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La sesión ya había comenzado cuando Di

¿Quería decir buscando a alguien?

Puede que sí, pero, ¿cómo podía saberlo? No, no miraba al suelo; no, no se había detenido; a «él» ni le había echado una mirada. ¿Le había dirigido la palabra? ¡ Nada de eso!¿Qué estaba haciendo? Después de haber cerrado se había quedado ante la puerta de su tienda para respirar un poco de aire puro. ¿La había visto hablar con alguien? No, pero él no se había quedado mucho rato.

– El reverendo Hilary Charwell.

Di

– ¿Se llama usted Hilary Charwell? – Cherrell, si no le importa.

– En absoluto. ¿Es usted el vicario de St. Agustín-inthe-Meads?

Hilary inclinó la cabeza. – ¿Cuánto tiempo hace? – Trece años.

– ¿Conoce usted a la acusada? – Desde que era niña.

– Díganos, por favor, señor Cherrell', ¿qué sabe usted de ella?

Di

– Sus padres, sir, fueron unas personas merecedoras del máximo respeto. Educaron bien a sus hijos. El padre era zapatero. Pobre, por supuesto. Todos somos pobres en mi parroquia. Casi podría decir que murieron de pobreza hace cinco o seis años y desde entonces apenas si he perdido de vista a sus dos hijas. Trabajan en la casa Petter y Poplin. Jamás he oído decir nada en contra de Millicent. Por lo que me consta, es una muchacha buena y honrada.

– Supongo, señor Cherrell, que no tendrá usted muchas oportunidades de juzgarlo por sí mismo, ¿verdad?

– Suelo visitar la casa en donde viven ella y su hermana. Si viese usted. aquella casa, sir, convendría en que, para vivir como viven, es necesario respetarse a sí mismo.

– ¿Frecuenta su iglesia?

Una sonrisa apareció en los labios de Hilary y se reflejó en los del magistrado.

– Raramente, sir. Los domingos son demasiado preciosos para los jóvenes de hoy en día. Pero Millicent, así como otras muchachas, pasa sus vacaciones en nuestro albergue cerca de Borhing. La señora Mont, esposa de un sobrino mío, que es la que administra el albergue, me ha dado buenos informes de Millicent. ¿Puedo leer- lo que me ha escrito?

»Querido tío Hilary:

Me pides noticias sobre Millicent Pole. Ha estado aquí tres veces y la directora me asegura que es una buena muchacha, nada ligera. A mí me ha causado también la misma impresión.

– Entonces, señor Cherrell, según su punto de vista, ¿aquí se ha cometido un error?

– Sí, sir, estoy convencido de ello.

La acusada se llevó el pañuelo a los ojos, y Di

El policía que estaba a su lado hizo un movimiento, la miró como si olfatease la heterodoxia y luego tosió.

– Gracias, señor Cherrell.

Al bajar del banco, Hilary vio a su sobrina y le hizo una seña con la mano. Di

– No estoy convencido de que haya pruebas suficientes. La acusada está libre. Puede irse.

Ida muchacha emitió un sollozo ahogado.

– ¡Oye, oye! -dijo a su derecha el herrero, con voz ronca.

– ¡Silencio! -ordenó el policía altor

Di

– Aguárdame, Di

– ¿Puedo hacer algo por usted, señorita?

– Gracias, estoy aguardando a mi tío. Está a punto de llegar.

– ¿El reverendo?

Di

– ¡Ah El vicario es una excelente persona.! ¿Han dejado en libertad a la muchacha?

– Sí.

– ¡Bien! Siempre puede cometerse algún error. Ahí viene, señorita.

Hilary se aproximó y cogió a Di

– ¡Ah, sargento! – dijo-, ¿Qué tal su esposa?

– De primera, sir. De modo que la ha sacado usted, ¿eh?

– Sí – contestó Hilary -y ahora quiero fumarme una pipa. -Vamos, Di

Haciéndole un signo de adiós al sargento, la condujo al aire libre.

– ¿Qué te ha traído a este lugar, Di

– He venido a buscarte, tío. Tía May me ha acompañado. ¿Era realmente inocente esa muchacha?

– No podría jurarlo. Pero el medio más seguro de enviarla al infierno era condenarla. Lleva retraso en el alquiler de la casa, y su hermana está enferma. Aguarda un momento, voy a encender la pipa. – Lanzó una nube de humo y la cogió de nuevo del brazo – ¿Qué quieres de mí, pequeña?

– Una presentación para lord Saxenden.

- ¿Para Snubby Bantham? ¿Por qué? – A causa de Hubert.

– ¡Oh! ¿Quieres engatusarle? – Si me lo presentas…

– Estuve en Harrow con Snubby. Entonces era solamente baronet. Desde aquella época no he vuelto a verle.

– Pero tú tienes a Wilfred Bentwórth en el bolsillo, tío, y sus propiedades están colindando con las tuyas.

– Bueno, creo que Bentworth me dará una tarjeta de presentaci6n para ti.

– No es eso lo que quiero. Deseo conocerle en sociedad.

– ¡Hum! Sí, sería' difícil que le engatusaras de otro modo. ¿Qué es lo que te interesa, exactamente?

– El porvenir de – Hubert. Queremos coger el agua en la propia fuente, antes de qué nos pase algo peor.

– Ya comprendo. Pero escucha, Di