili, quien por un instante quedó serio a la vista de la princesa, pero sonrió en seguida. Vio a la pequeña princesa, quien, con curiosidad, leía en el rostro de los hombres la impresión que les hacía su cuñada. Vio a mademoiselle Bourie
—Al menos ahora, querido príncipe, podemos gozar completamente de su compañía— dijo Lisa, en francés, como de costumbre, dirigiéndose al príncipe Vasili. No como en las veladas de A
—¡Oh! Supongo que no me hablará de política, como A
—¿Y nuestra mesa de té?
—Ah, sí.
—¿Por qué no iba nunca a las veladas de A
—¿Y no le ha contado Hipólito?— dijo el príncipe Vasili, tomando la mano de la pequeña princesa, como si ella tratara de escapar y quisiera retenerla. —¿No le ha dicho cómo él mismo se consumía de amor por una encantadora princesa y ella le mettait à la porte?... 212—Oh! C’est la perle des femmes, princesse— añadió volviéndose a María. 213
Mademoiselle Bourie
Se permitió preguntar a Anatole si hacía tiempo que había abandonado París y qué impresión le había producido la ciudad. Anatole, sonriendo, respondió gustosamente a la pregunta, y sin apartar la vista de la bonita mademoiselle Bourie
El viejo príncipe se vestía sin prisas en su cuarto, ceñudo y meditando en lo que debía hacer. Lo contrariaba la llegada de los huéspedes. “¿Qué me importan a mí el príncipe Vasili y su hijito? El príncipe es hombre vanidoso y superficial, y su hijo debe de ser por el estilo.” Lo contrariaba que su llegada viniera a plantearle un problema latente que en su fuero interno no estaba todavía maduro, un problema acerca del cual el viejo príncipe siempre trataba de engañarse a sí mismo: ¿Se decidiría alguna vez a separarse de la princesa María y darle un marido? El príncipe no se atrevía nunca a plantearse claramente esa pregunta, porque de antemano sabía que su respuesta sería justa y la justicia iba en contra, en este caso, más que de su sentimiento, de todas las posibilidades mismas de su vida. Para el príncipe Nikolái Andréievich —aunque pareciese que quería poco a su hija— la vida resultaba incomprensible sin la princesa María. “¿Qué necesidad tiene de casarse? —pensaba—. Sería infeliz seguramente. Ahí están Lisa y Andréi (y me parece que ahora es difícil encontrar un marido mejor que él), ¿y acaso está contenta Lisa con su suerte? Además, ¿quién va a casarse con María por amor? Es fea y desgarbada. Se casarán con ella por su posición y su dinero. ¿Es que no puede vivir siendo soltera? Más feliz aún.” Así reflexionaba, mientras acababa de vestirse, el príncipe Nikolái Andréievich; pero la pregunta, siempre soslayada, exigía una respuesta inmediata. El príncipe Vasili traía a su hijo con el evidente propósito de pedir la mano de María y tal vez aquel mismo día o al siguiente habría que dar una respuesta definitiva. “Tiene nombre y buena posición en sociedad. Y bien, yo no pondré obstáculos —se dijo el príncipe—, pero tiene que ser digno de ella. Eso es lo que queda por ver.”
—Eso es lo que queda por ver— dijo en voz alta. —Lo que queda por ver.
Y, como siempre, entró en la sala con paso resuelto, abarcó con rápida mirada a todos; advirtió el vestido nuevo de la pequeña princesa, la cinta de Bourie
Se acercó al príncipe Vasili:
—Buenas tardes, buenas tardes. Estoy muy contento de verte.
—No hay distancias cuando se trata de ver a un buen amigo— dijo el príncipe Vasili rápidamente, con la firmeza y familiaridad de siempre. —Este es mi hijo menor. Le ruego que lo trate con simpatía y benevolencia.