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– Muy bien, estoy lista. Vamos a empezar. ¡Que Alá me ayude!

Doña Dulce, con las piernas colgando en el estante donde está la lámpara de gas, hace una mueca, descontenta con el papel de observadora en el que de pronto se encuentra, descontenta con las cosas de las que pronto será testigo en aquella habitación. Mientras tanto don Amargo sonríe amargamente, la única manera en que sabe hacerlo. Está contento. Por fin la tía Banu se ha convencido, y no por la presión de don Amargo, sino por su propia curiosidad mortal. No ha podido resistir las ganas de saber. Esas ansias eternas de conocimiento… Al fin y al cabo, ¿quién puede resistirse a ellas?

Ahora la tía Banu y don Amargo viajarán juntos en el tiempo. De 2005 a 1915. Parece un largo viaje, pero en términos de años gulyabani son solo unos pasos.

Delante del espejo, entre los yi

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Hovha

– La mesa les sobrevivirá a usted y a sus hijos -comentó con una risotada el anticuario, como si el hecho de que sus mercancías sobrevivieran a sus clientes fuera para él un chiste recurrente-. ¿No le parece sublime que un trozo de madera viva más que nosotros?

Aunque sabía que el comentario trataba de demostrar la calidad de sus productos, Hovha

Aun así compró la mesa. Y junto a ella adquirió también un broche: un elegante broche con forma de granada, delicadamente cubierto de hilos de oro, algo agrietado en el centro, con relumbrantes rubíes rojos a modo de semillas. Era la pieza de un diestro artesano armenio de Sivas, le dijeron. Hovha

De todos los capítulos que había escrito, este era el más exigente. De haber sabido que resultaría tan agotador, tal vez habría abandonado el proyecto. Pero estaba metido hasta el cuello en el libro, y la única manera de salir era seguir adelante con él. Hovha

Escribir un libro para niños en armenio era algo que jamás se había hecho, algo casi inconcebible. ¿Por qué no había ni una sola obra de este género? ¿Era porque la minoría armenia se había convertido en una sociedad incapaz de considerar niños a sus niños? ¿Era porque la infancia se consideraba una futilidad, si no un lujo, negada a una minoría que necesitaba hacerse adulta lo más deprisa posible? ¿O porque los intelectuales de Estambul habían sido apartados de las tradiciones orales fielmente transmitidas de abuelas a nietos armenios?

El libro se titulaba La paloma perdida y el país maravilloso. Hablaba de una paloma que se había perdido en el cielo azul cuando volaba con su familia y amigos sobre un país de ensueño. La paloma se detenía en numerosas aldeas, pueblos y ciudades, en busca de sus seres queridos, y en cada sitio oía una nueva historia.

Así Hovha

Hovha

«Léelo, por favor -pensaba decir-. Si no es bastante bueno, quiero que lo quemes. Entero. Te prometo que ni siquiera te preguntaré por qué. Pero si piensas que es bueno, quiero decir bastante bueno para que lo publiquen y distribuyan, llévaselo a Garabed Effendi, de la editorial Dawn Publishers.»

Hovha

Había volado demasiado, y la paloma perdida estaba cansada y sedienta, de manera que se posó en una rama cubierta de nieve. Era la rama de un granado, a punto de florecer. Se llenó el pico de nieve y después de apagar así su sed, empezó a llorar por sus padres.

– No llores, paloma -le dijo el granado-. Te voy a contar una historia. Es la historia de una paloma perdida.

Hovha

– Pero si estás hablando de mí. ¡Yo soy esa paloma! -exclamó asombrada la paloma perdida.

– ¿Ah, sí? -dijo el granado, aunque no parecía extrañado-. Pues entonces escucha tu propia historia… ¿No quieres conocer tu futuro?