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Cesaron los cantos religiosos y se oyó la voz de un sacerdote que felicitaba respetuosamente al enfermo por haber recibido los sacramentos. El conde seguía inmóvil, como privado de vida. Todos se agitaron en derredor; se oían pasos y murmullos, sobre los que dominaba el de A
—Es necesario llevarlo al lecho, aquí no sería posible...
Los médicos, las princesas y los criados rodearon al enfermo, de tal manera que Pierre ya no distinguía el rostro cobrizo y la melena gris que no había perdido de vista durante todo el ritual, aunque también veía otras caras. Pierre adivinó, por los movimientos cautelosos de las personas que rodeaban el sillón, que levantaban y trasladaban al moribundo.
—Sujétate a mi brazo... así lo dejarás caer— llegaba hasta Pierre el cuchicheo asustado de un sirviente, —por abajo... otro más...— proseguían las voces. La respiración forzada, el taconeo de los pies se hacían cada vez más precipitados, como si el cuerpo pesase demasiado para quienes lo llevaban.
También estaba A
Hubo unos momentos de revuelo en torno al alto lecho; los hombres que lo habían llevado se alejaron. A
—Quiere volverse del otro lado— murmuró el sirviente; y se acercó para volver el pesado cuerpo del enfermo de cara a la pared.
Pierre se levantó para ayudarlo.
Mientras volvían al conde, uno de sus brazos cayó hacia atrás y él hizo un vano esfuerzo por moverlo. Sea porque notara la mirada de temor que Pierre fijó sobre aquel brazo sin vida, sea por algún otro pensamiento que hubiera acudido a su mente, el conde miró su rebelde mano, la expresión atemorizada del rostro de Pierre, de nuevo el brazo, y en su rostro apareció una débil sonrisa dolorida, que desentonaba con sus rasgos y parecía burlarse de su propia impotencia. Ante aquella inesperada sonrisa, Pierre sintió que su corazón se oprimía, un picor en la nariz y las lágrimas le velaron los ojos. Una vez vuelto hacia la pared al enfermo, suspiró.
—Il est assoupi— dijo A
Pierre salió.
XXI
Ya no había nadie en la sala de recepción, excepto el príncipe Vasili y la mayor de las princesas; sentados bajo el retrato de Catalina II, hablaban animadamente. Al ver a Pierre y A
—No puedo ver a esa mujer.
—Catiche a fait do
A Pierre no le dijo nada, pero le estrechó el brazo por debajo del hombro con sentimiento. Pierre y A
—Il n’y a rien qui restaure, comme une tasse de cet excellent thé russe après une nuit blanche 115— decía Lorrain con animación contenida, de pie en el saloncito circular, ante la mesa con el servicio de té y una cena fría. El médico bebía en una finísima taza de porcelana china sin asa. En torno a la mesa se habían reunido para restaurar sus fuerzas cuantos estuvieron aquella noche en la casa del conde Bezújov. Pierre recordaba bien aquel saloncito circular con sus espejos y mesitas. Cuando había alguna fiesta en casa del conde, Pierre, que no sabía bailar, prefería sentarse en aquella salita a observar cómo las damas, en traje de noche, con diamantes y perlas en los escotes desnudos, al atravesar la estancia espléndidamente iluminada se miraban en los espejos, que reflejaban varias veces sus figuras. Ahora, en esa misma sala apenas iluminada por dos velas, habían puesto en desorden, sobre una mesa, el servicio de té y diversos platos ordinarios. Las personas reunidas allí, diversas y con aspecto poco festivo, hablaban en voz baja y cuidaban de expresar en cada movimiento, en cada palabra, que ninguno olvidaba lo que estaba sucediendo y lo que iba a suceder en la alcoba del enfermo. Pierre se abstuvo de comer, aunque sentía hambre. Se volvió a su mentora en busca de consejo y vio que se dirigía, de puntillas, hacia la sala contigua donde habían quedado el príncipe Vasili y la princesa Catiche. Pierre, suponiendo que también aquello era necesario, después de unos instantes siguió sus pasos. A
—Permítame, princesa; sé lo que se debe y lo que no debe hacerse— decía la mayor de las princesas, tan poco dueña de sí como cuando, poco antes, había cerrado la puerta de su habitación.