Страница 48 из 168
Más allá, junto a la puerta, había dos hombres de esmoquin que Joa
En privado y después de conversar con su único amigo de verdad, Henry, el San Bernardo, Joa
Joa
Había tenido su primera experiencia sexual a los dieciocho años con el ayudante del reverendo. Horrorizada y segura de haberse quedado embarazada, escapó a Colorado y les contó a todos, amigos, padres y al propio asistente del reverendo, que habían aceptado su acceso a una escuela de enfermería en la Universidad de Denver. Era todo mentira porque ni la habían aceptado en la escuela de enfermería ni estaba embarazada. De todos modos, permaneció en Colorado y trabajó duro hasta obtener su título de quinesióloga. Cuando su padre enfermó, volvió a Tejas a ayudar a su madre. Y cuando sus padres murieron, literalmente uno después del otro, Joa
El sábado 1 de octubre una semana antes de la cena de recepción de Elton Lybarger, Joa
Una repentina salva de aplausos estalló cuando dos camareros entraron por un lado de la sala trayendo un pastel enorme rebosante de velas que colocaron ante Elton Lybarger. Pascal Von Holden apoyó la mano en el brazo de Joa
– ¿Se puede quedar? -preguntó.
Joa
– ¿Qué quiere decir? -preguntó.
Von Holden sonrió y las arrugas de su rostro bronceado se hicieron blancas.
– Quiero decir, ¿se puede quedar aquí en Suiza para continuar su trabajo con el señor Lybarger?
Joa
– ¿Yo, quedarme aquí?
Von Holden asintió con la cabeza.
– ¿Cuánto tiempo?
– Una semana, tal vez dos. Hasta que el señor Lybarger se encuentre físicamente más cómodo en su casa.
Joa
– Mi… Mi perro -balbuceó. No se le había ocurrido quedarse en Suiza. La idea de pasar unos días fuera del nido que se había construido le parecía abrumadora.
Von Holden sonrió.
– Cuidaremos de su perro mientras esté ausente, desde luego. Mientras permanezca aquí, tendrá sus propias dependencias en casa del señor Lybarger.
Joa
Sirvieron café y digestivos, acompañado de unos dados de chocolate suizo. La señora rolliza ayudó a Lybarger a cortar el pastel y los camareros llevaron los platos a las mesas.
Joa
– Sin usted se sentirá incómodo, inseguro, Joa
– Bueno, de acuerdo -oyó que decía-. Si es tan importante para el señor Lybarger, por supuesto que me quedaré.
La orquesta había comenzado a tocar un vals vienes y la joven pareja de alemanes se levantó a bailar. Joa
– ¿Joa
Se volvió y vio a Von Holden de pie detrás de su silla.
– ¿Me permite? -preguntó.
Una gran sonrisa se le dibujó en el rostro.
– Sí, ¿por qué no? -dijo. Se incorporó y él le retiró la silla. Un momento después pasaron junto a Elton Lybarger y se unieron a los demás en la pista de baile. Siguiendo los divertidos compases de la orquesta, Von Holden la cogió en sus brazos y bailaron.
Capítulo 46
– Siempre les digo a los chicos que no duele. Sólo un pequeño tirón bajo la piel -dijo Osborn mientras Vera introducía en una jeringa los 5 ml de la dosis de antitétanos-. Ellos saben que miento y yo sé que miento. No sé por qué se lo digo.
Vera sonrió.
– Se lo dices porque es tu trabajo. -Sacó la aguja, la quebró, envolvió la jeringa en papel higiénico, hizo lo mismo con el frasco y lo metió todo en el bolsillo de la chaqueta-. La herida está limpia y curándose bien. Mañana empezaremos con tus ejercicios.
– ¿Y luego, qué? No puedo quedarme aquí el resto de mi vida -dijo Osborn, malhumorado.
– Tal vez termines deseándolo -dijo ella, y dejó caer un periódico sobre la cama. Era la última edición de Le Fígaro-. Mira la segunda página.
Osborn lo abrió y observó dos fotos ampliadas y de textura granulosa. Una de ellas era la suya en la foto de fichaje de la policía de París. En la segunda, la policía transportaba un cadáver cubierto con una manta por una inclinada pendiente junto al río. Entre ambas había un texto en francés: «Médico americano sospechoso del asesinato de Albert Merriman.»
Vale, o sea que habían encontrado el Citroen y sus huellas. Ya sabía que sucedería. No había por qué sorprenderse. Pero…
– ¿Albert Merriman? ¿De dónde habrán sacado eso?
– Era el verdadero nombre de Henri Kanarack. ¿Sabías que era americano?
– Podía haberlo imaginado, por su acento.
– Era un asesino profesional.
– Eso me dijo -dijo Osborn, y de pronto vio a Kanarack mirándolo en medio de la corriente, aterrorizado por la idea de que Osborn le administrara otra dosis de sucinilcolina. Oyó el grito de pánico que había lanzado Kanarack como si estuviera en la habitación junto a él en ese momento.