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– Es increíble -dijo la Maga -. Pero ese libro, ¿es de filosofía?
– Es un libro para muertos -dijo Oliveira.
Se quedaron callados, oyendo llover. Gregorovius sintió lástima por la Maga que parecía esperar una explicación y ya no se animaba a preguntar más.
– Los lamas hacen ciertas revelaciones a los moribundos -le dijo-. Para guiarlos en el más allá, para ayudarlos a salvarse. Por ejemplo…
Etie
«Il faut tenterde vivre», se acordó Oliveira. «Pourquoi?» El verso había saltado de la memoria como las caras bajo la luz del fósforo, instantáneo y probablemente gratuito. El hombro de Etie
– Y así es -terminaba Gregorovius, sentencioso- que el Bardo nos devuelve a la vida, a la necesidad de una vida pura, precisamente cuando ya no hay escapatoria y estamos clavados en una cama, con un cáncer por almohada.
– Ah -dijo la Maga, suspirando. Había entendido bastante algunas piezas del puzzle: se iban poniendo en su sitio aunque nunca sería como la perfección del calidoscopio donde cada cristal, cada ramita, cada grano de arena se proponían perfectos, simétricos, aburridísimos pero sin problemas.
– Dicotomías occidentales -dijo Oliveira-. Vida y muerte, más acá y más allá. No es eso lo que enseña tu Bardo, Ossip, aunque personalmente no tengo la más remota idea de lo que enseña tu Bardo. De todos modos será algo más plástico, menos categorizado.
– Mirá -dijo Etie
– Es raro -dijo Ronald-. De todos modos sería estúpido negar una realidad, aunque no sepamos qué es. El eje del sube y baja, digamos. ¿Cómo puede ser que ese eje no haya servido todavía para entender lo que pasa en las puntas? Desde el hombre de Neanderthal…
– Estás usando palabras -dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etie
– Es cierto -dijo hoscamente Etie
– ¿Seguro de qué?
– De su efecto.
– En todo caso de su efecto en vos, pero no en la portera de Ronald. Tus colores no son más seguros que mis palabras, viejo.
– Por lo menos mis colores no pretenden explicar nada.
– ¿Y vos te conformás con que no haya una explicación?
– No -dijo Etie
– No es una definición sino un consuelo -dijo Gregorovius, suspirando-. En realidad nosotros somos como las comedias cuando uno llega al teatro en el segundo acto. Todo es muy bonito pero no se entiende nada. Los actores hablan y actúan no se sabe por qué, a causa de qué. Proyectamos en ellos nuestra propia ignorancia, y nos parecen unos locos que entran y salen muy decididos. Ya lo dijo Shakespeare, por lo demás, y si no lo dijo era su deber decirlo.
– Yo creo que lo dijo -dijo la Maga.
– Sí que lo dijo -dijo Babs.
– Ya ves -dijo la Maga.
– También habló de las palabras -dijo Gregorovius-, y Horacio no hace más que plantear el problema en su forma dialéctica, por decirlo así. A la manera de un Wittgenstein, a quien admiro mucho.
– No lo conozco -dijo Ronald-, pero ustedes estarán de acuerdo en que el problema de la realidad no se enfrenta con suspiros.
– Quién sabe -dijo Gregorovius-. Quién sabe, Ronald.
– Vamos, deja la poesía para otra vez. De acuerdo en que no hay que fiarse de las palabras, pero en realidad las palabras vienen después de esto otro, de que unos cuantos estemos aquí esta noche, sentados alrededor de una lamparita.
– Hablá más bajo -pidió la Maga.
– Sin palabra alguna yo siento, yo sé que estoy aquí -insistió Ronald-. A eso le llamó la realidad. Aunque no sea más que eso.
– Perfecto -dijo Oliveira-. Sólo que esta realidad no es ninguna garantía para vos o para nadie, salvo que la transformes en concepto, y de ahí en convención, en esquema útil. El solo hecho de que vos estés a mi izquierda y yo a tu derecha hace de la realidad por lo menos dos realidades, y conste que no quiero ir a lo profundo y señalarte que vos y yo somos dos entes absolutamente incomunicados entre sí salvo por medio de los sentidos y la palabra, cosas de las que hay que desconfiar si uno es serio.
– Los dos estamos aquí -insistió Ronald-. A la derecha o a la izquierda, poco importa. Los dos estamos viendo a Babs, todos oyen lo que estoy diciendo.
– Pero esos ejemplos son para chicos de pantalón corto, hijo mío -se lamento Gregorovius, Horacio tiene razón, no podés aceptar así nomás eso que creés la realidad. Lo más que podés decir es que sos, eso no se puede negar sin escándalo evidente. Lo que falla es el ergo, y lo que sigue al ergo, es notorio.
– No le hagás una cuestión de escuelas -dijo Oliveira-. Quedémonos en una charla de aficionados, que es lo que somos. Quedémonos en esto que Ronald llama conmovedoramente la realidad, y que cree una sola. ¿Seguís creyendo que es una sola, Ronald?