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La otra vez, muchos años después de la salida de Kumbel, de instalarse y enraizarse en Boranly-Burá
- Nos hemos enriquecido tú y yo, kazajo, ¡ha llegado el momento de que nos eliminen de nuevo por kulaks!
Kazangap le lanzó una viva mirada, y sus bigotes llegaron a erizarse:
- ¡Habla sin pasarte!
- ¿Cómo, no sabes comprender una broma?
- Con eso no se bromea.
- Déjalo ya, kazajo. Han pasado cien años...
- De eso se trata. Aunque te quiten los bienes, no te pierdes, sobrevives. Pero el alma queda pisoteada, y eso no se arregla de ninguna manera...
Pero aquel día que iban de camino por Sary-Ozeki, de Kumbel a Boranly-Burá
–No, gracias a Dios estoy sano –respondió Kazangap–. No tuve ninguna enfermedad, y pienso que habría luchado no menos que los demás. Sólo que las cosas salieron de otra manera...
Después que Kazangap no se atreviera a volver a Beshagach, marido y mujer quedaron encallados en Kumbel sin tener adónde ir. No podían volver de nuevo a la Estepa del Hambre, estaba demasiado lejos, y además no habría merecido la pena haberse marchado. Ir al Aral era una idea que ya habían abandonado. Y el jefe de la estación, un alma buena, advirtió su presencia, y después de interrogarlos, de preguntarles de dónde venían y en qué pensaban trabajar, instaló a Kazangap y a Bukéi en un mercancías que pasaba por el apartadero de Boranly-Burá
Y pasaron los convoyes a través de Boranly-Burá
Una tras otra las locomotoras bramaban exigiendo la apertura del semáforo, y a su encuentro volaban otros tantos silbidos... Las traviesas no soportaban tanta carga, se curvaban, los raíles se gastaban antes de tiempo, se deformaban bajo el peso de los sobrecargados vagones. Apenas terminaban la sustitución de un tramo, ya se requería urgentemente la reparación de la vía en otro...
Aquello no tenía fin ni límite. ¿De dónde sacarían aquel i
Después de cierto tiempo llególe también el turno a Kazangap. Exigíanle su participación en la guerra. De Kumbel le enviaron una papeleta: que se presentara en el punto de concentración. El jefe del apartadero se llevó las manos a la cabeza y soltó unos gemidos: se llevaban al mejor ferroviario, y ya no había en Boranly-Burá
Estaba ya en el umbral el primer invierno de guerra, un invierno prematuro que se adelantaba con sus crepúsculos oscuros, que se abría paso con sus fríos. La víspera de aquella mañana había nevado. Nevó por la noche. Primero fue un polvo escaso, luego empezó a caer densa y obstinadamente. Y bajo el majestuoso silencio de Sary-Ozeki, que se extendía sin límites, cayó por llanuras, depresiones y barrancas, cual compacto sudario una pura blancura celestial. Y al instante se pusieron en movimiento los vientos de Sary-Ozeki jugando con aquella capa aún no consolidada. Fueron todavía unos vientos iniciales, de ensayo, que luego se arremolinarían, se desencadenarían y levantarían grandes tempestades de nieve. ¿Y qué pasaría entonces con el fino hilo del ferrocarril, que cortaba de extremo a extremo las tierras Centrales de las grandes estepas amarillas como una venilla en la sien? Esta vena palpitaba: pasaban y pasaban los trenes en uno y en otro sentido...
Aquella mañana Kazangap partió para el frente. Partió solo, sin despedidas de ningún género. Cuando salieron de casa, Bukéi se detuvo y dijo que la cabeza le daba vueltas por culpa de la nieve. Kazangap tomó de sus manos el bien abrigado bebé. En aquella época, Aizada ya había nacido. Y echaron a andar, probablemente por última vez, dejando tras de sí una serie de huellas sobre la nieve. Pero no fue la esposa quien acudió a despedirle, fue él quien finalmente la condujo hasta la garita del guardagujas antes de subirse a un mercancías que pasaba para Kumbel. Bukéi se quedaba de guardagujas en lugar de su marido. Allí se despidieron. Todo cuanto había que decir ya se había dicho y se había llorado por la noche. La locomotora estaba ya dispuesta a partir. El maquinista le apremiaba, llamaba a Kazangap. Y así que éste subió a su cabina, la locomotora lanzó un largo silbido y, ganando velocidad, atravesó las agujas balanceándose de junta en junta. Allí, dándoles paso, estaba Bukéi de pie, estrechamente abrigada en un gran pañuelo, ceñida, con botas de hombre, la banderita en una mano y la niña en la otra. Por última vez se hicieron señas mutuamente... Pasaron fugazmente, la cara, la mirada, la mano, el semáforo...
Entretanto, el tren corría ya a gran velocidad, retumbando entre la nieve lechosa de Sary-Ozeki que afluía y pasaba silenciosamente por su lado como un blanco sueño. El viento soplaba sobre la locomotora agregando al indestructible olor de escoria quemada el perfume fresco de la primera nieve de la estepa... Kazangap procuraba retener el mayor tiempo posible en sus pulmones aquel hálito invernal de los espacios de Sary-Ozeki, y entonces comprendió que aquella tierra ya no le era indiferente...