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Y ahora, bromas aparte, padre. ¿De veras que es tan fea? preguntó Anatole en francés, como si reanudara una conversación corriente durante el viaje.
—¡No digas tonterías! Lo principal es que procures ser respetuoso y sensato con el viejo príncipe.
—Si me dice una inconveniencia, me voy— dijo Anatole. —Detesto a esos vejestorios.
—Recuerda que para ti de esto depende todo.
Mientras tanto, entre las mujeres no sólo se conocía la llegada del príncipe Vasili con su hijo Anatole, sino que se comentaban toda clase de detalles sobre ambos. La princesa María, sola en su estancia, se esforzaba en vano por dominar la propia emoción.
“¿Por qué me escribirían? ¿Por qué me habló de eso Lisa? ¡Si eso es imposible! —se decía, mirándose en el espejo— ¿Cómo voy a presentarme ahora en la sala? Aunque me gustara, no podría comportarme con naturalidad.” Sólo la idea de cómo la miraría su padre la llenaba de pavor.
La pequeña princesa y mademoiselle Bourie
—Ils sont arrivés, Marie 204— dijo la pequeña princesa cayendo pesadamente sobre una butaca. —¿Lo sabe?
No llevaba ya la blusa sencilla que vestía por la mañana; se había puesto uno de sus mejores vestidos. Sus cabellos estaban cuidadosamente peinados y su rostro lleno de animación no lograba borrar, sin embargo, el cambio operado en sus facciones. Con aquel vestido que solía llevar en las fiestas de San Petersburgo se advertía todavía más cuánto se había afeado. Mademoiselle Bourie
—Eh bien, et vous restez comme vous êtes, chère princesse?— dijo. —On va venir a
La pequeña princesa se levantó, llamó a la doncella y, con alegría presurosa, se puso a escoger un vestido para su cuñada. La princesa María se sentía ofendida en su dignidad por el hecho de que la llegada del pretendiente la turbase de aquella manera, y aún más porque la pequeña princesa y mademoiselle Bourie
—No, no, ma bo
Y no era el vestido lo que estaba mal, sino toda la figura de la princesa, empezando por su rostro. No lo veían así mademoiselle Bourie
—No, imposible— dijo resueltamente, dando unas palmadas de nuevo. —Non, décidément, Marie, cela ne vous va pas. Je vous aime mieux dans votre petite robe grise de tous les jours. Non, de grâce, faites cela pour moi 206— y se volvió a la doncella: —Katia, trae el vestido gris de la princesa. Ya verá, mademoiselle Bourie
Pero cuando Katia trajo su vestido gris, la princesa María, inmóvil delante del espejo, mirándose en él, notó que sus ojos estaban llenos de lágrimas y que la boca le temblaba presta a sollozar.
—Voyons, chère princesse, encore un petit effort— dijo mademoiselle Bourie
Lisa tomó el vestido de manos de la doncella y se acercó a la princesa María.
—Ahora lo dejaremos todo sencillo y agradable.
Su voz, la de mademoiselle Bourie
—Non, laissez-moi— dijo la princesa. 208
Su voz denotaba tal gravedad y sufrimiento que el gorjeo cesó instantáneamente. Vieron en sus ojos, grandes, hermosos y profundos, llenos de lágrimas, una expresión tan llena de súplica que comprendieron que habría sido inútil y hasta cruel insistir.
—Au moins, changez de coiffure— dijo Lisa. —Je vous le disais bien— volviéndose con tono de reproche a mademoiselle Bourie
—Non, laissez-moi, laissez-moi, tout ça m’est parfaitement égal— su voz a duras penas dominaba sus lágrimas. 210
La princesa María, así arreglada, estaba muy fea, peor que siempre, y tanto la pequeña princesa como mademoiselle Bourie
—Vous changerez, n’est-ce pas?— preguntó Lisa. 211
La princesa María no contestó y Lisa salió de la cámara.
La princesa quedó sola. No atendió el deseo de Lisa, no cambió su peinado y ni siquiera miró el espejo. Con los brazos caídos y los ojos bajos, quedó sumida en sus pensamientos. Se imaginaba a su esposo, a un hombre, un ser fuerte de incomprensible atractivo, que de improviso la llevaba a su mundo, a un universo del todo distinto y lleno de felicidad. Después se veía con suprimer hijo, junto a su pecho, un niño como el que había visto la víspera en casa de la hija de su nodriza. El marido miraba tiernamente a la madre y al hijo. Y pensó: “Es imposible; soy demasiado fea”.
Detrás de la puerta sonó la voz de la doncella:
—El té está servido y el príncipe va a salir.
Volvió en sí y se horrorizó de sus pensamientos. Antes de bajar se acercó al oratorio y fijando sus ojos en una gran imagen negra del Salvador, alumbrada por una lamparilla, juntó las manos y se recogió así unos momentos. Una duda punzante atormentaba el alma de la princesa María. ¿Le estaba reservada la alegría del amor, del amor terrenal por un hombre? Pensando en el matrimonio, la princesa María soñaba con la felicidad familiar, los hijos, pero su sueño principal, el más intenso y oculto, era el amor terrenal. Ese sentimiento era tanto mayor cuanto más trataba de ocultarlo a los demás o aun a sí misma. “Dios mío, ¿cómo arrojar del corazón estos pensamientos del demonio? ¿Cómo alejar las malvadas tentaciones para siempre, para cumplir tranquilamente tu voluntad?” Y apenas lo hubo preguntado le pareció que Dios contestaba en el fondo de su propio corazón: “No desees nada para ti, no busques nada, no te inquietes, no tengas envidia. El porvenir de los hombres y tu destino deben serte desconocidos, pero vive siempre preparada para todo. Si Dios quiere probarte con los deberes del matrimonio, debes estar dispuesta a cumplir su voluntad”. Con este pensamiento tranquilizador —pero también con la esperanza de su sueño terrenal prohibido— la princesa María, suspirando, se persignó y salió de allí sin pensar más en el vestido ni en el peinado, ni en cómo se presentaría o en qué había de decir. ¡Qué podía importar todo ello en comparación con los designios de Dios, sin cuya voluntad no cae ni un solo pelo de la cabeza del hombre!