Страница 47 из 168
– ¿Cree que el incendio lo provocó ella?
– No lo descartaré hasta que hablemos con ella. Pero si no era más que un ama de casa y al parecer así es, dudo que haya tenido acceso a ese tipo de material incendiario.
Los inspectores Barras y Maitrot revisaron el piso de Henri Kanarack en la avenida Verdier, en Montrouge, y no consiguieron encontrar nada. Estaba prácticamente vacío. Quedaban unas cuantas prendas de Michéle, un montón de catálogos de ropa de recién nacido, media docena de facturas sin pagar y algo de comida en la alacena y en la nevera. No había nada más. Era evidente que los Kanarack se habían marchado apresuradamente.
A esas alturas, lo único que sabían con certeza era que Henri Kanarack/Albert Merriman estaba en la morgue. El paradero de Michéle Kanarack era totalmente desconocido. Una búsqueda en hoteles, hospitales, asilos, morgues y comisarías no había arrojado ningún resultado. Tampoco había sido más fructífera la búsqueda de Michéle por su apellido de soltera. La mujer de Kanarack no tenía licencia de conducir ni pasaporte, ni siquiera un carnet de biblioteca bajo ninguno de los dos apellidos. Tampoco había fotos de ella en el piso ni en la cartera de Merriman/Kanarack. Como resultado, lo único que tenían era un nombre. Sin embargo, Lebrun ordenó hacer circular una orden de búsqueda por toda Francia. Tal vez la policía local diera con algo.
– ¿Cómo mataron a Merriman? -preguntó Mc-Vey, mientras registraba mentalmente el paisaje al salir de la autopista y entrar en el camino de tierra que bordeaba el parque.
– Una Heckler & Koch MP-5K, automática. Probablemente con silenciador.
McVey entrecerró los ojos. Una Heckler & Koch MP-5K era un arma asesina, una metralleta ligera con un cargador de treinta balas de nueve milímetros. Solían usarla los terroristas y era una de las armas preferidas de los narcotraficantes.
– ¿La encontraron?
Lebrun apagó el cigarrillo y disminuyó la velocidad para que el Ford sorteara una sucesión de charcos.
– No, me lo han dicho los forenses y los de balística. Un equipo de buzos ha estado buscando durante toda la tarde pero no encontraron nada. Hay una corriente muy fuerte a lo largo de esta zona. Eso fue lo que arrastró a Merriman tan lejos y tan rápido.
Lebrun detuvo el coche al borde de los árboles.
– A partir de aquí, caminaremos -anunció, y sacó una potente linterna de debajo del asiento.
La lluvia había cesado y entre las nubes asomaba la luna. Los dos policías bajaron del coche y se dirigieron hacia la rampa de tierra que llegaba hasta el río.
Caminando, McVey miró por encima de su hombro. Alcanzaba a divisar las luces del tráfico del sábado por la noche fluyendo junto al Sena.
– Cuidado por donde camina. Está resbaladizo aquí -dijo Lebrun al llegar al desembarcadero más abajo. Con un movimiento de la linterna le mostró a McVey las huellas que había dejado el coche de Agnés Demblon al ser retirado por la grúa.
– Ha llovido demasiado -dijo Lebrun-. Si hubiera habido huellas de pies en este sector, se habrían borrado antes de que nosotros llegáramos.
– ¿Me permite? -preguntó McVey, y estiró la mano para que Lebrun le pasara la linterna. Proyectó la luz hacia el agua y calculó la velocidad de la corriente cerca de la orilla. Luego iluminó el suelo y se agachó para estudiarlo.
– ¿Qué está buscando? -preguntó Lebrun. -Esto -dijo McVey, enterrando la mano. Recogió algo y, para asegurarse, lo iluminó. – ¿Lodo? McVey lo miró. -No, mon ami. Terrain rouge. Lodo rojo.
Capítulo 45
En comparación a la bulliciosa recepción en el aeropuerto de Kloten, la cena ofrecida a Elton Lybarger fue tranquila e íntima y los invitados ocuparon cuatro mesas grandes alrededor de una pista de baile. Más qué verse introducida a un mundo completamente diferente, lo que Joa
En una mesa para seis, Joa
– Romántico, ¿no? -Von Holden sonrió al mirarla.
– ¿Romántico? Sí, supongo que es una palabra adecuada. Yo diría bello. -Joa
A su lado había una joven pareja muy atractiva y por lo visto, muy afortunada. Eran Konrad y Margarete Peiper. Konrad Peiper, según sabía Joa
Frente a ella se sentaban Helmuth y Berta Salettl, hermano y hermana. Ambos, según calculó Joa
El doctor Helmuth Salettl era el médico de cabecera de Elton Lybarger y Joa
Dos mesas más allá, Elton Lybarger conversaba con la mujer rolliza que lo había colmado de besos llamándolo «tío», en el aeropuerto. Los primeros temores sobre su familia parecían haberse disipado y ahora se lo veía relajado y cómodo, sonriente y dejando que lo agasajaran todos los que, a lo largo de la cena, se habían acercado para saludarlo y darle palabras de aliento.
Junto a Lybarger se sentaba una mujer muy grande y de aspecto corriente de cerca de cuarenta años. Joa
La atracción de la tercera mesa era Uta Baur, definida como la «más alemana de todos los diseñadores de moda alemanes» que, después de obtener grandes elogios en las muestras de Munich y Dusseldorf a comienzos de los años setenta, era actualmente una institución internacional entre París, Milán y Nueva York. Uta era delgada como un palillo, vestía siempre de negro con poco o nada de maquillaje y el pelo, cortado casi al cero, era de raíces rubias blanquecinas. De no ser por sus animados gestos y el brillo de sus ojos cuando hablaba con los demás, Joa