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– Tracy me ha dado el visto bueno con el pulgar levantado. ¿Estás contento de como ha ido?

Me encogí de hombros.

– Ahora mismo, me siento atontado.

– Vas a sentirte aún más atontado. Mientras te esperaba en tu despacho, Je

Oh, estupendo. Se ha enterado, antes de que yo pudiera decírselo personalmente.

Fui a mi despacho y llamé a Sally. Su secretaria me la pasó inmediatamente. Las primeras palabras de Sally fueron:

– Estoy estupefacta.

– Cariño, puedo…

– … y lo que me ha dolido más ha sido enterarme por otros.

– Es que yo me he enterado poco antes de las siete.

– Deberías haberme llamado inmediatamente.

– Sabía que estabas desayunando con Stu…

– Habría contestado a tu llamada.

– El caso es que tenía que venir rápidamente al despacho, y he estado reunido desde entonces, por no hablar de una entrevista con un periodista de Variety.

– ¿Variety ya lo sabe? -dijo, en tono angustiado.

– Sí, pero Tracy Weiss, la jefa de relaciones públicas…

– Sé perfectamente quién es Tracy Weiss.

– Lo siento, lo siento, en fin, el periodista de Variety llamó a Tracy anoche y ella decidió…

– De modo que ella lo sabía anoche.

– Sí, pero yo no, me lo dijeron esta mañana. Y para hacer pública nuestra versión, ella decidió ofrecer una exclusiva a ese periodista…

– ¿Saldrá en el Daily Variety de mañana?

– Sin duda.

– ¿Y la FRT ha hecho un comunicado?

– Sí, con una declaración contrita personal mía.

– ¿Les pedirás que me la manden por fax?

– Claro, cariño. Pero, por favor, no te pongas fría y profesional conmigo. Ahora te necesito.

– Si me necesitabas, deberías haberme llamado inmediatamente. Se supone que soy el amor de tu vida.

– Sabes que lo eres. Es sólo… Dios, Sally, esta historia es alucinante.

– ¿Puedes imaginar cómo me he sentido yo? Cuando me ha enseñado la columna de Hollywood Legit un don nadie de nuestra oficina de prensa, y me ha dicho: «Qué pena lo de tu novio, debes de estar preocupadísima», y yo sin saber nada…

– Lo siento, lo siento, estoy…

Me callé de golpe, con la sensación de que me estaba aplastando una apisonadora.

– ¿David?

– Sí.

– ¿Estás bien?

– No. Evidentemente no estoy bien.

– Ahora me siento fatal.

– Sabes cuánto te quiero… -dije.

– Y tú sabes cuánto te quiero yo. Es sólo que…

– Tienes razón, tienes razón. Debería haberte llamado. Pero todo ha sido un caos. Y…

– No tienes que darme explicaciones. He reaccionado de una manera exagerada. Pero estaba increíblemente angustiada. Y el asunto tiene muy mala pinta.

– Dímelo a mí.

– Fue involuntario, ¿verdad?

– Desde luego no fue premeditado.

– Bueno, algo es algo. ¿Estás seguro de…?

Otra vez la pregunta: la que todos necesitaban hacerme.

– Te lo aseguro, es la única ocasión en que un diálogo de otro ha acabado en un guión mío.

– Te creo, por supuesto que te creo, créelo. Y eso es una buena noticia. Porque si sólo es un incidente aislado…

– Es un incidente aislado.

– Claro, por supuesto -dijo ella-. Y como ha sido un incidente aislado, se perdonará y olvidará rápidamente.

– No he plagiado intencionadamente -dije, en tono vehemente.

– Ya lo sé. Y sé que dentro de una semana estará todo olvidado.

– Espero fervientemente que tengas razón.

– Siempre tengo razón -dijo ella con tono alegre, y yo me reí por primera vez desde que me había despertado.

– ¿Sabes lo que sería estupendo? -pregunté-. Un largo almuerzo alcohólico contigo. Creo que necesito un martini anestésico ya.

– Cariño, sabes que tengo que volver a Seattle esta tarde.

– Lo había olvidado… -Es aquella serie nueva…

– Vale, vale.

– Pero volveré el sábado a primera hora. Y te llamaré a todas horas.

– Estupendo.

– Todo se arreglará, David.

– Espero que tengas razón.

Después de colgar, saqué la cabeza del despacho y vi a Alison sentada detrás de la mesa de Je

– ¿Cómo ha ido? -preguntó.

– Al final se ha mostrado comprensiva.

– Algo es algo -dijo, en tono neutral.

– No lo digas.

– ¿Decir qué?

– Lo que piensas de Sally.

– No estoy pensando en Sally.

– Mentirosa.

– Me confieso culpable. Pero al menos ha entrado en razón, supongo que después de decidir que el asunto podía perjudicarla a ella también.

– Eso es una canallada -dije.

– Pero totalmente cierta.

– ¿Cambiamos de tema?

– Encantada. Porque tengo buenas noticias: acabo de hablar con Larry Latouche de la Asociación de Autores de Cine y Televisión -dijo-. Ya sabía lo del artículo de MacA

– ¿Ah, sí?

– Qué puedo decirte…, es una semana mala para los cotilleos en el mundo del espectáculo. Tal vez si tenemos suerte, en las próximas cuarenta y ocho horas pillarán a algún actor famoso con una mexicana clandestina menor de edad, y nos robará un poco de atención. Sin embargo, por ahora, estás a punto de convertirte en el tema de las habladurías de la ciudad. Y el rumor está corriendo deprisa.

– Qué maravilla.

– Pero la buena noticia es que Latouche está indignado con las acusaciones de MacA

– Más tarde llamaré a Latouche para darle las gracias.

– Buena idea. Ahora mismo necesitamos a buenos tiradores de tu parte.

Llamaron a la puerta y entró Tracy, con una copia del comunicado de prensa.

– Ya está. Los peces gordos de la central de Nueva York le han dado el visto bueno.

– ¿Cómo se lo han tomado? -preguntó Alison.

– No están muy contentos, a nadie le gustan los escándalos. Pero le dan todo su apoyo a David, y quieren que este asunto concluya cuanto antes mejor.

Alison le contó lo de la declaración de Latouche y a Tracy no le hizo gracia.

– Está bien tener su apoyo, Alison -dijo-, y te agradezco que te preocuparas por esto, pero ojalá me lo hubieras consultado primero.

Alison encendió otro cigarrillo.

– No sabía que trabajara para ti, Tracy -comentó.

– Ya sabes a qué me refiero -insistió Tracy.

– Sí, eres una obsesa del control.

– Alison… -intervine.

– Tienes razón -dijo Tracy-. Soy una obsesa del control. Y quiero controlar esta situación para que la carrera de tu cliente no salga perjudicada. ¿Eso te molesta?

– No, pero tu tono sí -siguió Alison.

– Y tus cigarrillos están poniendo a prueba mi «obsesión por el control» -estalló Tracy-. Porque resulta que está prohibido fumar en estas oficinas.

– Entonces será mejor que me largue -dijo Alison.

– Alison, Tracy -intervine-, ¿por qué no nos tranquilizamos un poco?

– Claro -aceptó Alison-, y ya puestos, podemos abrazarnos y soltar una lagrimita y alcanzar la iluminación.

– No quería molestarte, Alison -dijo Tracy.

– Esta mierda de situación es lo que me molesta, y lo digo como un intento de disculpa.

– ¿Cenamos esta noche? -le pregunté a Alison.

– ¿Dónde está tu enamorada?

– Vigilando un piloto que se está rodando en Seattle.

– Entonces invito a los martinis. Necesitamos seis por cabeza como mínimo. Ven al despacho sobre las seis.

Después de que Alison se marchara, Tracy se volvió hacia mí y dijo:

– Si no te importa que te lo diga, es un pedazo de mujer, y tienes mucha suerte de tenerla de tu parte. Creo que sería capaz de matar por ti.