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Torció en la esquina de su apartamento, la mente repleta de imágenes de lujuria y sangre, todo mezclado en un confuso batiburrillo, y por eso se dejó sorprender por una voz a su espalda:
– Tenemos que hablar un par de cosas, O'Co
Y una tenaza de hierro le retorció un brazo a la espalda.
Matthew Murphy había divisado a O'Co
– ¿Quién demonios eres tú? -balbuceó el joven, aturullado, pero Murphy le impidió volverse para verle la cara.
– Soy tu peor pesadilla, gilipollas de mierda. Ahora abre la puta puerta, que vamos a mantener una amable charla en tu casa. Quiero explicarte cómo funcionan las cosas sin tener que partirte la cara o las piernas. No quieres eso, ¿verdad, O'Co
O'Co
– Tal vez Michael O'Co
O'Co
– Vamos, fantoche, subamos a tu casa. Nuestra pequeña charla será en privado.
Obligado, O'Co
– Ésta es otra ventaja de ser amigos, Mickey: no querrás que me enfade ni que pierda los nervios. No me obligarás a hacer algo que lamentes más tarde, estoy seguro. ¿Lo entiendes, cabronazo? Y ahora abre despacio la puerta de tu asquerosa madriguera.
Mientras O'Co
– No eres demasiado popular entre los vecinos, ¿eh, Mickey? -dijo Murphy, retorciéndole el brazo-. ¿Tienes algo contra los gatos? ¿Tienen ellos algo contra ti?
– No nos llevamos bien -gruñó O'Co
– No me sorprende -dijo Murphy, y le dio un empellón que lo hizo entrar dando tumbos.
O'Co
Pero el detective se le echó encima con desconcertante rapidez, tratándose de un hombre maduro, y se alzó sobre el joven como una gárgola de iglesia medieval, la cara demudada en una burlona mueca colérica. O'Co
– No estás acostumbrado a que te acosen, ¿eh, Mickey?
O'Co
Murphy se abrió lentamente la chaqueta, enseñando la sobaquera.
– He traído a una amiga, Mickey.
El joven volvió a gruñir, mirando el arma y luego al investigador privado. Murphy desenfundó rápidamente la automática. No pensaba hacerlo, pero algo en la mirada desafiante de O'Co
– Que te follen -le espetó O'Co
Murphy le golpeó la nariz con el cañón del arma. Lo suficiente para que doliera, no para romperla.
– Deberías mejorar tu vocabulario -dijo. Con la mano izquierda, le sujetó las mejillas y las apretó con fuerza-. Y yo que pensaba que íbamos a ser amigos.
O'Co
– Un poco de amabilidad -pidió fríamente-. ¿Sabes?, la educación hace que todo vaya mejor.
Entonces lo cogió por la chaqueta y lo levantó rudamente, manteniendo la pistola plantada en su frente. Lo dirigió hacia una butaca y lo sentó de un empellón, de modo que O'Co
– Todavía no he sido malo, Mickey. Ni una pizca. Todavía nos estamos conociendo.
– No eres un poli, ¿verdad?
– Conoces a los polis, ¿eh, Mickey? Te las has visto con ellos unas cuantas veces, ¿no?
O'Co
– Bien, has acertado -dijo Murphy, sonriendo. Sabía que iba a hacerle esa pregunta-. Deberías desear que fuera un poli. Quiero decir, deberías estar rezando al Dios que creas que pueda oírte. «Por favor, Señor, que sea un poli.» Porque los polis tienen reglas, Mickey, reglas y regulaciones. Yo no. Yo soy más problemático. Peor, mucho peor que un poli. Soy investigador privado.
O'Co
Murphy sonrió.
– No tendría que explicarte estas cosas, no a alguien como tú, que piensa que se las sabe todas, Mickey. Pero, para no perdernos, te explicaré un par de cosas más. Una, fui policía. Pasé más de veinte años tratando con tipos duros de verdad. La mayoría de ellos ahora están a la sombra, maldiciendo mi nombre. O muertos, y no piensan mucho en mí porque probablemente tendrán problemas más acuciantes en el otro barrio. Dos, tengo licencia estatal y federal para llevar esta arma. ¿Sabes qué suman esas dos cosas?
El joven no respondió, y Murphy volvió a abofetearlo.
– ¡Mierda! -masculló O'Co
– Cuando te haga una pregunta, Mickey, por favor, responde.
Hizo ademán de abofetearlo otra vez.
– No lo sé -dijo O'Co
Murphy sonrió.
– Pues significan que tengo amigos… Amigos de verdad, no como nosotros esta noche, Mickey, amigos de verdad que me deben muchos favores de verdad, a quienes salvé el culo más de una vez a lo largo de los años. Están más que dispuestos a hacer cualquier puñetera cosa por mí, y si hace falta van a creer todo lo que yo diga sobre nuestro amable encuentro aquí esta noche. Les importan un carajo los gusanos como tú. Y cuando les diga que me atacaste con la navaja que dejaré en tu mano muerta y que me obligaste a volarte lo sesos, me van a creer. De hecho, Mickey, me felicitarán por limpiar un poco este mundo de mierda. Ésa es la situación en que te encuentras ahora mismo, Mickey. En otras palabras, puedo hacer lo que me salga de las narices, y tú no puedes hacer nada, ¿entiendes?
O'Co
– Bien. Como dicen, la comprensión es el camino de la iluminación.
O'Co
– Lo repetiré para que quede claro: soy libre de hacer lo que me parezca adecuado, incluyendo enviar tu puta vida al reino de los cielos, o más probablemente al infierno. ¿Lo entiendes, Mickey?
– Lo entiendo.
Murphy empezó a rodear la silla, sin apartar la automática, golpeando de vez en cuando la cabeza de aquel cretino, o hincándola en la zona blanda entre su cuello y los hombros.
– Vaya mierda de casa que tienes aquí, Mickey. Qué pocilga. Sucia… -Murphy contempló la habitación, vio un ordenador portátil en una mesa y anotó mentalmente llevarse un puñado de discos. Hasta ahora, las cosas iban saliendo más o menos como había previsto. O'Co