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Voilà. Mi afección parece bastante trivial en fait de démence, y en verdad, si dejo de preocuparme por ella se reducirá a un defecto insignificante, como por ejemplo la falta del dedo meñique en un monstruo nacido con nueve dedos. Pero si pienso en todo ello con más detenimiento, no puedo sino sospechar que se trata de un síntoma revelador, una primera manifestación de la enfermedad mental que, como se sabe, acaba alterando el cerebro todo. Quizá esta enfermedad no sea tan grave ni inminente como lo sugieren las señales de la tormenta. Sólo deseo poner a usted al corriente de la situación antes de pedirle la mano, A

7

El viernes por la tarde A

—Ya idiotka—dijo—. Soy una idiota. Buscaba mi linda toca de flores, cuando papá empezó a leerme algo sobre un antepasado suyo que se peleó con Pedro el Terrible.

—Iván —dije.

—No entendí el nombre. Pero me di cuenta de qué estaba retrasada y me encasqueté ( natsepila) este shapochkaen vez de la toca, la guirnalda, su guirnalda, la guirnalda que usted me pidió.

La ayudaba a quitarse la chaqueta y sus palabras me llenaron de un coraje alimentado por mis sueños. La abracé. Busqué con la boca el tibio hueco entre el cuello y la clavícula. Fue un abrazo breve pero apasionado y mi enardecimiento desbordó discretamente, deliciosamente, por el solo acto de apretarme a ella tomando con una mano su firme y pequeño trasero y sintiendo con la otra h cuerdas de arpa de sus costillas. A

¿Acaso ella sólo había leído el comienzo y el final de mi carta? Y bien, sí, se había salteado la parte poética. En otras palabras, ¿no tenía entonces la menor idea de cuáles eran mis intenciones? Me prometió releer la carta. ¿Por lo menos se había dado cuenta de que yo la quería? Eso sí. Pero ¿cómo podía estar segura de que la quería de veras? Era algo tan extraño, tan, tan... No podía expresarlo. Era tan extraño, en todo sentido. Nunca había conocido a alguien como yo. ¿A quiénes había conocido, entonces?, pregunté. ¿A trepanadores? ¿A trombonistas? ¿A astrónomos? Bueno, casi todos habían sido militares, si yo quería saberlo; gente interesante, que hablaban de peligro y deber, de vivaques en las estepas. Ah, un momento, también yo podía hablar de "vanos desiertos, ásperas canteras, rocas". No, dijo ella, los otros no inventaban. Hablaban de espías a quienes habían ahorcado, de política internacional, de una nueva película o un libro que explicaban el sentido de la vida. Y nunca una broma deshonesta, ni una sola comparación atrevida... ¿Como en mis libros? ¡Ejemplos, ejemplos! No, ella no me daría ejemplos. No me permitiría que la atravesara con un alfiler para hacerla girar en torno a él como una mosca sin alas.

O una mariposa.

Una mañana deliciosa caminábamos por las afueras de Bellefontaine. Algo revoloteó, centelleando.

—Mira ese arlequín —murmuré, señalando cautelosamente con el codo.

Tomando sol contra la pared blanca de un jardín había una mariposa chata, simétricamente desplegada, que el pintor había ubicado en leve ángulo con respecto al horizonte de su cuadro. El animal estaba pintado de un rojo sonriente, con intervalos amarillos entre manchones negros; a lo largo de los bordes dentados de las alas corría una hilera de medias lunas azules. El único rasgo que justificaba en mí un estremecimiento de desagrado eran las relucientes franjas de vello broncíneo que corrían a ambos lados del cuerpo.

—Como he sido maestra de jardín de infantes —me dijo la servicial A

La mariposa agitó las alas y desapareció.

8

Preocupada por la cantidad de páginas que debía mecanografiar y por la lentitud y torpeza con que lo hacía, A

Me quejé del estilo ridículo y anticuado que iban adquiriendo nuestras relaciones. A

Me llevó a conocer a sus padres, con quienes compartía un departamento de dos cuartos en Passy. El padre había sido cirujano militar antes de la revolución y con su pelo gris al rape, su bigote recortado y su pulcra perilla, se parecía de manera asombrosa (sobre todo por la vehemente ansiedad que remienda partes desgastadas del pasado con impresiones nuevas del mismo orden) al médico bondadoso —aunque de orejas y dedos fríos— a quien consulté por la "inflamación de los pulmones" que tuve en el invierno de 1907.

Como ocurre con tantos emigres rusos de fuerzas declinantes y profesiones perdidas, era difícil decir con exactitud cuáles eran los recursos personales del doctor Blagovo. Parecía dedicar el nublado ocaso de la vida a seguir el rumbo de la historia en colecciones de voluminosas revistas (desde 1830 hasta 1900 o desde 1850 hasta 1910) que A