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El doctor Blagovo me preguntó —y esa fue su única pregunta memorable— por qué no firmaba mis libros con el título que acompañaba mi nombre milenario. Le contesté que precisamente por ser snob consideraba que los malos lectores siempre están enterados de la ascendencia de un escritor, y esperaba que los buenos lectores estuvieran más interesados en mis libros que en mi árbol genealógico. El doctor Blagovo era un viejo chocho y sus puños postizos podrían haber estado más limpios; pero hoy, al evocarlo en una apenada perspectiva de años, respetp su memoria: no sólo era el padre de mi pobre A

El doctor Blagovo (1867-1940) se había casado a los cuarenta años con una beldad provinciana de Kineshma, una aldea junto al Volga, a pocos kilómetros al Sur de una de mis fincas campestres más románticas, famosa por sus desfiladeros agrestes que ahora son fosas para cadáveres y escenarios de matanzas, pero que entonces eran magníficas evocaciones de jardines hundidos. La señora de Blagovo usaba complicados cosméticos y hablaba con inflexiones cargadas de afectación, reduciendo sustantivos y adjetivos a formas empalagosas que aun el idioma ruso, famoso por sus diminutivos, sólo autoriza en los labios húmedos de un niño o una tierna nodriza. ("Toma —decía la señora de Blagovo—, aquí tienes tu chaishko s molochishkom[tu tecito con lechita].) Me impresionó como una dama extraordinariamente locuaz, afable, trivial, con buen gusto para vestirse (trabajaba en un salón de couture). En su casa se percibía cierta atmósfera de tensión. A

Esa misma noche escribí a su padre para informarle que A

No ocultaré que nuestro primer encuentro fue un fracaso. Me llevó tanto tiempo persuadirla de que ese era el día señalado, y ella hizo tanta alharaca acerca del último centímetro de ropa que podía quitarse y las partes de su cuerpo que Venus, la Virgen y el maire de nuestro arrondissement me permitían tocarle, que cuando la tuve en una actitud de rendición más o menos apropiada quedé convertido en un desecho imponente. Yacíamos desnudos, en un flojo abrazo. Al fin abrió la boca contra la mía. Eso reanimó mi vigor. Me apresuré a poseerla. A

Al día siguiente nos fue mejor y terminamos el champagneya sin burbujas. Nunca logré adiestrarla del todo, sin embargo. Recuerdo noches muy promisorias en hoteles junto a lagos italianos, en que de pronto sus absurdos remilgos lo estropeaban todo. Pero a la vez, hoy me siento feliz por no haber sido nunca lo bastante infame ni torpe como para ignorar los exquisitos contrastes entre su irritante gazmoñería y esos raros momentos de dulce pasión, cuando sus rasgos adquirían una expresión de ansiedad infantil, de solemne deleite, y sus breves quejidos llegaban al umbral de mi indigna lucidez.

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Hacia fines del verano —y del capítulo siguiente de El audaz— el doctor Blagovo y su mujer esperaban unas bodas según el rito ortodoxo: una ceremonia iluminada por cirios, con oro y gasa, obispo, sacerdote y doble coro. No sé si A

En el ínterin, uno de los dioses más alegres acudió con regalos. Tres golpes de fortuna cayeron sobre mí en un acto simultáneo de celebración: un editor inglés pagó doscientas guineas de anticipo para la traducción de El sombrero de copa rojo; James Lodge, de Nueva York, ofreció por Camera Lucidauna suma aún más atractiva (en aquella época era más fácil satisfacer mi sentido de la belleza); y el medio hermano de Ivor Black redactó un contrato en Los Ángeles para la adaptación cinematográfica de un cuento mío. Ahora sólo me faltaba encontrar un lugar apropiado donde terminar El audazcon más comodidad que en el sitio donde escribí la primera parte. Después, o mientras terminaba su último capítulo, debería revisar y sin duda rehacer en buena parte la traducción inglesa de mi Krasnyy Tsilindr, hecha en Londres por una dama desconocida (que había empezado de manera poco auspiciosa, sugiriendo —antes de que un rugido de cólera la interrumpiera— que "para bien del sobrio lector inglés, debía apaciguar o suprimir por completo ciertos pasajes no del todo adecuados, o escritos con estilo demasiado barroco u oscuro"). Además, esperaba que se me presentara un viaje de negocios a los Estados Unidos.

Por alguna extraña razón psicológica, los padres de A