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– Acereate aquí -le dijo Oliveira a Ronald-. Vas a estar mejor que en esa silla, tiene una especie de pico en el medio que se clava en el culo. Wong la incluiría en su colección pekinesa, estoy seguro.
– Estoy muy bien aquí -dijo Ronald- aunque se preste a malentendidos.
– Estás muy mal. Vení, Y a ver si ese café marcha de una vez señoras.
– Qué machito está esta noche -dijo Babs-. ¿Siempre es así con vos?
– Casi siempre -dijo la Maga sin mirarlo-. Ayudame a secar esa bandeja.
Oliveira esperó a que Babs iniciara los imaginables comentarios sobre la tarea de hacer café, y cuando Ronald se bajó de la silla, se puso a lo sastre cerca de él, le dijo unas palabras al oído. Escuchándolos, Gregorovius intervenía en la conversación sobre el café, y la réplica de Ronald se perdió en el elogio del moka y la decadencia del arte de prepararlo. Después Ronald volvió a subirse a su silla a tiempo para tomar la taza que le alcanzaba la Maga. Empezaron a golpear suavemente en el cielo raso, dos, tres veces. Gregorovius se estremeció y tragó el café de golpe. Oliveira se contenía para no soltar una carcajada que de paso a lo mejor le hubiera aliviado el calambre. La Maga estaba como sorprendida, en la penumbra los miraba a todos sucesivamente y después buscó un cigarrillo sobre la mesa, tanteando, como si quisiera salir de algo que no comprendía, una especie de sueño.
– Oigo pasos -dijo Babs con un marcado tono Blavatsky-. Ese viejo debe estar loco, hay que tener cuidado. En Kansas City, una vez… No, es alguien que sube.
– La escalera se va dibujando en la oreja -dijo la Maga -. Los sordos me dan mucha lástima. Ahora es como si yo tuviera una mano en la escalera y la pasara por los escalones uno por uno. Cuando era chica me saqué diez en una composición, escribí la historia de un ruidito. Era un ruidito simpático, que iba y venía, le pasaban cosas…
– Yo, en cambio… -dijo Babs-. O.K., O.K., no tenés por qué pellizcarme.
– Alma mía -dijo Ronald-, cállate un poco para que podamos identificar esas pisadas. Sí, es el rey de los pigmentos, es Etie
«Lo ha tomado con calma», pensó Oliveira. «La cucharada de remedio era a las dos, me parece. Tenemos más de una hora para estar tranquilos.» No comprendía ni quería comprender por qué ese aplazamiento, esa especie de negación de algo ya sabido. Negación, negativo… «Sí, esto es como el negativo de la realidad tal-como-debería-ser, es decir… Pero no hagás metafísica, Horacio. Alas, poor Yorick, ça suffit. No lo puedo evitar, me parece que está mejor así que si encendiéramos la luz y soltáramos la noticia como una paloma. Un negativo. La inversión total… Lo más probable es que él esté vivo y todos nosotros muertos. Proposición más modesta: nos ha matado porque somos culpables de su muerte. Culpables, es decir fautores de un estado de cosas… Ay, querido, adónde te vas llevando, sos el burro con la zanahoria colgándole entre los era Etie
– Se salvó -dijo Etie
– Explicá, explicá -dijo Babs.
– Lavajes de estómago, enemas de no sé qué, pinchazos por todos lados, una cama con resortes para tenerlo cabeza abajo. Vomitó todo el menú del restaurante Orestias, donde parece que había almorzado. Una monstruosidad, hasta hojas de parra rellenas. ¿Ustedes se dan cuenta de cómo estoy empapado?
– Hay café caliente -dijo Ronald-, y una bebida que se llama caña y es inmunda.
Etie
– ¿Cómo sigue el niño, Lucía?
– Duerme -dijo la Maga -. Duerme muchísimo por suerte.
– Hablemos bajo -dijo Babs.
– A eso de las once de la noche recobró el conocimiento -explicó Etie
– ¿Volviste a casa? -preguntó Babs-. ¿Tuviste que ir a la comisaría?
– No, ya está todo arreglado. De todos modos era más prudente que ustedes se quedaran aquí esta noche, si vieras la cara de la portera cuando lo bajaron a Guy…
– The lousy bastard -dijo Babs.
– Yo adopté un aire virtuoso, y al pasar a su lado alcé la mano y le dije: «Madame, la muerte es siempre respetable. Este joven se ha suicidado por penas de amor de Kreisler.» Se quedó dura, créanme, me miraba con unos ojos que parecían huevos duros. Y justo cuando la camilla cruzaba la puerta Guy se endereza, apoya una pálida mano en la mejilla como en los sarcófagos etruscos, y le larga a la portera un vómito verde justamente encima del felpudo. Los camilleros se torcían de risa, era algo increíble.
– Más café -pidió Ronald-. Y vos sentate aquí en el suelo que es la parte más caliente del aposento. Un café de los buenos para el pobre Etie
– No se ve nada -dijo Etie
– Para acompañarnos a Horacio y a mí, que hacemos una especie de vela de armas -dijo Ronald.
– No seas idiota -dijo Oliveira.
– Haceme caso, sentate aquí y te enterarás de cosas que ni siquiera Wong sabe. Libros fulgurales, instancias mánticas. Justamente esta mañana yo me divertía tanto leyendo el Bardo. Los tibetanos son unas criaturas extraordinarias.
– ¿Quién te ha iniciado? -preguntó Etie
– No te metás con mi patria -dijo Oliveira-. Parecés el viejo del piso de arriba.
– Wong me ha sometido a varios tests -explicaba Ronald-. Dice que tengo suficiente inteligencia como para empezar a destruirla ventajosamente. Hemos quedado en que leeré el Bardo con atención, y de ahí pasaremos a las fases fundamentales del budismo… ¿Habrá realmente un cuerpo sutil, Horacio? Parece que cuando uno se muere… Una especie de cuerpo mental, comprendés.
Pero Horacio estaba hablándole al oído a Etie
– Jodido asunto -dijo Etie
– Te podés ir, si querés -dijo Oliveira- pero no creo que pase nada serio, en este barrio ocurren cosas así a cada rato.
– Me quedo -dijo Etie
– Wong dice que Jung estaba entusiasmado con el Bardo -dijo Ronald-. Se comprende, y los existencialistas también deberían leerlo a fondo. Mirá, a la hora del juicio del muerto, el Rey lo enfrenta con un espejo, pero ese espejo es el Karma. La suma de los actos del muerto, te das cuenta. Y el muerto ve reflejarse todas sus acciones, lo bueno y lo malo, pero el reflejo no corresponde a ninguna realidad sino que es la proyección de imágenes mentales… Como para que el viejo Jung no se haya quedado estupefacto, decime un poco. El Rey de los muertos mira el espejo, pero lo que está haciendo en realidad es mirar en tu memoria. ¿Se puede imaginar una mejor descripción del psicoanálisis? Y hay algo todavía más extraordinario, querida, y es que el juicio que pronuncia el Rey no es su juicio sino el tuyo. Vos mismo te juzgás sin saberlo. ¿No te parece que en realidad Sartre tendría que irse a vivir a Lhasa?